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El terapeuta familiar y la coordinación de parentalidad

 

Ahora lo que importa es el hijo

 

Érase una vez…

Hace algún tiempo, según nos cuentan los antropólogos[i], quienes se casaban eran las familias y lo hacían para unir linajes y herencias.

Tener hijos era entonces algo natural y mismo tiempo el sentido último de la boda. Los hijos eran necesarios como una continuación de la sangre y de la propiedad y el matrimonio era una institución de tanto peso social y tan indisoluble que el adulterio llegó a ser el tema principal de la novela de todo el siglo XIX. La literatura le agradece al adulterio algunas de sus más altas cumbres, sin el adulterio no nos conmoveríamos con Emma Bovary, Ana Ozores o Ana Karenina, así como también le debemos al matrimonio patrimonial todas las páginas de Jane Austen, aquella extraordinaria observadora de las sutilezas de la escala social inglesa del siglo XVIII.

 

Si la comparamos con aquella familia, la familia actual está desintegrada, o como se dice con mayor propiedad y menor rigidez, ha dado lugar a nuevas formas de familia. Romeo y Julieta triunfaron póstumamente sobre Montescos y Capuletos y la substitución de la alianza de linajes por el amor cambió el tablero en el que se jugaba el ajedrez matrimonial.

 

Ni herencias, ni linajes ni tampoco hijos de la sangre. La adopción también engendra o concibe y siendo suficiente sólo con el deseo de estar juntos para fundar el compromiso vincular, tanto gays como lesbianas tienen el mismo derecho a crear familias que las parejas heterosexuales.

 

Se ha derrumbado la imperturbable distribución de papeles entre hombres y mujeres. El trabajo, la economía y la guerra ya no son sólo para ellos y el cuidado del hogar y de la prole tampoco les tocan sólo a ellas. Acercándonos al tema que nos ocupa es justamente gracias al incremento de reclamaciones de custodia de sus hijos por parte de los padres al que le debemos la aparición de ese caso especial de la mediación que es la Coordinación de Parentalidad.

 

Y finalmente, el hijo ha pasado de ser el esperado futuro heredero, puesto en suspenso a la espera de su oportunidad a convertirse en el deseado personaje ideal que otorga sentido a la convivencia de las parejas amantes. O tampoco a las parejas, dado que el deseo de descendencia se ha hecho también individual, las familias monoparentales han aparecido y con las técnicas de reproducción asistida, los bancos de espermatozoides y de óvulos y los vientres de alquiler la indubitable filiación biológica ya no es la única posible

 

Los psicólogos en general nos hemos pasado décadas hablando de mamá y de papá. Los psicoanalistas pasamos de considerar al principio la familia como una proyección del niño a hablar por un lado de apegos y por el otro de la función del padre y la función de la madre. Ahora queremos hablar de parentalidad, también de la parentalidad conflictiva post-divorcio, es decir de la Coordinación de la Parentalidad.

 

Para hacerlo apelaremos a la comparación entre sus ambiciones y caminos y los del terapeuta familiar, especie de primos ambos en el cada vez más frondoso árbol genealógico de la intervención psicosocial.

 

Siguiendo a Debra Carter[ii], la Coordinación de Parentalidad persigue:

Proteger a todos del riesgo de maltrato físico. Vigilar que se cumplan los acuerdos relativos a la custodia. Arbitrar y si toca decidir en toda disputa sobre el hijo. Educar a los padres sobre el impacto en sus hijos tanto de la separación como de la hostilidad y el conflicto parental crónico. Entrenarlos también en maneras eficientes de comunicación co-parental y de técnicas de resolución de conflictos y derivar a padres o niños hacia psicoterapias, evaluaciones o programas educativos si lo considera necesario.

 

La Coordinación de Parentalidad ayuda a los padres separados a pasar de la posición de románticos compañeros íntimos a la de compañeros parentales. Les enseña a manejar de manera más productiva sus hostilidades y frustraciones detectando así su propia contribución al conflicto al identificar sus temas relacionales no resueltos, aquellos que ahora interfieren con sus acuerdos coparentales. De esta manera asegura que el niño tenga acceso suficiente a ambos padres, para así mantener e incrementar la seguridad de sus apegos.

 

A los niños, la Coordinación de Parentalidad les incrementa la probabilidad de conservar ambos progenitores activos en su vida. Reduce sus ansiedades al aminorar el conflicto conyugal y crea la oportunidad de una atmósfera más relajada en el hogar teniendo los padres más oportunidades para demostrar seguridad, estabilidad y confianza. Les ayuda a desarrollar herramientas de comunicación más eficientes a la hora de expresar sus necesidades y deseos y reduce los efectos de los lazos crónicos de lealtad con lo que su autoestima y autoconfianza se incrementan, disminuyendo el riesgo de relaciones difíciles en el futuro.

 

Además de beneficiar padres y niños, la Coordinación de Parentalidad beneficia a los juzgados, a los que alivia de la interminable carga de recursos y contrarecursos por custodias, a los abogados, a los que proporciona una canalización de aquellos clientes atrapados en un juego querellante sin fin y finalmente a la sociedad, de la que se convierte en la celosa protectora de sus niños, al reducir los riesgos de ser víctimas de negligencia, en los que identifica precozmente problemas que si permanecen indetectados pueden conducir a graves patologías individuales o familiares. A largo plazo las dos ventajas más importantes quizás sean la de disminuir el riesgo de que los niños se vean más tarde implicados en el sistema legal juvenil, así como también disipar el mito de que los niños serán indefectiblemente siempre perjudicados por el divorcio de sus padres.

