Durante algunos años yo albergué la convicción (hoy diría la creencia)  de que a la teoría clínica psicoanalítica le correspondía una y sólo una modalidad de método terapéutico. También pensaba que esta correspondencia biunívoca era el desiderátum y la marca de que una teoría clínica era consistente y bien construida.

La diversidad de modelos teóricos en el mundo postfreudiano no parecía contradecir esta pretensión de compacidad teórica y metodológica.  Consideraba muy evidente la relación directa entre el encarnizamiento aquí-y-ahorista de la interpretación transferencial kleiniana con su convicción de que todo lo importante ya se había jugado en las etapas preverbales del desarrollo, como tampoco juzgaba incongruente el silencio y la interpretación oracular lacaniana con la esperanza de sacar de su escondrijo narcisista al significante amo, sin enredarse en las marañas del pensamiento considerado principalmente como imaginarización saturante.

Los modelos teóricos podían ser diversos (kleinianos,  winnicottianos, bionianos,  lacanianos, etc),  esto era inevitable y deseable, pero en cambio la teoría clínica del psicoanálisis  los unía a todos en un universo que con diferentes acentos respetaba aquella verdad inaugural que Freud  había dejado sentada en los Estudios sobre la Histeria: el agente patógeno es la defensa. Freud no había descubierto la mente inconsciente, eso ya había ocurrido hacía tiempo. Lo que había hecho era algo aún más grande, encontrar el pivote sobre el cual basculaba toda la psicopatología. Neurosis o psicosis, los síntomas eran todos soluciones a conflictos, entre amores y odios o en la lucha por la supervivencia psíquica. El sufrimiento mental era la consecuencia de una desmesura o  de un anacronismo de la defensa ante la angustia producida por el conflicto moral, la herida narcisista o la desaparición del mundo libidinal por una pérdida irreparable.

Podíamos discutir si las estructuras psíquicas eran o no impermeables entre sí,  sobre funcionamientos más caracteriales o más sintomáticos, sobre la función autoterapéutica del delirio, sobre el trauma original o el microtraumatismo diario crónicamente acumulado,  sobre las proporciones oníricas entre la realización de deseos o la resolución de preocupaciones vitales, podíamos tomar partido por la emoción o por el significante pero en el fondo nadie discutiría que la cuestión siempre estaba en la reacción de la mente a la ansiedad generada por el conflicto y que el síntoma de hoy era la solución de ayer. El inconsciente generado por la defensa (desde la originalmente descubierta represión hasta las posteriores y temibles disociaciones y forclusiones psicóticas) continuaba siendo nuestro campo ideal de acción y defendíamos en todo caso la mejor oportunidad de las diversas vías de acceso a ese Shangri-La, viaje al que proponíamos  acompañar al paciente para rescatar a sus  personajes, devenidos monstruosos a fuerza de no envejecer, trayéndolos otra vez al tiempo y a la mortalidad.

Así era entonces, ya he relatado en otra parte (¿Qué hacemos los analistas cuando no hacemos psicoanálisis?)  como fui descubriendo otras maneras de operar. Descubrí que había varias maneras de hacer lo mismo, por ejemplo combinando la escucha psicoanalítica con prescripciones sistémicas. Mientras tanto  Erickson había reinventado  la hipnosis, y  la programación neurolingüística  me acabó de convencer de que a los pacientes que no hablan es mejor no torturarlos para que lo hagan y como siempre me había gustado la psicología general disfruté feliz de la  eclosión cognitiva, que me sigue pareciendo mucho mejor psicología que terapia.

Todos estos desarrollos me enseñaron algo valioso y les estoy sinceramente agradecido, a pesar de sus  diferencias todos coincidían en algo que yo había aprendido en Freud, Erickson y Lacan, que el inconsciente trabaja, y que a pesar de que  a veces sus creaciones se vuelvan misteriosamente dolorosas también puede reinventarse produciendo nuevas estrategias no sintomáticas. La idea inicial de que cada teoría clínica tenía su método único ya se había modulado mucho, claro está, lo que había descubierto era que había coincidencias muy grandes entre todos. Incluso comencé una lista de “coincidencias alucinantes” que no llegué nunca a escribir, era  materialmente imposible separar tanto los distintos pensares y operares  como lo habían querido aquellos autores alérgicos al contacto cercano.

He necesitado todo este preámbulo para poder hablar del impacto que tuvo en mi vida profesional el descubrimiento del EMDR, sobre el cual también ya he escrito algo en alguna oportunidad (El estrés postraumático y la terapia del EMDR).

Hace algunos años encontré en las primeras páginas del libro de Shapiro que “mucho de lo que consideramos trastorno mental es el resultado de la manera en que la información se almacena en el cerebro. La curación comienza cuando desbloqueamos esta información y le permitimos emerger” (mi traducción). El EMDR es un método para favorecer y acelerar el procesamiento de estas representaciones que se han vuelto patógenas debido justamente a las condiciones de bloqueo con que han sido archivadas. Y como quien no quiere la cosa nos encontramos así con la cualidad patógena de la misma defensa puesto que como nos recuerda Shapiro el trauma no es nunca lo que nos pasa sino cómo reacciona nuestra mente al estímulo que le resulta insoportable. Si pretende enterrarlo en sus profundidades y tiene éxito (encapsulando el estímulo  pero impidiendo así su procesamiento),  tiene prácticamente asegurado el retorno del muerto viviente, con todo su cortejo de flashbacks, pesadillas, ataques de ansiedad, sensaciones de peligro y  estado de alerta permanente.

En clave freudiana diríamos exactamente lo mismo que Shapiro, es decir  que una representación (las hay de varias clases en la metapsicología freudiana) adquiere cualidad de patógena a causa de la defensa que se le opone, prototípicamente la represión, que consiste en prohibirle que se relacione con otras representaciones. Laing, aquel escocés ahora algo olvidado lo decía con su anudado estilo:  reprimir una idea es olvidarla y después olvidarse del olvido mismo.

El EMDR es un procedimiento que consiste en la estimulación bilateral y su protocolo de aplicación. Millones de manzanas habían caído de los árboles hasta que Newton vio la suya. Los trágicos y los poetas lo habían descrito: ¿Quien no ha soñado las bodas con su madre? le dice  Yocasta a Edipo, pero hizo falta Freud para descubrir el drama al que le puso el nombre de aquel infortunado. Como suele ocurrir alguien  con un don para la observación (Shapiro) tuvo la genialidad de ver algo donde todos no habían visto nada. Eissler dijo una vez que el invento de la asociación libre era equivalente al del telescopio. Estoy de acuerdo, y quiero agregar que considero que  la estimulación bilateral more EMDR  es un heredero y discípulo aventajado de la asociación libre.

Lo bueno del EMDR es que funciona, en mayor o menor medida, quizás a veces nada, como todos los métodos terapéuticos, y aunque yo le prefiera atribuir una psicología clínica psicoanalítica (todos tenemos nuestras preferencias) los cognitivistas también pueden encontrarle la suya, señalando la reconfiguración de creencias que produce y por supuesto la desensitización conductista dispone aquí de un espléndido ejemplo de los beneficios de despojar a una representación de su carga de ansiedad para favorecer el cambio.

Recuerdo las manifestaciones de una profesora,  que en mi formación de EMDR  insistía en que “esto no es Freud” y para ilustrar la diferencia hacía un gráfico en la pizarra, representando el aparato psíquico presupuesto por Freud en comparación con el que presuponía el EMDR.  Aún recuerdo la perplejidad que me produjo ver aquel dibujo, donde predominaban las líneas verticales. Tenía razón, eso no era Freud… era Fairbairn, otro genial escocés, analista contemporáneo de Melanie Klein y  revisionista de la teoría de la pulsión, que preconizaba la existencia de  multiplicidad de disociaciones y de egos.

Acepto encantado la justificadísima  crítica de que estoy arrimando el ascua a mi sardina, para el caso la teoría clínica psicoanalítica, y de que las cosas no son tan simples, que no todas las defensas se reducen a la represión freudiana, que el yo atormentado se las arregla bastante mal  frente a las disociaciones estructurales y etcétera y etcétera. Muy bien, pero ya he dicho que otros pueden arrimar la misma ascua a otra sardina si lo prefieren, porque para mí el EMDR significa el contraejemplo más flagrante de lo absurdo mi de antigua aspiración de que a cada teoría le correspondiera su único método. Cuando ya  había abandonado la búsqueda de una cosa encontré exactamente la contraria.

