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El estrés postraumático y la terapia del EMDR

Artículo publicado originalmente en el Full Informatiu del COPC, nº 169, mayo de 2004

Hay expresiones que cambian la historia de nuestra profesión. “Inconsciente”, “complejo de Edipo”, “doble vínculo”, “indefensión aprendida”, “homeostasis familiar” o “burn-out” para no poner más que unos pocos ejemplos y pidiendo perdón a tantos otros. Cambian la historia de las ideas, suele decirse, basándose quizás en la ilusión de que las ideas son entelequias que flotan en el cosmos. Sin embargo, es mucho más. Cuando nace una verdadera idea, ya ha cambiado o está a punto de cambiar una determinada práctica social, que a su vez provoca más cambios en un determinado contexto (un “discurso” vaya, ya puestos…).

La palabra “autoestima”, por ejemplo, surgida hace ya unos años se ha ido extendiendo dejando su huella como una marca de origen de muchas expresiones alusivas a estados de ánimo hasta convertirse en moneda de cambio. Tener la autoestima “baja” o “alta” o “veo que no tienes ningún problema de autoestima” son enunciados que se han convertido en una “seña de identidad”. ¡Feliz expresión esta última también! Todos la utilizamos, sin sentir ya ninguna obligación de haber leído la novela de Juan Goytisolo.

Aunque todas las expresiones habrán sido la obra de alguien, no todas conservan el copyright que las hace inconfundibles. Recordemos el “Pienso, luego soy”, “Dios ha muerto” o, viniendo más a nuestro campo el mismo “Complejo de Edipo. Estas evocan de manera automática su creador. Otras, como la mencionada “autoestima” no evocan el autor sino que circulan como un elemento natural de nuestro folklore profesional y social. Las hay que aún conservan aún el glamour del autor, aunque parece que lo acabarán perdiendo, como aquella de la “Inteligencia emocional”, de la que me gustaría saber cuántos lectores tienen automáticamente presente el nombre del autor del libro que lleva por título esta afortunada conjunción de palabras.

También ayuda mucho evidentemente que la expresión de que se trate proponga una solución para el problema al que se refiere, solución que puede ser muy concreta o tan abstrusa e ideal que deja al lector con la impresión de que si pudiera hacer lo que le sugieren no le pasaría eso de lo que se queja. Una riada de literatura de autoayuda se nutre del manantial inaugurado por la idea de autoestima (para continuar con nuestro ejemplo), ofreciendo toda una serie de consejos y métodos para el auto amor con ese estilo tan típicamente edulcorado que mezcla datos de todo tipo, desde el Tao hasta la mecánica cuántica.

El estrés postraumático es una expresión que reúne todas las características como para marcar una época. Tiene una larga prehistoria bajo el nombre de neurosis traumática, que incluye todos los debates sobre el trauma y su valor etiológico que

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comenzaron con Freud y que aún no han terminado.

Como etiqueta acuñada (Trastorno por estrés postraumático, TEPT) es bastante reciente, aparece hacia los 80 en el DSM-III en el capítulo de los trastornos de ansiedad, aunque posteriormente ha habido dudas sobre esta clasificación, dado que también se le podría incluir bajo el de depresión mayor o también el de disociación. Finalmente, ha disparado una proliferación de métodos para tratarlo, basados en los avances en la psicología general y las neurociencias.

Al sufrir un TEPT se entiende que la persona ha experimentado, presenciado, imaginado o sentido hablar de uno o más acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de otro y ha reaccionado con temor, desesperanza y horror intensos, sentimientos negativos que quedan bloqueados dentro de su memoria emocional, almacenadas en el sistema límbico. Las escenas traumáticas pueden provenir tanto de catástrofes naturales como provocadas por actos de terrorismo, de haber participado en situaciones de violencia, como veteranos de guerra o de haber sufrido violencia física y sexual, como mujeres o niños maltratados y abusados.

El evento traumático es revivido posteriormente mediante:

– Recuerdos y pensamientos intrusivos.
– Imágenes y sensaciones que le provocan un fuerte malestar.
– Sueños recurrentes y pesadillas.
– A menudo la persona experimenta la sensación muy real de que esto

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le está pasando ahora mismo, le acuden sensaciones ilusiones, alucinaciones y episodios disociativos de flashback.
– Malestar psicológico intenso ante estímulos externos o internos que simbolizan algún aspecto del evento traumático,
– Ataques de miedo repentinos a los que no encuentra explicación.

Para defenderse de estas vivencias terroríficas, el sujeto puede desarrollar algunas de las siguientes conductas:

– Evitar pensamientos, sentimientos, conversaciones, actividades o esfuerzos que le recuerden el evento traumático.
– Perder la memoria sobre algún aspecto importante de la escena traumática
– Reducir su interés en actividades significativas. Se desvincula, se aísla y restringe su vida afectiva y su capacidad de amar.
– Ver el futuro cerrado y sin esperanza

Además puede tener dificultades para conciliar el sueño, irritabilidad, dificultades de concentración y mantener una actitud hipervigilante y de control, como respuestas desmesuradas de susto.