 

Volvamos a nuestro punto de partida, la comparación entre la Coordinación de Parentalidad y la terapia

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de familias. Cualquier profesional con abundante experiencia en tratamiento de familias se sentirá inmediatamente identificado con muchos de estos objetivos, al mismo tiempo que se llevará las manos a la cabeza, abrumado por la suma de todos ellos.

 

Los terapeutas de familia solemos aparentar ser más modestos en nuestras aspiraciones frente a una familia. Y seguramente lo somos, pero aunque sólo lo aparentásemos en todo caso lo nuestro es la posición down, y si bien con humor y mano izquierda llevemos a la dinámica familiar a bailar al son de la música que mejor nos suene, siempre lo haremos respetando al coro y a cada instrumento, replegando velas en cuanto la menor nota desafinada nos informe de que algún instrumento se rebela contra nuestra partitura o nuestra batuta. Y aunque adoramos los cambios competimos con el más sagaz psicoanalista en la desconfianza con que los acogemos, temerosos de que nuestros pacientes sólo hayan aprendido a cambiar para complacernos, especialmente si estamos trabajando en algún contexto coercitivo, como la asistencia a familias violentas o maltratantes.

 

Los terapeutas de familia creemos que la tortuga casi siempre le ganará a Aquiles, que si queremos que nuestra familia viaje a París conviene decirles que compren billetes para Montreal y que si una madre nos pide que su hijo deje de contarle mentiras y no podemos convencerla de que le deje de hacer preguntas… pues le diremos que incluso le haga más, y más absurdas. Pensamos que el movimiento casi nunca es acción y en general confiamos mucho más en nuestra mano izquierda que en la derecha. Pero hemos de reconocer que nuestra acción es limitada, que muchas veces producimos cambios sólo visibles para nosotros, que nuestra creatividad a la hora de prescribir paradojas, reencuadrar mensajes, contratriangular Bermudas y generar nuevos relatos demasiadas veces no transforman los bucles en virtuosos ni protegen a los miembros de la familia de reincidencias maltratantes.

 

Vista desde el terapeuta de parejas y familias, la Coordinación de Parentalidad nos parecerá de entrada una empresa excesivamente ambiciosa, cuyos objetivos nos harían poner los dientes largos si los viéramos realistamente posibles, especialmente con clientes que han realizado un intenso entrenamiento en el litigio legal, arena en la que han sofisticado sus ya altas capacidades en el conflicto conyugal.

 

Pero con seguridad estamos cometiendo un error, que se deriva de una interpretación sesgada de lo que es la Coordinación de Parentalidad y sobretodo de lo que no es.

 

La Coordinación de Parentalidad no es terapia, aunque ocasionalmente sus efectos sean clínicamente benéficos. No persigue cambios estructurales, se conforma con que se cumplan los acuerdos de la custodia. La Coordinación de Parentalidad está mucho más cerca de la mediación e incluso de la educación que de la terapia. Un repaso de la lista de objetivos de Debra Carter arroja un importante predominio de verbos como “educar”, “enseñar”, “modelar”, “entrenar”, “mediar”, “arbitrar”, “decidir” y sólo algunas genéricas alusiones a “identificar emociones” o “reducir el conflicto” o similar.

 

El error que arriesgamos cometer los terapeutas de familia cuando nos disponemos a hacer Coordinación de Parentalidad es pretender utilizar instrumentos que conocemos muy bien pero que nos están vedados por principio. En los encuentros con los padres encontraremos sin duda alguna múltiples ocasiones para intervenir haciendo lo que sabemos hacer, pero deberemos abstenernos y si lo consideramos necesario realizar la derivación pertinente al terapeuta o centro de terapia que consideremos oportuno.

 

La Coordinación de Parentalidad suelta un potente aldabonazo en la conciencia de la responsabilidad ante la sociedad que asumen los padres sobre el bienestar, el desarrollo y la salud mental de los hijos, está hecha para recordar a los adultos que tener hijos es una cosa muy seria, aunque lo mejor sea ejercerla con humor. Nacida para aliviar a jueces de familia y con el objetivo de poner un orden ecuánime entre madres y padres a la hora de administrar custodias estaba llamada por su propia evolución a convertirse en un censor tutelar de parejas en las que su conyugalidad conflictiva estaba poniendo en peligro su paternidad benéfica para los hijos. Si hasta ahora ser buenos padres era una cuestión entre vocacional e imagen social, ahora se ha convertido además en un deber para con los hijos y para con la sociedad. Con toda seguridad la Coordinación de Parentalidad no es un trabajo gratificante. Matthew Sullivan[iii] lo califica de “desalentador”, emprenderla nos pone ante situaciones de conflictos graves entre parejas mal o nada separadas, en las que al identificarnos profesionalmente con el supremo interés del niño a tener protegidos su desarrollo vincular y su curiosidad ante el mundo, finalmente nos convertimos en agentes de paz, en palabras de Hayes[iv] en un papel “more of a cop street than a detective”, en contra de nuestros instintos terapéuticos que nos llevarían seguramente a preferir el de detective.

 


[i] Las nuevas familias. Edición del Ayuntamiento de Barcelona. Área de calidad de vida, Igualdad y Deporte – Dirección de la Mujer y Derechos Civiles, octubre de 2012.

[ii] Carter, D. (2011): ParentingCoordination: A PracticalGuide for Family Law Professionals. New York: Springer Publishing Company

[iii] Parenting coordination: coming of age? Family Court Review, vol 51 nº 1, January 2013, pp56-62

[iv] Hayes, S (2010) “More of a street cop than a detective”: an analysis of the roles and functions of parenting coordination in North Carolina. Family Court Review, 48 698-709.

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