La estimulación bilateral debidamente protocolizada tiene ese encanto, que puede ser explicada desde diversas teorías clínicas, y aunque quizás no sepamos aún exactamente cómo es que hace para funcionar (no sería el primer caso en el universo de las psicoterapias), no deja de hacerlo, explíquelo cada cual como prefiera.  O el EMDR pivota sobre un potente denominador común de varias terapias o éstas no son tan diferentes. El caso es que funciona, logrando resultados que no son solo substituciones entre síntomas, actitudes y conductas. Cualquiera que haya hecho  la experiencia rigurosa de su aplicación, en sí mismo y en sus pacientes, podrá atestiguar de las modificaciones intrapsíquicas que genera, como integra imágenes visuales  con sensaciones con diálogo interno de una manera que transforma en ocioso el debate sobre la exclusión del cuerpo en las terapias verbales o la desestimación de la palabra en las terapias corporales. A los que ahora pretendan, al revés de lo que yo intentaba, encontrarle al EMDR un y sólo un modelo teórico les deseo suerte, quizás lo logren y con todo gusto se lo reconoceremos.


Hoy es el día de las elecciones para elegir la Junta del Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña y esperando que la nueva Junta directiva cumpla con las expectativas de pluralidad que todos tenemos  es el momento de retomar este debate entre psicología y psicoanálisis, sin las tensiones inherentes a la confrontación y a las urgencias políticas anteriores.

Algunos psicoanalistas no quieren que se los considere psicólogos, y la psicología académica rechaza al psicoanálisis como carente de fundamentación científica. No me voy a referir ahora lo que piensa la psicología académica del psicoanálisis, prefiero ocuparme de lo que nos pasa a los psicoanalistas con la psicología.

Ya decía Dilthey que la psicología era una ciencia que como el dios Jano tenía dos caras, una que miraba hacia la naturaleza y otra que miraba hacia el espíritu. A grandes rasgos la psicología científica quiere ocuparse de la cara natural, la única que puede ser tratada de manera científica, entendiendo ciencia como la entiende la academia por supuesto, lo que significa poblaciones de psiques, de verdades  generales, de leyes de funcionamiento de la mente, todo grande y universalizable, como debe ser en ciencia.

¿Y nosotros de qué nos ocupamos?  Del síntoma,  del sufrimiento enigmático,  del malestar, de antiguas soluciones que ahora se han convertido en un problema, de vivencias que por razones desconocidas se han convertido en obsesiones, de palabras olvidadas que retornan como voces. Podría seguir, cualquiera de nosotros podría hacer una lista bastante más larga, pero todos nos estaríamos refiriendo en todo caso a alguien, no a una población, ni tampoco estaríamos diciendo que la explicación debe ser universal para ser buena.

La psicología es general, el psicoanálisis es de este caso.

Ahora, todo esto no significa que al operar no estemos aplicando leyes generales. Las teorías lo son todas, el caso más singularmente considerado entrará casi todo en la intersección de unas cuantas leyes y  quedará un resto que será cualitativamente diferente, único, lo que hace que cada uno sea él mismo. Este resto no es científico, ni tiene porqué serlo, ni tenemos porque discutir con nadie por él.

Frecuentemente, cuando oigo a un analista pretender desmarcarse de la psicología,  pienso que cuando dice “psicología” está pensando “conductismo” o “modificación de conducta” o algo parecido.  Pero la psicología es mucho más,  hay muchas psicologías y el tan denostado cognitivismo, la revolución cognitiva, que comenzó por años 50 es una fuente de inspiración como teoría científica (general, universal, etc.) muy rica, constituye un conjunto de teorías y experimentos muy interesantes para el psicólogo e instructivos para el que disfrute del conocimiento psicológico, que no tiene porqué pero también puede ser un clínico. Un libro que he leído varias veces, y siempre con esa emoción del descubrimiento es el Objetos con Mente, de Ángel Rivière  (no demasiado amigo del psicoanálisis)  en el que plantea con intensidad el drama científico de plantearse el estudio científico (leyes, etc) de un sistema finalista (no solo intencional sino intensional)  como es la mente humana. Pero todo lo que tiene de bueno el cognitivismo como teoría científica del funcionamiento general de la mente lo pierde al ser llevado a la clínica.   Hasta donde yo conozco, por más evidencia que reivindiquen no pasan de la machacona aplicación de protocolos que aniquilan la experiencia viva  del paciente. Si eso gana en la pública va acabar beneficiándonos a los de la consulta privada, como ya ocurrió con la aplicación masiva de psicofármacos.

En resumen, lo que quiero decir es que los analistas podemos aprender mucho de la psicología sin temor a que nos confundan y manteniendo nuestra agenda teórica y clínica.

En este momento me llega por el correo del Foro de Amigos de Xoroi  http://amigosxoroi.blogspot.com/ el texto de Berrios “Sobre la medicina basada en la evidencia”, es genial. Espero que una voz tan autorizada como la suya se haga oír en el Instituto Catalán de la Salud, y también en el Colegio de Psicólogos ya de paso.  Pero nos toca a nosotros hacer que les llegue.

El campo de intersección entre la psicología y el psicoanálisis  se llama psicología clínica. Ahí cabemos todos, analistas de todas las inspiraciones, sistémicos,  gestaltistas, programadores neurolingüistas, emdereistas y demás. Al menos todos los que yo conozca coincidimos en una cosa, en la obstinación con la que mantenemos que un caso no se reduce a generalidades.

Resumen: tratamiento de un caso de maltrato físico de motivaciones religiosas. Incluye sesiones con la familia nuclear, la extensa y las entrevistas  con el niño. El contexto es un centro de acogida y existe una orden de alejamiento entre hijos y padres, lo que requiere una coordinación fluida entre lo judicial y lo terapéutico. Consecuencias indeseadas en este caso del principio de retirar por defecto todos los hermanos, incluso el no maltratado.


A veces nos ocurre, estábamos convencidos de tener   todos   los elementos importantes del caso ante nuestros ojos… y sin embargo no entendíamos, nos faltaba alguna clave.  Era un caso  de  maltrato físico, sin duda,  pero no atinábamos a dilucidar el  sentido del castigo que Abdul había recibido a manos de su padre, ni tampoco la reacción de todos  los familiares (y eran muchísimos) ante una acción de tamaña crueldad.
Un día la policía recibe un pedido de ayuda. El hermano mayor de Abdul  se ha escapado subrepticiamente de la casa para telefonear, teme que su padre mate a su hermano. En su declaración manifestará  que aquel  estaba furioso porque su hermano no reza  como debe hacerlo  un buen musulmán y además  se empeña en orinar de pie en vez de hacerlo sentado en el váter.  La policía interviene y retira cautelarmente de la casa al niño de once años Abdul, junto con su hermanita menor de dos años. La exploración médica encuentra marcas de quemadas en la cara exterior de los muslos de Abdul, quien  informa que se las había hecho el padre con un cuchillo previamente calentado,  una semana antes de la escena de furia que espantó al hermano.  Dice también que la madre de su hermanita, segunda mujer de su padre,  le había pegado con una correa por haber encendido la televisión, impidiendo así dormir a la niña. Su propia madre vive en el país de origen de todos ellos. Ambos niños puestos en guarda judicial a cargo del sistema de protección e ingresan en un centro de acogida para valoración diagnóstica y propuesta de medida protectora.

Desde el primer día se presentan en el centro un gran número de familiares de los niños. Recibimos  también innumerables llamadas telefónicas  afirmando reiteradamente como si fuera una plegaria que los hijos deben volver con sus padres y pidiendo que hagamos todo lo posible para favorecer ese retorno.

Hablamos con todos ellos y nos encontramos ante una especie de clan, compuesto de varias familias unidas por vínculos de sangre y de alianza: matrimonios entre primos,  varios hermanos casados con varias hermanas, etc. Cordialmente nos explican que todos provienen del mismo pueblo donde la mayoría de las familias están emparentadas. Nos llama la atención que,  con  la única excepción de la madre de la niñita, que está desolada por la separación de su hija, raramente pregunten por cómo estan los niños. Todos insisten en pedir que vuelvan a casa con sus padres, en verlos y hablar con ellos, pero sin que (al menos según nuestros criterios) nos den la impresión de  imaginar  si quizás éstos  puedan estar sufriendo, sea por lo ocurrido o por estar separados de sus mayores.

Predomina notoriamente el sentido de familia por encima del de individuo, así como el sentido de adulto sobre el de niño. Todos se enrocan  insistiendo en que aquello que pasó está muy mal, que a ningún niño se le debe hacer esto, que en su país estas cosas no pasan,  que la familia está padeciendo mucho y  que todos piden perdón por lo ocurrido.  Preguntaban sin cesar qué es lo que tenían que hacer para recuperarlos. De todos modos, como ya hemos dicho antes sólo  en muy contadas ocasiones veíamos alguna emoción solidaria referida al sufrimiento de Abdul o el de su hermanita.  No observábamos ni indignación, ni horror, ni lástima, incluso casi ni amor. Salvo la madre  de la niña  el resto de los adultos hablaban en general en un tono distante, como no queriendo comprometerse  ni tomar posición ante la comisión de los maltratos. Se extienden hablando  en plural con palabras plenas de sentimiento sobre la  necesidad del perdón para restañar las  heridas del corazón y continuar viviendo y como no podemos estar más de acuerdo aceptamos naturalmente esta propuesta, mencionando  tan sólo que hasta ahora nadie le había pedido perdón a Abdul. Nuestras palabras les sorprenden y detienen momentáneanermente su oratoria, pero rápidamente  todos vuelven a blindarse en el la generalidad del sujeto colectivo.