La persona que sufre un TEPT se presenta evidenciando un estado general de entumecimiento y anestesia afectivas. Ante ella sentimos que de alguna manera no está con nosotros, aunque no pierda detalle de los gestos del profesional. Puede desarrollar un comportamiento misterioso, como si guardara un secreto y se mantiene a una distancia temerosa del contacto con el entrevistador. Hablarle positivamente la puede herir, como si toda esperanza le representara un peligro. También puede explicar experiencias terribles como si estuviera leyendo la lista de la compra, con esa fría naturalidad que es la marca

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de la disociación. Si empieza a abrirse nos dirá que la acosan recuerdos dolorosos, que le acuden en estados como de ensoñación diurna o en forma de pesadillas y que en general fluctúa entre un estado de desinterés por las cosas y otro de irritabilidad y de máxima alerta, todo le afecta sin poder concentrarse en nada definido. Seguramente expresará que siente vergüenza y culpa por cosas que le han pasado o que está convencida de que sólo a una persona tan débil, poco valiosa o indigna de estimación como ella puede haberle pasado algo así.

Extraída a grandes rasgos del DSM-IV, esta descripción es la misma de siempre. Hablando de sus primeras pacientes histéricas, Freud podría haber suscrito punto por punto esta descripción. Incluso podría decir que se la han copiado. La bella indiferencia y los ataques de temblor, las convulsiones y las parálisis que veía en su consulta y que le llevaron a lo que quizás sea su primer gran aforismo, que los histéricos sufrían de reminiscencias, hacen patente la misma lógica clínica que sostiene el diagnóstico del Trastorno por estrés postraumático.

Para tratar estos estados defensivos tan espectaculares Freud inventó el psicoanálisis. Con la eclosión de la psicoterapia que tuvo lugar durante el siglo XX otros métodos adquirieron relevancia. Desde hace menos de veinte años los profesionales disponemos también del conocido abreviadamente como EMDR, que es la sigla de “Eye Movement Desensitization Reprocessing”, descubierto por Francine Shapiro.

Así como el diván se convirtió en el icono del invento freudiano, los ojos que van de un lado a otro siguiendo el bolígrafo en la mano del terapeuta seguramente se convertirán en el símbolo de la terapia de reprocesamiento desensibilizante mediante el movimiento de los ojos.

El EMDR combina al servicio de un procedimiento muy fácil de describir y muy delicado de aplicar correctamente la teoría del conflicto freudiana, la del cambio de creencias cognitivo y la de la reducción de la ansiedad conductista. Como el psicoanálisis, pone el inconsciente a trabajar para construir integraciones del conflicto menos gravosas que el síntoma. Como la cognitiva, modifica las creencias negativas sobre uno mismo. Como el conductismo, reduce la perturbación emocional en presencia de la escena traumática. Y cuando funciona, que no todo funciona siempre, lo hace de manera muy rápida, el paciente cambia en pocas sesiones. Desbloqueo y limpieza emocional, catarsis y elaboración. Además, se puede aplicar en el contexto de otras terapias, dado que sus protocolos son muy sencillos. De hecho, el arte consiste en no equivocarse de cliente a la hora de administrarlo. Otro métodos, aplicados cuando no tocaba sólo harán perder tiempo, dinero y esperanza, o serán tan lentos que el paciente tendrá tiempo para alejarse. El EMDR es tan potente que incorrectamente aplicado puede llegar a hacer daño.

Como siempre ocurre, apenas aparece una nueva terapia, al principio parece que sirva para todo. De tratamiento de elección para los traumas de gran calibre, el EMDR extiende su influencia benéfica en el tratamiento del dolor, de la ansiedad, los problemas del apego, los trastornos de la alimentación, de las toxicomanías, de las fobias, de inhibiciones en general, etc. El tiempo pondrá las cosas en su lugar, tal como ya ha ocurrido con todos los booms psicoterapéuticos. Todavía es demasiado pronto para poner límites a su eficacia, mientras tanto la investigación está muy viva.

Lacan se quedaría de piedra ante esta manera de abrir lo real.

Desde Freud los tiempos han cambiado mucho, y según se mire no tanto, quizás es que hemos dado un giro completo, como si estuviéramos la noche antes del día en que Freud inventó el psicoanálisis. La noche en que abandonó su teoría traumática para considerar que las fantasías sexuales infantiles constituían un terreno más fértil para las neurosis que los abusos provenientes de padres, tíos, hermanos o tatas, a los que en realidad no negaba tanto como se le ha imputado injustamente después.

Hoy todo quiere ser trauma, tanto que a veces se olvida que trauma no es algo que me pasó o me hicieron, sino la reacción de mi mente a lo que me pasó o me hicieron. La defensa acaba siendo el agente patógeno y es el bloqueo de las representaciones dolorosas lo que las convierte en traumáticas, condenándolas a resurgir como reminiscencias aterradoras.

Este romanticismo sin sujeto al que llamamos posmodernidad quiere que todos seamos ante todo víctimas. Si se nos acepta como víctimas ya asumiremos después alguna escasa responsabilidad.

Afortunadamente los métodos terapéuticos no suelen caer en esta trampa. Respetar la agenda emocional del cliente, fieles al principio del primum non nuocere para ayudarle a encontrar el mínimo de paz interior que le permita seguir viviendo autoreconciliadamente exige compromiso de su parte y prudencia profesional de la nuestra. Aquel dolor enigmático, ese misterio doloroso que llamamos síntoma sigue constituyendo nuestra mejor brújula, y esto vale también, y muy especialmente, para la terapia del EMDR.

This Post Has 2 Comments

  1. guillermo says:

    Erick,

    Hasta donde alcanza mi conocimiento el trauma por estrés post traumático no tiene descubridor localizable. Supongo que las primeras descripciones más oficiales son de los médicos militares, y como existen guerras desde siempre, seguro que es muy difícil rastrear la fecha de la primera. En la primera guerra mundial se extendió el diagnóstico de “neurosis de guerra” que es al que alude Freud en algunos de sus escritos.

    Gracias por tu pregunta y un cordial saludo

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