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El EMDR y la teoría clínica psicoanalítica

Durante algunos años yo albergué la convicción (hoy diría la creencia) de que a la teoría clínica psicoanalítica le correspondía una y sólo una modalidad de método terapéutico. También pensaba que esta correspondencia biunívoca era el desiderátum y la marca de que una teoría clínica era consistente y bien construida.

La diversidad de modelos teóricos en el mundo postfreudiano no parecía contradecir esta pretensión de compacidad teórica y metodológica. Consideraba muy evidente la relación directa entre el encarnizamiento aquí-y-ahorista de la interpretación transferencial kleiniana con su convicción de que todo lo importante ya se había jugado en las etapas preverbales del desarrollo, como tampoco juzgaba incongruente el silencio y la interpretación oracular lacaniana con la esperanza de sacar de su escondrijo narcisista al significante amo, sin enredarse en las marañas del pensamiento considerado principalmente como imaginarización saturante.

Los modelos teóricos podían ser diversos (kleinianos, winnicottianos, bionianos, lacanianos, etc), esto era inevitable y deseable, pero en cambio la teoría clínica del psicoanálisis los unía a todos en un universo que con diferentes acentos respetaba aquella verdad inaugural que Freud había dejado sentada en los Estudios sobre la Histeria: el agente patógeno es la defensa. Freud no había descubierto la mente inconsciente, eso ya había ocurrido hacía tiempo. Lo que había hecho era algo aún más grande, encontrar el pivote sobre el cual basculaba toda la psicopatología. Neurosis o psicosis, los síntomas eran todos soluciones a conflictos, entre amores y odios o en la lucha por la supervivencia psíquica. El sufrimiento mental era la consecuencia de una desmesura o de un anacronismo de la defensa ante la angustia producida por el conflicto moral, la herida narcisista o la desaparición del mundo libidinal por una pérdida irreparable.

Podíamos discutir si las estructuras psíquicas eran o no impermeables entre sí, sobre funcionamientos más caracteriales o más sintomáticos, sobre la función autoterapéutica del delirio, sobre el trauma original o el microtraumatismo diario crónicamente acumulado, sobre las proporciones oníricas entre la realización de deseos o la resolución de preocupaciones vitales, podíamos tomar partido por la emoción o por el significante pero en el fondo nadie discutiría que la cuestión siempre estaba en la reacción de la mente a la ansiedad generada por el conflicto y que el síntoma de hoy era la solución de ayer. El inconsciente generado por la defensa (desde la originalmente descubierta represión hasta las posteriores y temibles disociaciones y forclusiones psicóticas) continuaba siendo nuestro campo ideal de acción y defendíamos en todo caso la mejor oportunidad de las diversas vías de acceso a ese Shangri-La, viaje al que proponíamos acompañar al paciente para rescatar a sus personajes, devenidos monstruosos a fuerza de no envejecer, trayéndolos otra vez al tiempo y a la mortalidad.

Así era entonces, ya he relatado en otra parte (¿Qué hacemos los analistas cuando no hacemos psicoanálisis?) como fui descubriendo otras maneras de operar. Descubrí que había varias maneras de hacer lo mismo, por ejemplo combinando la escucha psicoanalítica con prescripciones sistémicas. Mientras tanto Erickson había reinventado la hipnosis, y la programación neurolingüística me acabó de convencer de que a los pacientes que no hablan es mejor no torturarlos para que lo hagan y como siempre me había gustado la psicología general disfruté feliz de la eclosión cognitiva, que me sigue pareciendo mucho mejor psicología que terapia.

Todos estos desarrollos me enseñaron algo valioso y les estoy sinceramente agradecido, a pesar de sus diferencias todos coincidían en algo que yo había aprendido en Freud, Erickson y Lacan, que el inconsciente trabaja, y que a pesar de que a veces sus creaciones se vuelvan misteriosamente dolorosas también puede reinventarse produciendo nuevas estrategias no sintomáticas. La idea inicial de que cada teoría clínica tenía su método único ya se había modulado mucho, claro está, lo que había descubierto era que había coincidencias muy grandes entre todos. Incluso comencé una lista de “coincidencias alucinantes” que no llegué nunca a escribir, era materialmente imposible separar tanto los distintos pensares y operares como lo habían querido aquellos autores alérgicos al contacto cercano.

He necesitado todo este preámbulo para poder hablar del impacto que tuvo en mi vida profesional el descubrimiento del EMDR, sobre el cual también ya he escrito algo en alguna oportunidad (El estrés postraumático y la terapia del EMDR).