Manifiestamente, todos ellos juntos nos piden perdón a nosotros. Por la cohesión que demuestran, que seguramente también nos presuponen  a nosotros quizás nos están proponiendo un diálogo entre comunidades o entre religiones. Nadie parece considerar que haya una víctima individual de una agresión cometida por alguien también específico, por momentos nos llevan a dudar incluso de que  consideren aquel brutal castigo como un acto de violencia.

Entrevistamos al padre y su segunda esposa. Son originarios de un país de África. El padre  llegó a España hace varios años, después de haber estado en otros países. Cada dos o tres años volvía a su país donde está casado en régimen de poligamia con la madre de  Abdul, con la que tiene dos hijos más, el que hizo la denuncia y otro que se quedó con su madre.  Abdul ha estado separado de su padre durante muchos de sus pocos años y esta distancia se nota en la escasa vinculación patente entre ambos. Quería darle a su hijo una mejor educación (el chico es visiblemente muy inteligente) y por eso lo trajo a Europa, donde llegó con su hermano mayor hace dos años y poco más. A diferencia de su padre y hermano mayor, Abdul se expresa  perfectamente en catalán y castellano. Explican que la relación entre el padre y el hermano mayor era buena hasta que éste empezó a trabajar y a disfrutar de cierta independencia económica, momento en que comienzan tensiones entre ellos y el joven, ya mayor de edad se marchó a compartir piso con unos amigos.  La pareja parece bien avenida, la mujer habla muchísimo mejor que su marido, trabaja y se está sacando el carnet de conducir. Es la única a la que vemos con vestimenta occidental y solamente el pañuelo en la cabeza la asemeja a sus hermanas y primas, cubiertas todas salvo la cara.

No son ni han sido jamás usuarios de servicios sociales. Los adultos suelen trabajar en la construcción, se ganan aceptablemente la vida  y viendo su espíritu de bloque es fácil pensar que todos se apoyan recíprocamente.  Tanto los padres como los familiares entrevistados son personas cordiales y respetuosas, que en ningún momento dan sensación de violencia ni de peligro. Se explayan tranquila y cortesmente, transmitiendo al mismo tiempo la sensación de que están muy de acuerdo en algo, o de que  comparten  un conocimiento que a nosotros se nos escapa y que para ellos es evidente. Indudablemente es así.

El padre niega en todo momento la agresión, señalando al  hermano denunciante,  enfadado seguramente ante la  amenaza de retornarlo al país de origen,  como el autor de las lesiones sufridas por su hijo.  La madre de la  niñita niega haberle aplicado más que un par de bofetadas a  Abdul y secunda como siempre lo hace las palabras de su marido. De todos modos ella no supo nada de las quemaduras y fuera quien fuera el autor de las mismas de haberlo visto  jamás las hubiera permitido. Insiste en que ella no ha visto el cuerpo del niño desnudo, de la misma manera en que más adelante nos dirá que ella jamás ha visto orinar un hombre. Estaba al tanto, eso sí, de que el padre estaba enfadado por la insistencia de Abdul en orinar de pié.

El hermano mayor había quedado  mientras tanto en una situación ambigua. En la entrevista inicial, rodeado de primos y tios su presencia había quedado desdibujada, todos lo miran y él casi ni respira. Veíamos claramente que los otros no sabían que era él quien había llamado a la policía.  En un discreto aparte con él nos informó que tenía miedo, que todos sospechaban de él y que vivía con unos amigos en otro piso. No se arrepentía en absoluto de haber pedido ayuda, efectivamente había temido por la vida de su hermano y quería ver los niños. Le organizamos rápidamente un plan de visitas quincenales con los chicos y a partir de ese momento tuvimos entrevistas separadas con él para ayudarlo a resolver su complicada situación familiar.  Después ocurrieron más cosas, alguna muy desagradable, ya volveremos sobre los pasos este muchacho.

Corresponde ya que demos lugar a la voz del niño.

Abdul es un niño cariñoso y fácil de querer, con buenas habilidades sociales como suele decirse, consciente de sus sentimientos a los que expresa con fluidez. En los meses que pasará con nosotros en el centro mostrará su  natural buen humor, pasando también sus momentos de rabia en los que se defiende firmemente de otros niños. Con los adultos es respetuoso, le gustan las ironías y es fácil de entrevistar,  responde sin angustia  y cuando no le interesa lo que estamos hablando  o quiere irse a jugar dice que “no sabe” y se encoge de hombros.

Respecto del motivo de su ingreso en nuestro centro siempre ha hablado francamente, desahogándose sin tapujos sobre las agresiones de las que fue víctima por parte del padre. Ha mantenido siempre la misma versión, sin mejorarla con nuevos recuerdos o detalles truculentos. Al contrario, se expresa con sinceridad, sin pretender cuadrar lo que no entiende y sin hacerse la víctima. No comprende las razones que tuvo su padre para castigarlo así, de  esta manera confirma sin saberlo los temores del padre, el niño no manifiesta la  entusiasta disposición religiosa que querría verle su progenitor.

Su relato es coherente, verosímil y acompañado de los afectos sentimientos que se pueden esperar, alivio por haber zafado de aquella situación y agradecimiento hacia el hermano que pidió ayuda, a veces expresa algún sentimiento de vergüenza por lo que le ha ocurrido. Siente miedo a  su padre,  a quien no quiere ni ver. No tiene recuerdos de su padre anteriores a su venida a Cataluña hace más de dos años y  en cambio recuerda claramente a su madre y especialmente a un abuelo que murió cuando él ya estaba aquí. Confía naturalmente en los adultos que lo cuidan, lo que sugiere que con anterioridad a su emigración mantenía vínculos estables y positivos con sus mayores.
Recuerda súbitamente que mientras su padre lo marcaba con el cuchillo recalentado profería reiteradamente una palabra en su idioma. Nos la repite, sin entender (dice) su significado o porqué  se la decía.  Al preguntarles más tarde por esta palabra, tanto el padre  como su compañera  nos explican cordialmente que dicha palabra es en realidad una pregunta y que significa algo así como “¿quién eres (que lugar de parentesco ocupas) en la familia?”.

Recapitulemos. Tenemos un evidente caso de maltratos físicos, un más que probable autor de los mismos (el padre insiste cada vez más débilmente en que el agresor es el hijo mayor), un grupo de familias que solicitan perdón de manera colectiva, haciéndose todos responsables sin que nadie asuma una culpa individual por la agresión ni expresen tampoco  solidaridad  con el niño ni pena por su sufrimiento ni horror por el salvajismo de la acción cometida. Tenemos también un niño que relata de manera creíble los malostratos sufridos, que expresa miedo al padre,  agradecimiento al hermano por haberlo salvado  y que no parece para nada traumatizado.

Respecto del maltrato mismo. Tenemos dos escenas: la final, en la que el padre furioso increpa y ataca físicamente al hijo y otra escena anterior en la que el padre le produce las quemadas en los muslos.  Es ésta, cronológicamente primera,  la que nos produce mayor perplejidad, puesto que no se trata de una explosión de furia por parte del progenitor sino de algo más planificado,  algo así como una ceremonia ritual. El hecho de recalentar un cuchillo para realizar las quemadas, la localización de las mismas, todo esto parece una secuencia predeterminada con la evidente intención de producir cicatrices, como tatuajes.

La marca es el clásico castigo al pecador,  a la mujer adúltera. También la marca señala al pagano, al esclavo, al prisionero del  campo de concentración. Marca de propiedad o estigma indisimulable del pecado cometido o de la tara esencial, la marca es un memento para quien la porta y simultáneamente la exposición ante la mirada de los otros de una culpa o defecto irreparable.  Fanatismo moral y pasión por el estigma constituyen un clásico religioso, por cierto que de ningun modo exclusivo  del islam. Que el pecado fuera la falta de religiosidad del niño estaba debidamente documentado, pero  la razón de los tatuajes en las piernas se nos escapaba, no sabíamos qué le había querido decir el padre al niño, aunque alguna relación tendría con la pregunta que ahora sonaba a imprecación, ¿Quién eres tú de la familia? O mejor ¿eres verdaderamente de la familia? Religión y  parentesco, renegar de la religión era renegar de la familia. Quizás el padre le estaba recordando justamente esta indisoluble relación.

Desde luego que el tratamiento del caso ya había comenzado. Al cabo de varias entrevistas Abdul aceptó tener encuentros con su padre, a pesar de su miedo y de las pocas esperanzas que tenía de que este cambiara. Sólo pedía que no lo dejáramos con él a solas, que su terapeuta lo acompañara en la sesión. Para poder hacerlo necesitábamos una autorización del juzgado, quien concedió una interrupción parcial de la orden de alejamiento, a efectos de realizar sesiones de tratamiento familiar.

