PSICOTERAPIA – Psicoanálisis – Sistémicas – Pnl – Emdr

El virus y el antivirus, o el boom de las psicoterapias. Un divertimento sobre el cambiante mundo de la psicoterapia.

Artículo publicado originalmente en el Full Informatiu del COPC, nº 175, Diciembre 2004-Enero 2005.

I

Uno de los hechos que más dan que hablar en la actualidad es la inacabable lucha entre los virus y los programas antivirus. No pasa mucho tiempo sin que surja la noticia de un nuevo virus que contamina un montón de ordenadores en todo el mundo. Poco después alguien encuentra el programa adecuado para prevenirlo y hasta la próxima. No hace falta aclarar que entre uno y otro siempre el virus va un poco adelante, esta precedencia es inherente a la lógica misma de su relación. Se hace difícil pensar en el diseño de un programa que reprima la aparición de un virus todavía no existente y cada vez que un hacker diseña un nuevo virus lo hace justamente conociendo muy bien las capacidades de los antivirus existentes.

Esta querella con vocación de eternidad es uno de esos asuntos que a fuerza de parecer tan naturales se convierten (como en una novela de Dickens, o de Auster) en proveedores de metáforas. El ordenador es claramente uno de estos eventos ya naturalizados y  electriza pensar el que hubiera podido hacer en Freud con la “metáfora del ordenador”, él que tanto de zumo sacó del hoy tan humilde y olvidado bloque maravilloso. Imaginémoslo, sólo para entretenernos. La pequeña y bidimensional pantalla como nuestra exigua conciencia (7 más o menos 2, recordamos a George Miller), la memoria RAM como la conciencia posible, ¿y el disco duro…? Y entre todos ellos el sistema operativo equivalente de los mecanismos inconscientes del yo, o quizás también la instancia del preconsciente, de la cual poco antes de morir Freud dijo que bien podría servir de articulador entre sus dos tópicas.

Son justamente los virus los que parecen romper la potencia expresiva de esta analogía, dado que son exteriores al ordenador, o quizás no la rompan desde el momento que actúan dentro de la mente alterando las órdenes de los programas… En fin, demasiado complicado. Llegados aquí en lugar de hablar de virus tendríamos que hablar de bombas lógicas que se activan al conectarse dos mensajes diferentes como en las dos escenas del trauma, o quizás todavía mejor haríamos dejando de lado esta excursión por el mundo de la computación y dedicarnos a lo que queríamos tratar, que es la eclosión de las psicoterapias.

II

El siglo XX ha sido también el siglo de las psicoterapias. Ha sido el siglo de tantas cosas que para simplificar digamos que lo ha sido de la radio, la televisión y en sus finales también del inicio de internet. Y de este modo  entramos ya plenamente en nuestra materia de hoy, es decir en la relación entre los métodos psicoterapéuticos y su difusión mediática.

III

Demos un paso atrás. Hagámonos la siguiente pregunta: ¿Cómo se explica que cada vez haya más psicoterapias? Ya debemos ir por los varios centenares, persiguiendo todas los mismo. A grandes rasgos, no hay ninguna que no quiera resolver conflictos, superar miedos ysentimientos de inferioridad, completar los duelos pendientes, encontrar la paz con uno mismo, desarrollar capacidades inhibidas, promover el crecimiento mental y percibir los mensajes del cuerpo antes de que aparezcan como enfermedad orgánica. Cada una plantea sus prioridades y vías específicas, claro está, pero incluso las que no se quieren reconocer como terapias, por ejemplo el psicoanálisis y la programación neurolingüística, la primera porque se considera otra cosa y la segunda porque sólo dice consistir en la articulación pragmática de los factores intrínsecos a varias otras, todas encontrarían a grandes rasgos sus objetivos en la lista anterior.

