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“Hijo de Caín”, o el psicólogo ante el mal absoluto

Artículo publicado en el PsiAra, revista digital del Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña

 

El pasado 27 de Junio los miembros del Colegio de Psicólogos de Cataluña tuvimos ocasión de participar en la proyección y debate posterior de la película El Hijo de Caín, opera prima del director Jesús Monllaó. Todo el evento fue muy interesante, tanto  la película como el debate.

En la pantalla asistimos al encuentro entre un psicólogo  de perfil algo difuso (si no nos dijeran que lo es sería difícil saberlo) que se salta todas las reglas de la buena práctica y un adolescente a quien el padre considera un exponente  ejemplar del llamado “síndrome del emperador” y al que la película presenta como la encarnación del mal absoluto.  Esto en una brevísima síntesis, pero hay mucho más.
Chéjov dijo alguna vez que si alguien clava un clavo en la pared en la primera escena alguien deberá colgarse del mismo en la última.

También sabemos desde los tiempos de la tragedia griega que cuando se abre el telón el conflicto ya debe haber estallado. La película respeta estos principios, su intriga está bien tramada  y su crescendo dramático va atrapando al espectador con una progresiva oferta de pistas  que nos conduce perdiendo el aliento hasta un final que ya no nos sorprende o sí lo hace pero sin trampas, su desenlace ya estaba implícito en el desarrollo.

Pasando ahora a considerar su interés como profesionales de la psicología hemos de agradecerle a la película que despliegue un catálogo de los errores técnicos y los desastres éticos que podemos llegar a cometer si olvidamos  las precauciones del método y nos dejamos llevar por la omnipotencia del furor curandis o por el afán de competir con otros colegas que propugnan enfoques diferente del propio.

Quizás sea este el objetivo latente de toda la película, presentar al psicólogo como víctima de su falta de autocrítica, es decir de su narcisismo. En este sentido la película, digamos que es más sociológica que psicológica.  Como dijo el director en el debate, para él ni siquiera estaba claro que al personaje adolescente hubiera que tratarlo ni que estuviera enfermo de nada, le parecía más bien que era un joven perfectamente coherente con el sistema en el momento actual, como un producto aventajado de estos tiempos depredadores que estamos viviendo.

Es así como la película se desinteresa de mayores aspiraciones psicológicas, no muestra la menor intención de explicar el caso ni de dar ninguna pista biográfica sobre el sentido de la conducta del joven. Presenta como si todo esto fuera de suyo la conflictiva relación entre el chico y su padre, la relación con la madre no exhibe ninguno de los habituales flashbacks  sobre pretéritos momentos de negligencia vincular, tan esperables en obras del género, y no ofrece tampoco ninguna sugerencia sobre las motivaciones que llevan al joven perpetrar todo lo que perpetra. Su mensaje final parece ser que el mal se encarna en el personaje sencillamente  porque sí, sin historia, sin visibles ramas ni raíces rotas en el árbol genealógico, sin nada de eso a que solemos apelar los psicólogos cuando nos encontramos ante un caso así. Y no podemos afirmar que dichos datos no existan, quizás en la novela estaban, incluso presenciamos en la pantalla escenas de discrepancia conyugal, historias ocultas de amor y sexo e incluso una alusión a un secreto en boca de la hermanita,  pero la película no pierde un fotograma para señalar algun elementos de la magnitud necesaria para justificar dramáticamente el comportamiento del protagonista.

Todo esto se reflejó en el debate, que fue animado y por el que fueron desfilando estos temas, desde el furor curandis hasta las cuestiones éticas y deontológicas, incluyendo algún momento que nos hizo reír a todos como el comentario que alguien hizo respecto del combate de esgrima a sable y florete, respectivamente, entre el psicólogo clínico y la psicóloga escolar.

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