La relación con el juzgado merece también otro comentario. En cualquier caso judicializado es frecuente y sobretodo deseable que haya una relación. El juez nos pide informes sobre el estado del niño y la evolución de sus adultos, a nosotros nos conviene saber las incidencias procesales o las fechas de vistas o juicios, con frecuencia somos citados para dar nuestro parecer, etc.  En este caso además había otros ingredientes que afectaban a la situación del hermano mayor.

Nuestro trabajo no  consiste sólo  en comprender qué ha pasado en una familia, concretamente cuales son los  conflictos pendientes que  han llevado a la comisión de un maltrato como gravosa expresión  de los mismos sino también en proponer a la administración una medida protectora para el futuro inmediato de los niños. De hecho esta segunda parte estaba prácticamente resuelta. Unos tios maternos ya se habían ofrecido para acogerlos y después de la correspondiente valoración aceptamos su propuesta. Lo que aún no teníamos era la comprensión de lo ocurrido y en especial el significado específico del castigo físico.

Sigamos con el relato del reencuentro entre hijos y padres. El comienzo fue ambivalente. El padre  tímidamente intenta acariciarle la cabeza y el hijo deja hacer, evitando su  mirada y manteniéndose cerca de algún profesional. El padre le hace preguntas y el niño responde con evasivas. Señalamos esto y el  padre despacio, con mucha dificultad, busca otras maneras de hablar con su hijo. La mujer intervenía más relajada y sonriente con Abdul pero ya no sabía que más hacer para que su hijita le hiciera caso. La niña parecía no recordar que esta mujer era su madre, posiblemente estaba confusa. Ni madre ni hija encontraban la manera de retomar una interacción placentera, los meses de separación habían hecho destrozos en la vinculación. Vemos aquí un efecto indeseado de la aplicación del principio general  de retirar  todos los hijos aunque el maltratado sólo sea uno de ellos. Volveré sobre este punto en breve.

Después de este primer encuentro establecimos dos líneas separadas de futuras ocasiones. Por un lado sesiones semanalmente   entre el padre y el hijo, con algún terapeuta presente que diera protección al niño y ayudara a todos a reconstruir un diálogo que nunca habían tenido.  Por el otro encuentros madre  e hija, varios por semana,  con motivos diversos, como comer juntas, jugar, que la madre la bañara y vistiera, con ayuda profesional para reparar una relación que en este caso sí que había existido.
En la familia, o mejor dicho en  las familias, ocurrían más cosas. Por el hermano mayor nos enteramos que el padre había reconocido haber pegado a  su hijo por lo cual había pedido formalmente perdón a toda la familia extensa, no solo a los residentes en Cataluña sino también a los del país de origen.  Pero lo que reconocía ante su familia no es lo que nos presentaba a nosotros ni ante el juez. El hermano mayor había sido mientras tanto  denunciado como autor de presuntos abusos sexuales a una niña de tres años, denuncia interpuesta por el padre de la misma.  Esta denuncia podía ser una maniobra de desacreditación del muchacho como el denunciante de los maltratos, pero de todos modos nos vimos obligados a modificar el régimen de visitas a sus hermanos, controlándolo más activamente. Al cabo de un tiempo nos informan desde el juzgado de que esta causa había sido sobreseida, y la denuncia descartada por los servicios especializados en valoración de abusos. También confirmamos nuestra sospecha inicial al enterarnos de que el denunciante era otro integrante del conglomerado familiar, aparentemente un primo del padre. Una vez más este muchacho era acusado de algo que no había cometido. Su padre había intentado antes hacerlo pasar por culpable en su lugar,  ahora era acusado en falso para desacreditarlo como  testigo.  Más allá de establecer  su inocencia en ambos casos, lamentablemente no pudimos seguir esta pista en la trama familiar, pero la pauta parece nítida, el hijo debía ser  sacrificado  para salvar al padre.

La crisis también había aparecido en el matrimonio del padre de Abdul. La madre de la niñita, muy resentida contra su marido al haber perdido a  su hija se quería divorciar.  Su situación  había cambiado durante el proceso diagnóstico. Al comienzo se adhería sin fisuras a las palabras de su marido acusando al hijo mayor,  ahora la duda se había  infiltrado en su pensamiento. Al señalarle que ella también está imputada de maltratos se muestra muy tranquila. Manifiesta muy categóricamente que ella no le hizo nada a Abdul, y que nunca vio las lesiones que tenía el niño. Entre enfadada y dolida por la insinuación insiste en que si hubiera visto o sospechado algo tan brutal como esto nunca lo hubiera  permitido.

Al principio nos había parecido   increíble que nunca hubiera visto semejantes heridas.  Con el tiempo ya no estábamos tan seguros. Observamos una marcada distancia corporal entre los sexos. Respecto del tema de cómo orinan los hombres ella afirma que nunca ha visto orinar a uno. Cierto o falso, no parece que haya entre ellos demasiada costumbre de mirarse los cuerpos con naturalidad. Cuando dice que ella nunca vio las heridas en el cuerpo de Abdul, quizás esté diciendo la verdad.

Desde el principio  la madre sufría mucho por estar separada de su hija. Más adelante, en una entrevista que nos pide a solas (aclarando que había informado a su hombre) nos dice que desde la retirada de los niños siente  un progresivo rechazo a  su  marido, que ya no se considera su pareja y que tiene intenciones de divorciarse y aspira a poder recuperar su hija. Se encuentra muy sola porque toda la familia le volverá la espalda. Divorciarse es considerado muy grave entre los suyos y tiene mucho miedo. Cuenta con el apoyo moral, a distancia, de sus padres y hermano pero tendrá toda la oposición de la familia de su marido, e incluso de su hermana y de sus amigas, que la criticarán duramente. Sus costumbres permiten  el divorcio, pero tiene que haber un motivo aceptable para toda la familia. Si todos se oponen  todos no se pueden equivocar, nos dice incluso el tio que acogerá a Abdul, el más flexible y el único que ha podido comprender el sufrimiento del niño y hablar con él de manera personal sobre el maltrato recibido.

Con el incremento del diálogo entre ellos y la mejor aceptación del niño de  los tímidos mimos del padre, éste  comenzó a pedir perdón a su hijo. Lo hizo por etapas, con frases confusas, llenas de lapsus linguae evidentemente presa de contradicciones entre lo que sentía y lo que le convenía decir delante nuestro. Le promete que lo cuidará para que nunca le vuelva a pasar, y si de todos modos algo le ocurriera entonces ya no merecería volver a ver  a su hijo. Finalmente  acaba aludiendo, más bien mascullando una mención a  “aquello que le hizo”.

Con esto volvemos a Abdul, quien  se sorprende mucho al ver emocionarse a su padre hablando de su separación y disfruta con los recuerdos que el padre tiene de cuando él era pequeño, antes de los cuatro años.  Se muestra confundido y dice que no sabe si creer en su arrepentimiento, no  sabe si aceptar las disculpas y perdonarlo, manifestaciones hechas sin ningún espíritu de revancha, e incluso conectando con el sufrimiento  del padre. Esta duda es un buen indicador del actual equilibrio emocional del niño, ni se esfuerza para complacer ni pretende reescribir  los hechos, sólo informa que no sabe que hacer y que continúa reflexionando. No presenta signos de angustia, en todo caso sólo miedos muy realistas, ni vivencia de trauma  ni de culpabilidad, ni tampoco de idealización  retrospectiva del padre. Abdul en este momento fluctua entre dos culturas, y el tiempo de separación quizás lo haya  alejado más de la pregnancia religiosa de la familia. O quizás al volver también retome  los valores tradicionales de su gente. En cualquier caso, es un niño con buenas capacidades para protegerse y de negociar su lugar dentro de una dinámica familiar extremadamente exigente.

En una entrevista individual le dice a su terapeuta que a veces piensa  en que le gustaría volver a vivir con su padre. Lejos ha quedado su impulso inicial, cuando llegó a pedir que lo enviáramos a un centro de larga residencia por miedo a verlo. La  evolución del niño hasta su actual estado de calma se puede comprobar en las pruebas cognitivas. La pasación del test de inteligencia no verbal TONI 2, muy adecuada con niños extranjeros o de escasa escolarización, que a poco de ingresar lo ubicaba en el PC 29 de su grupo de edad,  lo coloca ahora en el PC 89, mucho más realista y creible para los que hablamos con él.

En los encuentros con su madre la hermanita  había  empezado a florecer visiblemente. Si bien en cada visita y durante un rato la niña la rechaza, entre jugando y en serio, la conexión entre ambas progresaba rápidamente, y nosotros ya no veíamos ningún inconveniente en que pudiera retornar con ella, o con ambos padres si continuaran juntos.

