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El personaje de la muerte, o la muerte imaginaria del toxicómano

Artículo publicado en Apertura, Cuadernos de Psicoanálisis nº 1, 1986

Nul besoin d’un signifiant bien sûr por être père, pas plus que pour être mort, mais sans signifiant, personne, de l’un ni de l’autrede ces états d’être, ne saura jamais rien

Jacques Lacan1

En la familia S., el hijo segundo, Roberto, de 28 años de edad cuando fue ingresado y que llevaba varios años inyectándose, compartía desde siempre con sus padres la irresistible convicción de que su destino próximo era el de morirse por causa de una sobredosis, cosa que efectivamente ocurrió al poco tiempo de haberse dado voluntariamente de alta.

Esta convicción aparecía reiteradamente en afirmaciones denegatorias de la madre (“no quiero que se muera”) y fue gráficamente expresada en un lapsus del padre: “Si Roberto se muriese sería mejor para nosotros, quiero decir para él. Curiosa expresión ésta en la que se aúnan tanto la creencia antes dicha como su eventual vocación frustrada de rescatarlo de la relación narcisista en la que está encenagado.

En esta estructura familiar, bastante típica por otra parte en familias con integrantes toxicómanos, el personaje de Roberto muerto ocupa un lugar mucho más importante que el del hijo vivo. Este último sólo adquiere sentido en función del primero y en la dinámica familiar funciona solamente como un molesto obstáculo donde todos, incluso él, esperan que desaparezca para dejar el sitio al que verdaderamente concita la adoración de todos, el hijo muerto.

La representación de la muerte de uno de los miembros se ha convertido en un integrante más de la familia. Se puede decir que este muerto es un fantasma que ha adquirido una marcada realidad, y que está montado sobre un desdoblamiento de la imagen del integrante designado, sobre el cual deja caer su sombra, coagulando en su peculiar realidad la convergencia de los deseos eróticos y agresivos de la estructura familiar.

La imagen del muerto es la que está libidinizada. Por el contrario, como ser vivo, el hijo es el culpable de todos los disgustos y malestares de la familia, convicción que él mismo comparte plenamente.

El padre, que es fabricante de persianas, ha bajado literalmente la persiana ante su hijo. Para su madre el día (y son todos iguales) es un constante peregrinar y sufrir detrás de su hijo, totalmente convencida de la inutilidad de sus esfuerzos, y éste, mas allá de lo que dice y de sus ocasionales quejas en el sentido de ser el “cabeza de turco” de todos, demuestra con sus actos que, quiéralo o no, no concibe otro camino que el de confirmar las expectativas del resto. Es como hijo muerto que Roberto vive para sus padres, así como sólo puede reconocerse en su filiación como difunto. Mientras viva no será deseado ni reconocido ni mucho menos reconocido en su deseo de vivir. En esta lucha a muerte Roberto es su propio contrincante y es víctima de la ilusión de ganar el reconocimiento de sus padres (mejor dicho de sus dos madres, en tanto el padre no existe como función de rescate de su hijo sino mediante el mismo expediente de desearlo muerto), cuando sucumba heroicamente después de haber vendido cara su vida ante sí mismo.

Que sea el hijo muerto deseado no es lo mismo que desear la muerte del hijo y, por otra parte, parafraseando a Lacan, si hace falta el significante para saber algo del ser padre o del estar muerto, la condición para poder saber este algo (condición que no es más que la consecuencia de la existencia del significante) es que por fuera de cualquier fantasía respecto de “estados del ser”, estos adquieran para el ser humano ese valor de límite irreductible, y en el caso de la muerte de corte absoluto e irreversible, radicalmente heterogéneo a toda problemática acerca de la significación, que arroja al hombre contra su vida, condenándolo a buscar el sentido último de la misma, y que nunca le será propio sino por la intermediación de esa ilusión que se llama yo.

Recordar el tránsito de Nicholas Ray, en el film “Relámpago sobre el agua”, desde el – “¿Has venido a hablar del morir?” (Impropiamente traducido en la versión castellana por “muerte”) con que recibe a su amigo Wim Wenders, hasta ese “Corten” con que se despide del espectador y de la cámara que ha sido su vida, para afrontar en soledad el más allá del sentido que lo espera para resignificar por última vez su existencia, vaciándola de sentido para él y convirtiéndola en una marca para nosotros.

Éste no es justamente el caso del toxicómano, quien, como suicida a plazos que es, prolonga la ilusión yoica en aquella otra que le hace creer que es dueño de su vida puesto que puede quitársela.

En el drogadicto se asiste, y un mínimo de experiencia clínica puede atestiguarlo, a algo así como a la renegación de la palabra. El paciente adicto habla generalmente poco, y cuando lo hace es como respuesta a preguntas directas o con la intención de “comer el coco”. Su palabra funciona como actuación y pretende ser el absoluto poseedor del significado de lo que dice. En esto se diferencia tanto del psicótico, para quien tampoco hay polisemia pero no se considera dueño de nada, y del neurótico, quien eventualmente puede reconocer cuando es hablado por el otro. Se asemeja más bien a lo que se caracteriza como estructura perversa.

A falta de mejores desarrollos puede considerarse el síntoma adicción en su relación con las estructuras ya conocidas. El toxicómano cuya ingesta está netamente alojada en la vía intravenosa, resultará en el análisis como siendo muy parecido al perverso. En aquel que prefiere la vía oral, hay mayores probabilidades de encontrar una estructuración neurótica. Queda fuera de esta clasificación según el modo de ingesta (la relación con el objeto) lo que va de adicción a psicosis. Es un tema aparte, y además el toxicómano típico no es psicótico.

