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Quemarse en infancia, tonto y vinagre

Agotamiento emocional, despersonalización y falta de realización personal en el trabajo han sido desde su origen conceptual los tres ejes de la descripción del burnout. El profesional de sanidad, educación o servicios sociales llega a sentir que no le queda más afecto ni energía, se descubre incurriendo cada vez más a menudo en actitudes y comentarios cínicos respecto de los usuarios,  sus tareas ya no proporcionan ningún placer y  sus responsabilidades  ya no son un desafío profesional. Al volver a casa después del trabajo sólo aspira a entrar en coma ante la  tele. Y esto no es ninguna caricatura.

La magia  se ha acabado, el trabajo ya no divierte,  la ilusión por mejorar las cosas y aprender ha desaparecido,  los usuarios le parecen cada vez peores personas que se merecen todo lo que les  ocurre. Y encima se siente culpable y avergonzado, por tener estos pensamientos hacia los que antes consideraba enfermos o víctimas,  por intentar que no le asignen este caso que acaba de entrar, disimula ante sus compañeros  y  para consolarse se compara con Donald Sutherland o Elliot Gould en M.A.S.H  o  lamenta no haber escrito La Casa de Dios antes que Samuel Shem.

Más que un estado final,  se considera que el burnout es un proceso de adaptación a una situación de estrés  laboral crónico, en el que el profesional se quema  para poder seguir trabajando, sea porque no soporta la idea de haber perdido sus ideales o porque sencillamente no puede dejarlo. Se queman los que tienen vergüenza.   Propiamente hablando, quemarse en el trabajo es el polo opuesto  a la simulación del daño laboral  a la que recurre el  pillo para conseguir o prolongar una baja, cosa que por cierto es un juego extremadamente peligroso,  la mente tiende a hacer realidad nuestras mentiras,  a más de uno la enfermedad real le vino a recordar su dignidad perdida.

Con la única diferencia de donde ponen los acentos, los modelos descriptivos y explicativos del burnout incluyen los factores provenientes de la organización, de la relación con el usuario, de la relación dentro de los equipos y finalmente la psicología del trabajador. Los motivos de tensión pueden provenir de cualquier parte, pero donde aparecerán será en el profesional. La variable principal siempre seré yo ante mí mismo. Cualquier profesional de infancia identificará inmediatamente algunos de estos factores de tensión en su contexto de trabajo, pero ahora me interesa pasar de este plano general a comentar un factor específico de generación de burnout entre los que trabajamos en infancia en riesgo.

Me refiero a la credulidad o incredulidad por defecto.

Cuando trabajamos con  familias a las que entrevistamos para valorar las posibilidades de que recuperen sus hijos tutelados más de una vez nos sentimos compelidos a creer que pueden cambiar. Necesitamos ver señales de modificación de sus tensiones, de suavización o incluso de negociación y solución de sus conflictos. Habíamos descubierto el juego relacional maltratante, lo exploramos, introdujimos la crisis en la dinámica familiar, y han respondido a nuestros señalamientos y provocaciones cambiando sus actitudes y comportamiento.  Claro que quizás no sea  suficiente o que tampoco  estos cambios se mantengan en el tiempo, pero se mueven. También puede ocurrir que todo esto nos parezca  un evidente  paripé para seducirnos, con el objetivo de que propongamos que se les devuelvan los hijos, pero incluso así nos hacemos martingalas mentales para justificar su astucia, peor sería que no la tuvieran, y aunque nos rechinen los oídos al escuchar en su boca aquellas palabras que no hace ni minutos que les hemos dicho nosotros, también admiramos esta flexibilidad, si pueden  ser tan plásticos quizás sea esta la prueba de que pueden cambiar de verdad. O sea que acabamos (¿o habíamos comenzado?) por la posibilidad de que ya no volverán a maltratar al hijo, y como de todos modos sus casos seguirán tutelados y en seguimiento por el equipo de territorio… bien, confiemos en que al final no se nos quede una cara de tonto.

En el polo opuesto, después de haber recibido varios tortazos y según quien sin haber recibido ninguno,  podemos tomar la actitud opuesta y cultivar una reconcentrada incredulidad. Como decía una colega “los padres biológicos no cambian”, así que mejor ni entrar en métodos de comprobación de  la veracidad de  los  cambios, mantengamos la distancia y no nos dejemos caer en la tentación de ninguna soberbia terapéutica. Si han tenido que  maltratar un hijo para solucionar sus triangulaciones malignas no pueden cambiar de verdad. Si cambian seguro que es mentira, y si era verdad sólo lo veremos dentro de mucho, mucho tiempo. Los que adoptan por defecto esta posición confian  en que al final no se les quede una cara de vinagre.