Si todas quieren lo mismo, ¿cómo es que lo quieren por tantos caminos? Quizás sea en el nivel del tratamiento del dolor psíquico donde más se evidencia la singularidad radical del ser humano, por lo que extremando este argumento habrían tantas terapias como personas pidieran ayuda ¿O es que sencillamente cada una ilumina un ángulo diferente de la relación entre síntomas y tratamientos y todas en el fondo constituyen un paso adelante en el progreso del conocimiento, progreso tan legítimo como necesario como difícil de prever?

Es posible. Pero exploremos primero una variable algo más modesta. Hay un fenómeno que se repite. Todas las innovaciones terapéuticas importantes (que yo conozca) han empezando haciendo milagros. El psicoanálisis en su inicio con el estudio de las fantasías propias de la investigación sexual infantil y el complejo de Edipo, la sistémica con la fascinación por los juegos paradójicos y los dobles vínculos, la programación neurolingüística con las curas rápidas, a veces sólo cambiando la modalidad de inscripción sensorial del síntoma. Las cognitivas con la ruptura de creencias, el conductismo, extinguiendo representaciones traumáticas a golpes de desensitització. Y recordemos la época californiana de laboratorios vivenciales, gritos primarios y compañía. En la actualidad la terapia de la EMDR está viviendo su nacimiento mágico. Después… pasa el tiempo, sus métodos son conocidos, se extienden, aparece algún otro… se acaba el encanto.

Caben varias hipótesis. Podríamos pensar que a medida que el cliente está más informado ya se espera o imagina lo que el terapeuta le ofrecerá, esta expectativa misma saca efectividad a la intervención. Del mismo modo que los virus generan sus propias resistencias a los antibióticos alguna vez administrados los mecanismos de defensa se adaptarían a las terapias desarrollando también un tipo de inmunidad. Existe también algo así como una dignidad social. Desde que no hay ninguna novedad en padecer de un complejo de Edipo quién quiere sufrir de uno. Salvo que sea el diagnóstico de moda, como era hasta hace unos años “ser” heroinómano, después lo fue el “tener” una depresión y ahora “haber” sufrido un trauma. No salimos vaya, del nivel de la moda, de la novedad.

IV

Hemos llegado a la hipótesis de que una vez que el paciente conoce la teoría y métodos de una terapia este mismo conocimiento desactiva total o parcialmente su eficacia. ¿Será posible? Tiene toda la apariencia de ser una exageración, y como mínimo se me acuden a la mente dos excepciones: la de los terapeutas mismos en terapia y la de cuando el proceso del tratamiento llega a extremos tan microscópicos y singulares a la hora de apresar la vivencia del paciente que tanto el terapeuta como el paciente se desentienden de cómo han llegado hasta allí.

Respecto de la primera. Hace unos años, cuando por influencias lacanianas estaba de moda hablar de la verdadera formación del analista, del dogmatismo de las instituciones cerradas, de la falsa distinción entre el análisis terapéutico y la didáctica porque finalmente todo psicoanálisis era didáctico y el llamado didáctico ni era didáctico ni era análisis dado su vinculación a la carrera como candidato a psicoanalista… En fin, en aquella época yo solía argumentar ante amigos lacanianos que si alguien quería ser psicoanalista haría bien en analizarse con otro que profesara una teoría diferente de la propia (lacaniano con kleiniano o mejor todavía con alguien de la psicología del yo) para ser coherente y evitar los riesgos del juego de espejos transferencial y de la obscenidad institucional. No tengo noticias de haber convencido nunca a nadie. Los candidatos en general primero se enamoran de algún maestro o teoría y entonces se quieren tratar sólo con alguien de los mismos colores, a los que consideran evidentemente superiores a todos los otros. La incoherencia por supuesto es un peligro en el que normalmente caen los otros.