Hace algunos años encontré en las primeras páginas del libro de Shapiro que “mucho de lo que consideramos trastorno mental es el resultado de la manera en que la información se almacena en el cerebro. La curación comienza cuando desbloqueamos esta información y le permitimos emerger” (mi traducción). El EMDR es un método para favorecer y acelerar el procesamiento de estas representaciones que se han vuelto patógenas debido justamente a las condiciones de bloqueo con que han sido archivadas. Y como quien no quiere la cosa nos encontramos así con la cualidad patógena de la misma defensa puesto que como nos recuerda Shapiro el trauma no es nunca lo que nos pasa sino cómo reacciona nuestra mente al estímulo que le resulta insoportable. Si pretende enterrarlo en sus profundidades y tiene éxito (encapsulando el estímulo pero impidiendo así su procesamiento), tiene prácticamente asegurado el retorno del muerto viviente, con todo su cortejo de flashbacks, pesadillas, ataques de ansiedad, sensaciones de peligro y estado de alerta permanente.

En clave freudiana diríamos exactamente lo mismo que Shapiro, es decir que una representación (las hay de varias clases en la metapsicología freudiana) adquiere cualidad de patógena a causa de la defensa que se le opone, prototípicamente la represión, que consiste en prohibirle que se relacione con otras representaciones. Laing, aquel escocés ahora algo olvidado lo decía con su anudado estilo: reprimir una idea es olvidarla y después olvidarse del olvido mismo.

El EMDR es un procedimiento que consiste en la estimulación bilateral y su protocolo de aplicación. Millones de manzanas habían caído de los árboles hasta que Newton vio la suya. Los trágicos y los poetas lo habían descrito: ¿Quien no ha soñado las bodas con su madre? le dice Yocasta a Edipo, pero hizo falta Freud para descubrir el drama al que le puso el nombre de aquel infortunado. Como suele ocurrir alguien con un don para la observación (Shapiro) tuvo la genialidad de ver algo donde todos no habían visto nada. Eissler dijo una vez que el invento de la asociación libre era equivalente al del telescopio. Estoy de acuerdo, y quiero agregar que considero que la estimulación bilateral more EMDR es un heredero y discípulo aventajado de la asociación libre.

Lo bueno del EMDR es que funciona, en mayor o menor medida, quizás a veces nada, como todos los métodos terapéuticos, y aunque yo le prefiera atribuir una psicología clínica psicoanalítica (todos tenemos nuestras preferencias) los cognitivistas también pueden encontrarle la suya, señalando la reconfiguración de creencias que produce y por supuesto la desensitización conductista dispone aquí de un espléndido ejemplo de los beneficios de despojar a una representación de su carga de ansiedad para favorecer el cambio.

Recuerdo las manifestaciones de una profesora, que en mi formación de EMDR insistía en que “esto no es Freud” y para ilustrar la diferencia hacía un gráfico en la pizarra, representando el aparato psíquico presupuesto por Freud en comparación con el que presuponía el EMDR. Aún recuerdo la perplejidad que me produjo ver aquel dibujo, donde predominaban las líneas verticales. Tenía razón, eso no era Freud… era Fairbairn, otro genial escocés, analista contemporáneo de Melanie Klein y revisionista de la teoría de la pulsión, que preconizaba la existencia de multiplicidad de disociaciones y de egos.

Acepto encantado la justificadísima crítica de que estoy arrimando el ascua a mi sardina, para el caso la teoría clínica psicoanalítica, y de que las cosas no son tan simples, que no todas las defensas se reducen a la represión freudiana, que el yo atormentado se las arregla bastante mal frente a las disociaciones estructurales y etcétera y etcétera. Muy bien, pero ya he dicho que otros pueden arrimar la misma ascua a otra sardina si lo prefieren, porque para mí el EMDR significa el contraejemplo más flagrante de lo absurdo mi de antigua aspiración de que a cada teoría le correspondiera su único método. Cuando ya había abandonado la búsqueda de una cosa encontré exactamente la contraria.

La estimulación bilateral debidamente protocolizada tiene ese encanto, que puede ser explicada desde diversas teorías clínicas, y aunque quizás no sepamos aún exactamente cómo es que hace para funcionar (no sería el primer caso en el universo de las psicoterapias), no deja de hacerlo, explíquelo cada cual como prefiera. O el EMDR pivota sobre un potente denominador común de varias terapias o éstas no son tan diferentes. El caso es que funciona, logrando resultados que no son solo substituciones entre síntomas, actitudes y conductas. Cualquiera que haya hecho la experiencia rigurosa de su aplicación, en sí mismo y en sus pacientes, podrá atestiguar de las modificaciones intrapsíquicas que genera, como integra imágenes visuales con sensaciones con diálogo interno de una manera que transforma en ocioso el debate sobre la exclusión del cuerpo en las terapias verbales o la desestimación de la palabra en las terapias corporales. A los que ahora pretendan, al revés de lo que yo intentaba, encontrarle al EMDR un y sólo un modelo teórico les deseo suerte, quizás lo logren y con todo gusto se lo reconoceremos.

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