Si el drama del deseo consiste en que afronta al ser humano con la causa perdida de no tener más remedio que hablar y seguir hablando de lo que nunca puede ser dicho, puede pensarse que lo que el deseo persigue es el no tener que hablar, o en su defecto, poder decirlo todo. De todos modos ambas alternativas implican un posicionamiento ante la palabra, en cuya naturaleza está inscrita su heterogeneidad con el deseo.

Pero, aun en su semejanza, ambas posiciones conservan cierta diferencia. Y ésta es la que distingue a los pacientes que se inyectan de los que utilizan la vía oral. Éste último se parece al neurótico en tanto que el primero (que corresponde a la primera posición antes descrita) es casi indiferenciable del perverso.

Se puede suponer entonces que en el paciente que se inyecta el punto de fijación y de anclaje para sus regresiones, cuando el cuadro de dependencia se consolida, se encuentra en el primer tiempo del complejo de Edipo, mientras que en el que emplea la vía oral es posible hallar un desarrollo mayor. Esto podría explicar la frecuencia con que se encuentran en la clínica, en adictos que se pican, comportamientos indistintamente hetero y homosexuales, mientras que en los orales la diferencia sexual está mucho más establecida.

Nuevamente Lacan: “Tout le problème des perversions consiste à concevoir comment l’enfant, dans sa relation à la mere, relation constituée dans l’analyse non pas par sa dépendance vitale, mais par sa dépendance de son amour, cèst à dire par la désir de son désir s’identifie à l’objet imaginaire de ce decir en tant que la mère elle-méme le symbolise dans le phallus” 2.

Y enseguida: Le phallocentrisme produit par cette dialectique (…) Il est bien entendu entièrement conditionné par l’intrusion du signifiant dans le psychisme de l’home, et strictement impossible à dèduire d’aucune harmonie préétablie dudit psychisme à la nature qu’il exprime” 3.

Cita un tanto extensa pero que tiene la virtud de desplegar ante los ojos todas las piezas de cuya articulación depende la inteligencia del problema, basándose en la anterior analogía entre el cuadro de dependencia intravenosa y la estructura perversa.

Hablar de la relación madre-hijo en el interior del primer tiempo del Edipo consiste en referirse a su mutua fascinación, al espejismo del ser cada uno el todo para el otro, y en particular de la instalación del hijo en ese lugar desde el cual colma la incompletud de su madre, identificándose con ese objeto imaginario de su deseo que es el falo. Y, para despejar confusiones, conviene aclarar que, simplificando deliberadamente en exceso, el perverso es aquel que en ese lugar quedó fijado, el neurótico es al que su camino lo sacó de allí y psicótico será aquel a quien ese sitio ya le estaba vedado.

Entre este tipo de toxicómano y su madre se asiste muchas veces a una repetición invertida del juego del escondite que se puede inferir como acaecido en los inicios de su vida en este mundo. Es el caso de las eternas búsquedas de la madre para descubrir dónde tiene ocultas su hijo las drogas y jeringas, así como las jugadas simétricas con que éste la reclama, señalando las pistas por medio de las cuales la va orientando en su pesquisa. Ella está convencida de que su hijo las ha ocultado en la casa familiar, y si no las encuentra esto es una señal de su fracaso como madre que conoce a su hijo mejor de lo que éste se conoce a sí mismo, y no de la eventual falsedad de su premisa. Como digna contrapartida, el drogadicto siempre proporciona a su madre los indicios suficientes como para demostrarle que no la engaña y que, efectivamente, ha escondido algo en algún lugar del hogar.

Ubicado en la dialéctica del ser o no ser, se puede considerar que el toxicómano es (por identificación) el falo de su madre. Lugar que se ha vuelto conflictivo y al que se ha arribado a través de la regresión, pero que no renuncia a sus prerrogativas iniciales, especialmente a las de la recíproca exigencia ideal inherente a su fundación como modelo de relación. Es clásica la abnegación y el espíritu de sacrificio (“mi servilismo”, decía una de ellas) de la madre del adicto, la que en el fondo comprende a su hijo aunque ahora, o especialmente ahora la culpa no la deje vivir. Y conviene no desdeñar la oportunidad de tomar en análisis a la madre de un toxicómano, es una excelente oportunidad ra aprender algo sobre la estructura de la toxicomanía.

La posibilidad de renegación de la palabra que proporciona la ingesta de la droga ha de considerarse, según este esquema, como la principal motivación que llevó a la consolidación de la adicción. Esta posibilidad está en estrecha relación con la asunción por parte del toxicómano del objeto imaginario fálico. El falo no llega a constituirse como objeto metonímico o, si lo hace, regresa como efecto de la ingesta a su estado anterior, con lo que se produce la detención de su circulación significante. (Esto es, desaparece como pivote de la significancia, anulando así la producción de sentido.) Se puede ver esto en el estado de estupor continuo al que generalmente llega el adicto.

Algo más arriba se ha postergado el análisis de la relación entre psicosis e ingesta de drogas. Forzando algo las fórmulas puede decirse que así como en el psicótico, para quien el significante es real, su fractura es en lo imaginario, para que el toxicómano que se inyecta su renegación de la palabra convierte para él a lo real en imaginario, siendo el fantasma de la muerte una de sus consecuencias.

Notas

1. Lacan, J. “D’une question préliminaire à tout traitement possible de la psychose”. Écrits, Éditions du Seuil, 1966 París, p. 556.

2. Ibidem. p. 554.

3. Ibidem. p. 554.

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