Volvamos. Otra explicación de nuestra hipótesis sobre la carencia de eficacia por pérdida de novedad podría radicarse ya no en el paciente sino en los profesionales mismos. Después de haber disfrutado un periodo inicial de entusiasmo descubridor y de éxitos clínicos llegaríamos a este estado de soberbia en el que es inevitable cometer errores. A fuerza de frustraciones perderíamos la confianza en el que había sido nuestro primer amor y le atribuiríamos una culpa inversamente proporcional a las esperanzas que hubiéramos depositado. Así pues escepticismo, más fracasos y al final acabaríamos dándonos la razón, en un clásico ejemplo de profecía autosatisfecha.

Llegados aquí ya no sabemos cómo continuar, si queremos mantener nuestra metáfora de los virus y los antivirus nos vemos abocados a considerar que son justamente estos últimos los responsables de la patología. A la inversa que con las computadoras parece que hacen falta mejores virus terapéuticos para sorprender las defensas que se han vuelto patogénicas. Y estos nuevos virus vendrían a ser las nuevas terapias.

V

Siempre se ha dicho que las patologías cambian con los tiempos, dando como ejemplo príncipes la sustitución de la típica virginidad histérica victoriana por la compulsiva militancia sexual de la histérica de la segunda mitad del siglo XX. Esta es una idea heurísticamente muy potente, que nos lanza a la busca permanente de las nuevas patologías, sean del Yo, del narcisismo, de las fronteras, etc. Ahora, si el agente patogénico es la defensa, ¿no haríamos mejor en hablar de una evolución de las defensas, empeñadas siempre en encontrar la mejor solución para el sujeto en el momento del sufrimiento y la angustia?

El progreso de la sociedad, que por mucho que todavía nos falte generalmente lo hace en libertades y denuncias de las desigualdades, no puede no tener incidencia en este cambio de las patologías o si se quiere en la evolución de las defensas. Cuando las mujeres no tenían el acceso al trabajo y al divorcio que han tenido después mal podían sus mentes defenderse de sus conflictos edípicos y de la sumisión al macho de otro modo que no fuera refugiándose en la inhibición o en el uso seductor de su sexualidad. Las patologías del narcisismo, es decir de las fronteras y los límites del yo necesitaban para estallar un contexto tan exigente de los  rendimientos y la competencia individual como confuso en sus reglas. Este contexto se corresponde con la época actual, en la que tan entusiastamente se habla de la crisis de valores y el declive de la imagen paterna. Lo que parece que continúa igual es el desconocimiento recíproco o el engaño entre sus personajes interiores como la gran estrategia defensiva de la mente. Dicho todo esto en palabras fieles a nuestra analogía de los virus se trata de nuevos programas antivirus para ignorar (combatir) los nuevos virus.

VI

Habíamos dejado esbozada la segunda excepción a nuestra exageración anterior. Cuando paciente y terapeuta logran reconstruir tan microscópicamente la vivencia dolorosa y su resolución sintomática que no les importa mucho (salvo a beneficio de la ciencia) cómo lo han hecho. De hecho tenemos aquí el ideal de toda terapia de las llamadas evocadoras: recuperar el misterio en su origen autoconstructor, reavivar, elaborar y encontrar un nuevo sentido de aquel momento de la vida en que la defensa fue instantáneamente útil al servicio de evitar el sufrimiento emocional y mantener la congruencia psíquica. Que hayan tantas maneras posibles de hacerlo, por la razón que sea (incluida la hipotética influencia mediática) es profesionalmente apasionante y expresa la vitalidad del arte psicoterapéutico. Mantenernos alertas a la incidencia de los cambios sociales en nuestra práctica o a los descubrimientos en la ciencia psicológica es el reto que estamos viviendo los psicólogos clínicos hoy. A pesar de que acabaremos tropezando con nuestras limitaciones, postergar y aliviar aquel momento puede depender de que no olvidemos que nosotros mismos y nuestras preferencias teóricas y técnicas podemos estar en su origen de toda resistencia.

¿Cómo…? ¿Será posible? Ahora resultará que la creatividad terapéutica es la del virus. ¡Vaya! Seguramente esto tiene que ser otra exageración…

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