Como tratamiento en verdad no era muy difícil, hemos visto otros en los que los conflictos son más numerosos y mucho más complicados. La historia ha acabado bastante bien, aunque con  con una lamentable e indeseada consecuencia para la hermanita. Abdul  será temporalmente acogido por sus tios, y el padre y su compañera continúan a la espera del juicio por las agresiones infligidas a Abdul.  Respecto de la niñita aunque será retornada directamente a sus padres el daño realizado en su relación con la madre  necesitará mucho más tiempo para su reparación (especialmente si consideramos una nueva circunstancia que ya mencionaremos) y en  realidad era un mal  innecesario.

El acogimiento del niño por estos tíos representa la mejor solución posible, Abdul es de su de su familia,  no hay ninguna duda, y no hay razón para alejarlo. Los tíos  estaban dispuestos a creer en las manifestaciones del niño y así lo hicieron en la sesión devolutiva a la familia, reconociéndolo como  víctima de maltratos y comprometiéndose a velar por el cumplimiento de la orden de alejamiento, que seguirá vigente entre el padre y Abdul. Nuestra propuesta incluye el requisito de que más allá del resultado del juicio los encuentros entre ambos se lleven a cabo en un servicio especializado, con presencia de profesionales, al estilo de las sesiones ya realizadas en nuestro centro. Hace falta bastante tiempo y bastantes diálogos protegidos entre ambos para que el niño supere sus temores y la violencia del padre deje sitio a otros métodos de transmitir sus valores.

Nos quedaba el enigma de la manera de orinar, que tan graves e indelebles consecuencias tuvo para Abdul. Como ocurre siempre una vez hallada, la clave del misterio era de una sencillez estremecedora. Nos la dio el tio acogedor de los niños en una distendida y extensa conversación,  que tuvo lugar en su propia casa,  sobre las diferentes costumbres de nuestros pueblos en las acciones más elementales de la vida cotidiana. Hablando de los hábitos  higiénicos nos dijo que los hombres musulmanes orinan preferentemente sentados, para evitar el riesgo de ensuciarse las vestiduras con gotas de orin, puesto que en este caso tendrían que cambiarse antes de la siguiente oración. Rezan varias veces al día y está prohibido  hacerlo con los vestidos sucios de restos corporales. La acusación de escasa religiosidad proferida por el padre contra el hijo incluía entonces también la prohibición de orinar de pié y las marcas en  los muslos representaban el castigo y el memento del acto impuro  que debía evitar. Dicho en clave cristiana, y quizás de manera abusiva, el padre quiere evitar que su hijo comprometa su alma haciéndose culpable de sacrilegio. No resisto la tentación de recordar aquello de que el camino del infierno está tapizado de buenas intenciones.

Como comentario final quiero recordar que presentaba este relato como un ejemplo de terapia en contexto de coerción. Un contexto tan coercitivo como un centro de acogida para niños cuyos padres han perdido su  tutela y les han sido retirados por la administración no impide que se activen procesos de cambio importantes en las familias, pero existen diferencias claras en cuanto a la las estrategias y las tácticas, según el posicionamiento inicial de la familia.

La familia nuclear y sobretodo la extensa estaba firmemente motivada hacia la recuperación de los niños y la recuperación de la continuidad familiar. No hay coerción que haga posible terapia alguna sin esta motivación, la de reconstruir el tejido que la extracción de los niños ha dañado en la familia. Si pudimos hacer nuestro trabajo como terapeutas fue en primer lugar gracias a esta fuerza de la familia (nuclear y extensa) sobre la que pudimos actuar. Sin acción no hay coacción, el tratamiento en contexto coercitivo es una suave pero firme contraviolencia que se aplica a la violencia del maltrato , para redireccionar su energía en un sentido reconstructivo del lugar de los niños en la trama familiar, o de la separación lo menos traumática posible  cuando no pueden retornar a la familia o no hay familia donde retornar.

Este caso es especialmente ilustrativo de esto, porque para ellos sólo se trataba de un problema de cantidad. El padre se había excedido sin duda, pero su intención era aceptable,  y en  ningún momento perdió el respeto de sus familiares. Incluso la ausencia de reacción traumática en el hijo nos informa que con el tiempo podrá perdonarlo. Con su reacción todos daban a entender que aún lamentando la brutalidad del castigo comprendían sus razones. No hace mucho que esto podría haber ocurrido entre cristianos, si es que no ocurre todavía en alguna parte, y la Biblia abunda en  sacrificios  del hijo.

El hijo denunciante debía cargar con la culpa del padre. Abraham debía sacrificar a su hijo Isaac para demostrar su obediencia a Jehová  y  Abdul debía ser marcado, quizás para salvar su alma, pero sobretodo para demostrar el fervor del padre en la transmisión de la fé en un hijo al que había abandonado durante años. El fervor religioso es el mismo en todas las religiones monoteístas. Un verdadero creyente no cree en una religión. Ni la suya es una religión entre otras, ni su creencia es una creencia, sino la realidad revelada y absoluta. El tío que nos explicó  el significado de la forma de orinar es el personaje más cercano a nuestra forma  más europea de pensar y  quizás se haya arrepentido de sus palabras así como de haberse dejado llevar a hablar de costumbres.
La novedad que emerge durante el tratamiento  es el conflicto entre la pareja y  esto si que es obra de la intervención institucional, aunque quizás las raíces del mismo  ya existían puesto que la mujer es más flexible y ha adoptado con mayor entusiasmo las costumbres europeas que su marido, quien ya ha mencionado su deseo de retornar al país de origen cuando recupere la tutela de sus hijos. Quizás al asentar tan ferozmente su poder sobre Abdul el padre también  le estaba enviando un mensaje a su mujer, pero esto no es más que una hipótesis. De hecho la mujer del padre ni  hablaba  de religión ni discutía la poligamia, sólo se enfadó  cuando sintió que había perdido a su hija por haber apoyado a su marido. Sentía una pena por Abdul que nadie más expresaba y comenzó a ver un padre brutal donde antes sólo veía un padre.

La consecuencia indeseada es la que recae sobre la hermanita menor. No había sido maltratada por nadie y finalmente lo ha sido por el sistema de protección al separarla tanto tiempo de su madre introduciendo así una grieta en su vinculación primaria.  Además, cuando vuelva a su casa  tampoco podrá disponer de su madre en exclusiva y encontrará que debe compartirla, puesto que un  nuevo embarazo de los padres ha resuelto (en el mejor estilo de la huída hacia adelante) tanto  el conflicto entre la pareja como  los temores de su madre a la hora de divorciarse de  su marido y en el fondo la pérdida de los dos hijos por la intevención protectora.

Esto ocurre lamentablemente con demasiada frecuencia. Las retiradas protectoras  de niños maltratados muchas veces resultan en nuevos hijos de los padres. Nos quitan uno, tendremos más. Respuesta desafiante, doloroso vacío que es necesario llenar con urgencia, las hipótesis son varias pero también hemos de reconocer que las instituciones somos parcialmente cómplices, sea por la aplicación demasiado rígida del principio de retirar a todos los hijos, sea por  pretender hacer de todos un caso único o sea sencillamente por tardar demasiado tiempo en realizar nuestro trabajo. Todas estas alternativas tienen su explicación, por supuesto, pero no nos eximen de la necesaria y correspondiente autocrítica. Reservo para próximas ocasiones el comentario de  la primera y la tercera  de estas alternativas (la retirada de todos y el caso único),  que necesitan  un desarrollo más detallado y extenso. Sobre los tiempos y las demoras  de los procesos de las  instituciones, este es un mal general demasiadas veces comentado pero cuya  solución parece imposible.

Agotamiento emocional, despersonalización y falta de realización personal en el trabajo han sido desde su origen conceptual los tres ejes de la descripción del burnout. El profesional de sanidad, educación o servicios sociales llega a sentir que no le queda más afecto ni energía, se descubre incurriendo cada vez más a menudo en actitudes y comentarios cínicos respecto de los usuarios,  sus tareas ya no proporcionan ningún placer y  sus responsabilidades  ya no son un desafío profesional. Al volver a casa después del trabajo sólo aspira a entrar en coma ante la  tele. Y esto no es ninguna caricatura.

La magia  se ha acabado, el trabajo ya no divierte,  la ilusión por mejorar las cosas y aprender ha desaparecido,  los usuarios le parecen cada vez peores personas que se merecen todo lo que les  ocurre. Y encima se siente culpable y avergonzado, por tener estos pensamientos hacia los que antes consideraba enfermos o víctimas,  por intentar que no le asignen este caso que acaba de entrar, disimula ante sus compañeros  y  para consolarse se compara con Donald Sutherland o Elliot Gould en M.A.S.H  o  lamenta no haber escrito La Casa de Dios antes que Samuel Shem.