Claro está que he dibujado dos caricaturas extremas, nadie  es del todo así. Además, afortunadamente existe una buena cantidad de casos que no nos plantean esta encrucijada. Hay funcionamientos familiares  tan crónicamente  perversos o  negligentes,  que nadie se plantea  ambiciosos cambios en su estructura o nuevos relatos de la historia familiar, buscaremos un futuro mejor para el niño y basta.  También hay familias que ya estaban en crisis, de pareja o con las familias de origen, en las que descuidar o maltratar un hijo  ha constituido  un lamentable efecto lateral. Acompañaremos con algunas  entrevistas una separación  entre los padres que ya estaba prácticamente decidida y nos preocuparemos de que lleguen a un acuerdo sobre la guarda del hijo,  o  de regulación de visitas y contacto con los abuelos que sea bueno para los niños.

En el medio queda casi todo, y es en este universo de casos dudosos en los que algunos tenderán a fiarse de su ojo u olfato clínico sobre dinámicas familiares y padres infelices y otros preferirán no ver y mucho menos oler el pegajoso hedor de la angustia. Unos correrán el riesgo de sentirse tontos  y los otros avinagrados.

Creer es no saber, esto ya lo sabíamos, como también sabemos  que hay una gran cantidad de movimientos subterráneos en estas familias  en las que aquello que  ignoramos es mucho mayor que lo que constatamos. Podemos sostener la ignorancia como una etapa del conocimiento, tan digna como las otras o podemos resolverla mediante una creencia. Lo que también podemos  es formular una hipótesis, lo que está muy bien mientras no  olvidemos que sólo es eso, una hipótesis,  dado que invariablemente dicho olvido la convierte en un dogma.

Preguntado por sus inclinaciones, cualquier profesional afirmará taxativamente que prefiere  sostener la ignorancia en su dignidad y  formular una hipótesis que oriente la observación antes que enrocarse en una creencia,  pero no es esto lo que suele ocurrir, ni mucho menos.  El sistema de protección de la infancia en riesgo es preventivamente cautelar. Ante la detección de un maltrato, su propia naturaleza  le hará reaccionar como si la reiteración del mismo  fuera un riesgo probado,  no sólo una suposición a  demostrar antes de tomar alguna decisión.  Y esto tiene su razón de ser, evidente para los que trabajan en este campo, más vale actuar por las dudas que tener que lamentar después  los daños que pueda sufrir un niño. Nos desenvolvemos en atmósferas plenas de secretos, donde lo que está oculto es porque alguien lo oculta.

De aquí que comprendamos  perfectamente al refugio en la incredulidad, actitud que cultivaremos para protegernos del posible engaño. ¿Cuál es  el riesgo de esta estrategia? Claramente el de endurecernos, perder sensibilidad, convertirnos en aplicadores mecánicos de un  manual que siempre será incompleto puesto que no describe electrodomésticos:  sin  reconocimiento explícito, verbal, de la responsabilidad por el daño ni empatía con el dolor sufrido por el hijo no puede haber un pronóstico positivo de recuperarlo, sin sometimiento a terapia individual o de pareja no creeremos nunca en una mejora de las circunstancia familiares, y así sucesivamente. El riesgo finalmente es el de llegar a considerarnos por encima del bien y del mal, juzgando personas como no lo haría ni Dios y poniéndoles condiciones, es decir planes de mejora, que ninguna familia podría cumplir y que si cumplieran  demasiado bien nos induciría la sospecha atroz de que nos han vuelto a engañar.

También comprenderemos al que peca de credulidad, al que siente que para poder trabajar con estas familias necesita confiar en que algunas cosas  pueden cambiar. No me refiero al ingenuo devoto de la empatía, al que intenta colocarse en la camisa del otro, empresa imposible y que de serlo sólo habría conseguido dejarlo sin camisa. Me refiero al que  “se vuelve de la familia”,  al  que descubre y señala  conflictos como si hubiera estado de viaje y retorna para descubrir que en su ausencia han pasado cosas sorprendentes  en la que continua siendo su familia. Al que hecha cordialmente un poco de sal en todas las heridas y mantiene al mismo tiempo un sentido del humor  que aunque pueda resultar algo cruel  logra que todos los adultos del niño se vean en  perspectiva  dentro del juego al que han estado jugando. Evidentemente, l riesgo que corre es el de quedar atrapado, no tanto en la empatía sino en la simpatía y la fascinación,  aún dentro del horror y del crimen. Como a todos los que se sumergen en territorios misteriosos,  cuando se le acostumbre  la vista puede llegar a considerar normales fenómenos espantosos.

Todos habremos incurrido en ambas posiciones,  más en una que en otra, según nuestras tendencias  y estaremos de acuerdo en que el mal no yace en sentirnos a veces crédulos y otras  infelices sino en que nuestro rostro se esté volviéndo rígidamente  tonto o avinagrado.

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