Más que un estado final,  se considera que el burnout es un proceso de adaptación a una situación de estrés  laboral crónico, en el que el profesional se quema  para poder seguir trabajando, sea porque no soporta la idea de haber perdido sus ideales o porque sencillamente no puede dejarlo. Se queman los que tienen vergüenza.   Propiamente hablando, quemarse en el trabajo es el polo opuesto  a la simulación del daño laboral  a la que recurre el  pillo para conseguir o prolongar una baja, cosa que por cierto es un juego extremadamente peligroso,  la mente tiende a hacer realidad nuestras mentiras,  a más de uno la enfermedad real le vino a recordar su dignidad perdida.

Con la única diferencia de donde ponen los acentos, los modelos descriptivos y explicativos del burnout incluyen los factores provenientes de la organización, de la relación con el usuario, de la relación dentro de los equipos y finalmente la psicología del trabajador. Los motivos de tensión pueden provenir de cualquier parte, pero donde aparecerán será en el profesional. La variable principal siempre seré yo ante mí mismo. Cualquier profesional de infancia identificará inmediatamente algunos de estos factores de tensión en su contexto de trabajo, pero ahora me interesa pasar de este plano general a comentar un factor específico de generación de burnout entre los que trabajamos en infancia en riesgo.

Me refiero a la credulidad o incredulidad por defecto.

Cuando trabajamos con  familias a las que entrevistamos para valorar las posibilidades de que recuperen sus hijos tutelados más de una vez nos sentimos compelidos a creer que pueden cambiar. Necesitamos ver señales de modificación de sus tensiones, de suavización o incluso de negociación y solución de sus conflictos. Habíamos descubierto el juego relacional maltratante, lo exploramos, introdujimos la crisis en la dinámica familiar, y han respondido a nuestros señalamientos y provocaciones cambiando sus actitudes y comportamiento.  Claro que quizás no sea  suficiente o que tampoco  estos cambios se mantengan en el tiempo, pero se mueven. También puede ocurrir que todo esto nos parezca  un evidente  paripé para seducirnos, con el objetivo de que propongamos que se les devuelvan los hijos, pero incluso así nos hacemos martingalas mentales para justificar su astucia, peor sería que no la tuvieran, y aunque nos rechinen los oídos al escuchar en su boca aquellas palabras que no hace ni minutos que les hemos dicho nosotros, también admiramos esta flexibilidad, si pueden  ser tan plásticos quizás sea esta la prueba de que pueden cambiar de verdad. O sea que acabamos (¿o habíamos comenzado?) por la posibilidad de que ya no volverán a maltratar al hijo, y como de todos modos sus casos seguirán tutelados y en seguimiento por el equipo de territorio… bien, confiemos en que al final no se nos quede una cara de tonto.

En el polo opuesto, después de haber recibido varios tortazos y según quien sin haber recibido ninguno,  podemos tomar la actitud opuesta y cultivar una reconcentrada incredulidad. Como decía una colega “los padres biológicos no cambian”, así que mejor ni entrar en métodos de comprobación de  la veracidad de  los  cambios, mantengamos la distancia y no nos dejemos caer en la tentación de ninguna soberbia terapéutica. Si han tenido que  maltratar un hijo para solucionar sus triangulaciones malignas no pueden cambiar de verdad. Si cambian seguro que es mentira, y si era verdad sólo lo veremos dentro de mucho, mucho tiempo. Los que adoptan por defecto esta posición confian  en que al final no se les quede una cara de vinagre.

Claro está que he dibujado dos caricaturas extremas, nadie  es del todo así. Además, afortunadamente existe una buena cantidad de casos que no nos plantean esta encrucijada. Hay funcionamientos familiares  tan crónicamente  perversos o  negligentes,  que nadie se plantea  ambiciosos cambios en su estructura o nuevos relatos de la historia familiar, buscaremos un futuro mejor para el niño y basta.  También hay familias que ya estaban en crisis, de pareja o con las familias de origen, en las que descuidar o maltratar un hijo  ha constituido  un lamentable efecto lateral. Acompañaremos con algunas  entrevistas una separación  entre los padres que ya estaba prácticamente decidida y nos preocuparemos de que lleguen a un acuerdo sobre la guarda del hijo,  o  de regulación de visitas y contacto con los abuelos que sea bueno para los niños.

En el medio queda casi todo, y es en este universo de casos dudosos en los que algunos tenderán a fiarse de su ojo u olfato clínico sobre dinámicas familiares y padres infelices y otros preferirán no ver y mucho menos oler el pegajoso hedor de la angustia. Unos correrán el riesgo de sentirse tontos  y los otros avinagrados.

Creer es no saber, esto ya lo sabíamos, como también sabemos  que hay una gran cantidad de movimientos subterráneos en estas familias  en las que aquello que  ignoramos es mucho mayor que lo que constatamos. Podemos sostener la ignorancia como una etapa del conocimiento, tan digna como las otras o podemos resolverla mediante una creencia. Lo que también podemos  es formular una hipótesis, lo que está muy bien mientras no  olvidemos que sólo es eso, una hipótesis,  dado que invariablemente dicho olvido la convierte en un dogma.

Preguntado por sus inclinaciones, cualquier profesional afirmará taxativamente que prefiere  sostener la ignorancia en su dignidad y  formular una hipótesis que oriente la observación antes que enrocarse en una creencia,  pero no es esto lo que suele ocurrir, ni mucho menos.  El sistema de protección de la infancia en riesgo es preventivamente cautelar. Ante la detección de un maltrato, su propia naturaleza  le hará reaccionar como si la reiteración del mismo  fuera un riesgo probado,  no sólo una suposición a  demostrar antes de tomar alguna decisión.  Y esto tiene su razón de ser, evidente para los que trabajan en este campo, más vale actuar por las dudas que tener que lamentar después  los daños que pueda sufrir un niño. Nos desenvolvemos en atmósferas plenas de secretos, donde lo que está oculto es porque alguien lo oculta.

De aquí que comprendamos  perfectamente al refugio en la incredulidad, actitud que cultivaremos para protegernos del posible engaño. ¿Cuál es  el riesgo de esta estrategia? Claramente el de endurecernos, perder sensibilidad, convertirnos en aplicadores mecánicos de un  manual que siempre será incompleto puesto que no describe electrodomésticos:  sin  reconocimiento explícito, verbal, de la responsabilidad por el daño ni empatía con el dolor sufrido por el hijo no puede haber un pronóstico positivo de recuperarlo, sin sometimiento a terapia individual o de pareja no creeremos nunca en una mejora de las circunstancia familiares, y así sucesivamente. El riesgo finalmente es el de llegar a considerarnos por encima del bien y del mal, juzgando personas como no lo haría ni Dios y poniéndoles condiciones, es decir planes de mejora, que ninguna familia podría cumplir y que si cumplieran  demasiado bien nos induciría la sospecha atroz de que nos han vuelto a engañar.

También comprenderemos al que peca de credulidad, al que siente que para poder trabajar con estas familias necesita confiar en que algunas cosas  pueden cambiar. No me refiero al ingenuo devoto de la empatía, al que intenta colocarse en la camisa del otro, empresa imposible y que de serlo sólo habría conseguido dejarlo sin camisa. Me refiero al que  “se vuelve de la familia”,  al  que descubre y señala  conflictos como si hubiera estado de viaje y retorna para descubrir que en su ausencia han pasado cosas sorprendentes  en la que continua siendo su familia. Al que hecha cordialmente un poco de sal en todas las heridas y mantiene al mismo tiempo un sentido del humor  que aunque pueda resultar algo cruel  logra que todos los adultos del niño se vean en  perspectiva  dentro del juego al que han estado jugando. Evidentemente, l riesgo que corre es el de quedar atrapado, no tanto en la empatía sino en la simpatía y la fascinación,  aún dentro del horror y del crimen. Como a todos los que se sumergen en territorios misteriosos,  cuando se le acostumbre  la vista puede llegar a considerar normales fenómenos espantosos.

Todos habremos incurrido en ambas posiciones,  más en una que en otra, según nuestras tendencias  y estaremos de acuerdo en que el mal no yace en sentirnos a veces crédulos y otras  infelices sino en que nuestro rostro se esté volviéndo rígidamente  tonto o avinagrado.

El error del género

Posted by: guillermo in General No Comments »

Ya sabemos que con  las mejores intenciones se pueden cometer muchos errores. Quiero  comentar uno que tiene lugar en el  campo  especialmente doloroso de la lucha por la igualdad entre los hombres y las mujeres:   me refiero a la  distinción entre “sexo” y “género”.

El sexo sería biológico y el género social, el sexo describe las diferencias anatómicas y fisiológicas y el género describe las diferencias y desigualdades de roles entre hombres y mujeres a favor de los primeros en orden al sistema patriarcal  predominante en la historia y reflejado en los patrones socioeconómicos, culturales y religiosos de las diversas sociedades.

Los que prefieren hablar del género evidentemente pretenden (y también lo dicen) trascender lo biológico en dirección a lo social, denunciando los atropellos que los hombres han cometido sobre las mujeres y denunciando la justificación tradicional de los mismos en una diferencia biológicamente natural a favor de los hombres. En resumen, la naturaleza quizás era igualitaria pero  ha sido la sociedad falocrática y  machista la que ha promovido la injusticia entre hombres y mujeres.

Dejemos por ahora cuestión de la naturaleza, cualquier naturalista nos abrumaría con tales ejemplos de crueldad entre los animales que  nos encogerían el corazón y nos alegraríamos de que  no hayan podido descubrir las armas. Volviendo a nuestra especie humana yo estoy totalmente de acuerdo con que la historia de la sociedad, en todas sus civilizaciones demuestra  que los hombres han abusado de su superioridad muscular y corporativa para someter a las mujeres siempre que han podido, individual y colectivamente. Ni un instante de discusión sobre todos los asesinatos, atropellos, violaciones, injusticias y abusos cometidos, lo que discuto es si en la lucha hacia la igualdad ganamos algo substituyendo la palabra sexo por la de género.

Quiero desarrollar tres razones, de menor a mayor.

En primer lugar  el término “sexo” no hay que explicárselo a nadie, en cambio el de “género” nos lleva un rato con un lego y puede insumir varias horas con un experto, puesto que tiene múltiples dimensiones taxonómicas. Lingüísticamente, género solo significa una  clase de cosas, diferente de otra clase de cosas (animado,  inanimado, comible, incomible, amigo, extraño, etc).  Hay lenguas con muchos  géneros, hasta 16 que yo sepa (siendo masculino y femenino sólo un caso entre otros) y en cambio la mayoría (según expertos el 85%) carecen del marcador de sexo (masculino o femenino), carencia que no les impide contar  tantos casos como las otras de violencia machista entre sus hablantes.

Subiendo de nivel, la pretensión de separar de manera tajante entre lo biológico y lo social es un sinsentido científico y de hecho acaba  sin quererlo apoyando a los canallas que encuentran en la testosterona una pretendida excusa biológica para la violencia machista, indomable por cualquier sociedad, mucho menos la que tenemos. Tal diferencia es completamente forzada y en el fondo falsa. La posición “de afuera  hacia adentro” (todo sociedad) es tan talibánica   como su contraria “de adentro hacia afuera” (todo genes) y ambas ignoran la existencia de la mente, producto de milenios de interacción entre genético  y social pero  con una dimensión e influencia propias. La evolución  (es decir el éxito adaptativo azaroso) hizo que  desde el segundo chimpancé que comenzó el camino hacia la humanización la teoría de la tábula rasa sólo fuera un mito narcisista, como el del  adolescente que no quiere deber nada a sus antecesores. Desde el primer chimpancé en realidad.

Para desarrollar mi tercer  argumento quiero comenzar diciendo que los fundadores de la “perspectiva de género”  deben haber tenido muy mala opinión del sexo.  Parece que  pensaran que sexo sólo quería decir eso, eso en que los hombres piensan casi todo el tiempo, es verdad. Pero así pecaban de lo mismo que piensan los  más  dogmáticos machistas. Puede que la palabra sexo no les gustara pero relegando el sexo a la pura biología y colocando todo lo demás (cómo, con quién, para qué, los afectos y la relación) dentro de lo que proporciona lo social no hicieron más que complicar las cosas e ignorar que teníamos ya definiciones mucho mejores del sexo.

Freud, cuya obra  dividió al movimiento feminista entre los que sólo veían otro machista  insultando a las mujeres y  aquel psicólogo de las profundidades que al descifrar el mecanismo del falocentrismo abría justamente  las puertas de su  superación, ya había propuesto una definición que  incluía al sexo y al género, dándonos además a los clínicos los conceptos operacionales que permitían no sólo su  desarme conceptual sino también la manera de aliviar a los que pagaban  el precio neurótico de  sus conflictos.

Dicha definición incluía a) el cuerpo, b) la identificación predominante y c) la elección de objeto sexual. No me extenderé ahora en cada una, pero baste decir que para Freud era tan difícil describir el proceso (¡proceso!) psicosexual por el que una persona había llegado a la homosexualidad como  el de quien  había llegado a la  heterosexualidad. Literal, ni destinos genéticos exclusivos, ni madres amantísimamente opresoras ni padres de la horda, un camino con varios mapas y en el que pesaban tanto la biología, como los modelos identificatorios como las ofertas del contexto social.   Pero no le cambió de nombre, no necesitaba hacerlo, bastante trabajo tenía con intentar ampliar el concepto tan restringido que tenían  sus contemporáneos sobre el sexo, teniendo que soportar en cambio el epíteto de pansexualismo, cuando justamente estaba bregando para que el misterio del sexo dejara de ser solamente eso.

En resumen, pienso que los que pretendemos un mundo más igualitario entre hombres y mujeres hemos perdido mucho más de lo que hemos ganado con el cambio. Hemos ganado, eso sí,  una buena cantidad de investigaciones sobre las desigualdades inspiradas por la perspectiva de género,  muy ilustrativas y que alientan los esfuerzos por  la nivelación de derechos, pero hemos perdido la mejor bandera que podía guiarnos, la que todos entendemos fácilmente. Hagan la prueba de decir “violencia machista” y comparen los efectos que se obtienen cuando decimos  “violencia de género”, no sólo suena difícil sino también pudorosamente eufemístico.  De todos modos veo que en las noticias por  prensa y televisión se oye con frecuencia lo de violencia machista en lugar  de violencia de género cada vez que desgraciadamente aparece otro caso de asesinato de una mujer a manos de su compañero o ex, y  aplaudo a los responsables de esta decisión.

En esta lucha los hombres tenemos una buena parte del trabajo y no es hablando de género como nos vamos a sentir representados. Y debemos estarlo, porque la violencia física es típicamente masculina, masculina de macho herido en su narciso.  Como terapeuta en un centro de niños maltratados he tratado un buen puñado de casos de violencia machista, de la cual los hijos habían sido desdichados testigos. He hablado extensamente con unos cuantos hombres que habían golpeado a sus mujeres, en las que veían objetos sexuales  tentadores inspirados por el demonio, pero sin las cuales sus endebles masculinidades se caían a pedazos y a las que atacaban a desprecios y golpes intentando dominar el terror de macho que teme no serlo.

Esta ansiedad neurótica, típicamente masculina tiene sus raíces sociales por supuesto, y biológicas seguramente también (con edípicas ya lo decimos todo), pero no es necesaria una nueva palabra para hablar de lo que todos entienden tan bien.

La palabra género, aplicada restrictivamente como hemos visto a la distinción masculino-femenino comenzó alrededor de los años 50 y alcanzó su apogeo internacional en la Declaración de Pekín  de 1995. Su  objetivo político es evidente y  justo: progresar en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Pero ¿cuál es el fundamento argumental de la substitución? ¿Sostener que la sociedad hizo mal lo que en la naturaleza estaba bien o en todo caso indiferente?  ¿Qué la historia de la sociedad, hecha por los hombres sojuzgó a las mujeres desde siempre y siempre que pudo? Predominar el género (sólo social) sobre el  sexo (sólo biológico) podría resultar muy políticamente esperanzador sólo si estuviéramos poseídos por la fantasía paranoica de que lo genético es incorregible y  para eso claro,  mejor apuntarse a la innata tábula rasa y aspirar a que la educación lo mejore todo, pero en primer lugar la disyuntiva es falsa y además ya sabemos que lo genético no es determinante, y que más allá de lo que quieran los genes los seres humanos tenemos un aparato interior (no uno, varios y casi siempre en desacuerdo) al que llamamos mente,  programado por la evolución para elegir a veces la paz y a veces la guerra, que no siempre se acierta  cuando se puede escoger, y desde luego tan capacitado para el  odio como para el  amor.

Este divertimento nació  de los  cordiales y acalorados debates que mantuvimos en  un grupo sobre teoría de la técnica psicoanalítica en el que participamos Pilar Gómez, Laura Kait, Augusto Corte, Mario Polanuer y yo. A todos ellos mi agradecimiento  por haberme provocado a escribir uno de los textos que he escrito con más  alegría.

CR y RTN

Continúan las andanzas y desventuras de Compulsa Repeticia y Reactiva Tránsito Negatívez. De como se vieron envueltas en un debate sobre su naturaleza en el que a pesar suyo se percataron de que su honra estaba mejor guardada si aceptaban ser consideradas como defensoras de su virtud y no solo como resistencias al psicoanálisis


En esas estaban por esos caminos de Dios, perseguidas por el noble propósito de satisfacer las exigencias de su espíritu sufriente cuando al llegar una noche a la posada de X, en el pueblo de Y, al ser reconocidas por un viajero que estaba despachando aplicadamente un estofado de cordero, se vieron increpadas de la siguiente manera:

“Helas aquí, siempre dando vueltas en círculo y merodeando al acecho, atenazando las consciencias de los pobres mortales que sólo aspiran a su felicidad mediante el difícil método de ser fieles a sus corazones y mantener calientes sus estómagos.  Vosotras no les dejáis un momento de reposo y cuando suponen haber sufrido ya lo suficiente aparecéis pretendiendo que nunca olviden que la vida es una rueda que se rompe siempre contra la misma roca y cuando ya creen haber expiado con sobradas creces sus pecados les hacéis ver que hay aún una culpa mayor que jamás se salda completamente, porque a pesar de no haber pedido venir a este mundo son deudores de la vida que les ha sido concedida y que por lo tanto no se merecen tampoco el perdón por sus pasiones. Vosotras sois las eternas aguafiestas que hacéis que toda empresa parezca inútil, os complacéis en lacerar la carne y el espíritu del pobre mortal y en un acto de suprema ironía pretendéis que vuestra nefasta empresa constituye el máximo goce al que podemos pretender los humanos…”

Luego de tan larga parrafada nuestro contertulio aprovechó la pausa necesaria a su respiración para zamparse un enorme trozo de cordero, al que paladeó esmeradamente. Se enjuagó luego la boca con un gran sorbo de vino y miró fijamente a los ojos de nuestras heroínas esperando su respuesta.

Compulsa y Reactiva sin mirarse contestaron a coro: “¡Ay infeliz! ¡Miserable que desconoces tu propia naturaleza! En tu enorme ignorancia ignoras nuestros ancestros, que son de un abolengo mil veces superior a este trozo de carne que llamas pomposamente tu corazón, sin saber que serle fiel como dices no es otra cosa que darle crédito a sus espejismos. Y no hablemos de esa otra víscera que has mencionado y de la que por pudor no repetiremos su nombre. Mantenerla caliente es el supremo acto de cobardía que te lleva a preferir la supervivencia antes que el cumplimiento glorioso de tu destino aciago! En cambio nosotras descendemos orgullosamente de la pulsión de muerte y del goce, tal como fue predicado por nuestros descubridores, los grandes Segismundo Freud y Santiago Lacan y de la Cosa, intuida antes por el filósofo Manuel Kant.  Representamos lo más básico y esencial que puede tener el ser humano y por supuesto nuestra trascendencia en la vida de un sujeto barrado es mucho mejor y de mucha mayor gloria que la de tus modestas vísceras. En vez de resistirte a nuestra presencia harías mucho mejor en reconocerla en ti mismo y aceptar el destino que te imponemos, infeliz que no quieres saber que sólo aceptándonos podrás tener uno.

Callaron muy satisfechas de su oratoria, momento que aprovechó su interlocutor para espetarles:

“Resistirme yo a vosotras? Bien quisiera yo poder hacerlo, pero decidme, porqué he de aceptaros buenamente, si sois vosotras las que siempre que tenéis ocasión estáis resistiéndoos al difícil proceso de mi psicoanálisis, impidiendo que pueda extraer de él todo el provecho que para mi vida desearía”

“Está en nuestra naturaleza” replicó Compulsa, mientras Reactiva hacía señas de asentimiento. Como dice el antiguo dicho tú eres el único animal que tropieza siempre con la misma piedra, y ya que demuestras algún interés en mí he de decirte que esa piedra contra la que te estrellas no es ni más ni menos que la opacidad de la Cosa, la energía negativa de la muerte, a la que ni tú ni nadie puede dar nombre. Esta es la razón de que te salga siempre al encuentro donde menos te la esperas, porque careces del significante que la nombre acabadamente. Si pudieras nombrarla podrías hacerla participar en los míseros circunloquios con los que te entretienes y con los que seguramente intentas engañar a tu analista mediante ese trampantojo que él tiene la gentileza de llamar transferencia.”

“Por mi parte (interrumpió Reactiva, algo celosa de la prosa de su compañera) yo estoy en ti para recordarte que a pesar de los esfuerzos, dicho con todo respeto, que haces para liberarte de tus males, no eres digno de la curación a la que inocentemente aspiras. Ya lo dijo el inimitable Freud, haciéndose eco de una honrosa tradición: hay una culpa anterior a toda cultura y que es en verdad la condición de que ésta sea posible. Generosamente Freud la llamó al principio con el nombre de trauma, pero es en verdad expresión de la radical pulsión de muerte, y esto significa que aunque tú puedas sentirla en ocasiones como una culpa de la que eres inocente, tu irreprimible necesidad de castigo debería informarte que se trata de un goce masoquista arcaico al que te aferras desesperadamente para aliviar tu culpa de existir. Y no pretendas hacerte el inocente alegando que no eres el padre de ti mismo, puesto que incluso para deleitarte con esa pierna de cordero de la manera en que lo haces has debido matar a tu propio padre, que es a quien en tu ignorancia te estás comiendo”.

Calló orondamente mientras su oponente hacía denodados intentos de no atragantarse. Cuando lo logró gracias a una nueva y profusa libación,  con los ojos fuera de las órbitas vociferó lo siguiente:

“Todo esto está muy bien, y no cometeré el desatino de pretender desconocer vuestra existencia, pero no es a vosotras a quienes debo mi vida ni eso que llamáis orgullosamente la condición de mi destino. Bastante debo sufriros, en mi vida y en mi psicoanálisis para soñar siquiera con desconoceros, pero en vuestra petulancia olvidáis que vosotras mismas no sois ni tan originarias ni tampoco tan fundantes, como me queréis hacer creer. También sé que mi pobre y desventurado yo, ese personaje de mí mismo y por el que ya tengo las uñas rotas a fuerza de pretender aferrarme a él ha tenido que olvidar muchas cosas y engañarse con muchas otras para así poder reconocer que vosotras mismas no tendríais existencia alguna si yo no tuviera la posibilidad de imprecaros, y puedo hacerlo gracias a que en mí habita el deseo, esa fuerza eternamente insatisfecha de otra cosa que no sea su propia insatisfacción y que asimismo alimenta otra substancia de cuya energía vosotras no tenéis ni idea: la del pensamiento. Son el deseo y el pensamiento los que me facultan para poder sobrevivir tenazmente a vuestros ataques y sobrellevar dignamente mis aspiraciones a saber de mí, eso que vuestro Lacan llamó la “dignidad del neurótico”. Mi corazón y mi estómago serán todo lo despreciables y engañosos que queráis pero es lo único que tengo y deberíais guardarles algo más de agradecimiento y respetarlos como dignos rivales, porque si no fuera por ellos no tendríais víctima alguna con la que ensañaros. Me acusáis de poseer una carne que se complace gozando del sufrimiento que le infligís pero queréis olvidaros de que es gracias a que dicha carne desea y piensa, y no solamente en  vosotras, gracias a Dios, que estáis en el mundo para importunarme. Vosotras no sois nada en las piedras, ni tampoco en las plantas, y de los animales sólo os concedo la duda en el caso de mi perro, y eso porque el pobre infeliz me quiere y sufre por entenderme cuando a él me dirijo. Esos nombres para el trauma y la muerte de los que tan hipócritamente me perdonáis que carezca, y que dolorosamente acepto que me faltan no son sino palabras, pero también son ideas que en mi lucha contra vosotras puedo aspirar a pensar y en el fondo aunque me seáis tan dolorosas os agradezco que me obliguéis a hacerlo, porque tales nombres siendo mi salvación y mi condena también son la condición  (para hablar como vosotras) no sólo de mi propia existencia sino de la vuestra, y vosotras no me debéis menos de lo que yo os debo”.

Ante estas palabras tosieron ambas, mirándose de reojo como si no supieran   quien mejor podría replicarle. Súbitamente saltaron al unísono:

“¡Está en nuestra naturaleza! ¡Nosotras  somos las madres de tu padre y de tu madre y tú eres un desagradecido que no quieres debernos tu historia!”

Se oyó el silencio y el aire se llenó de violencia. Otros viajeros se habían aproximado y escuchaban atentamente el debate. Entre ellos un anciano venerable al que todos en la comarca profesaban un gran respeto por la mesura de sus opiniones.

Tímida e imperceptiblemente todas las miradas se fueron dirigiendo a él, como invitándole a intervenir. Cuando finalmente lo hizo sus palabras fueron:

“La cuestión que os ocupa es verdaderamente de difícil resolución. Si no os he entendido mal, nuestro buen nombre se duele de los infortunios a que lo someten estas buenas señoras, no sólo en su vida cotidiana sino también resistiéndose a la buena marcha de su análisis, y vosotras reclamáis el derecho a hacerlo amparándoos en que os consideráis necesarias para la existencia de nuestro buen comensal del cordero. Para aproximar la solución que se me ocurre harto complicada propongo que como primer paso consideremos el punto tal como se manifiesta en el proceso mismo del psicoanálisis, puesto que es aquí donde emergen todos estos interrogantes”.

Asintieron todos, aliviados por las palabras y por el tono cordialmente neutro del anciano. Este, luego de ponderar el efecto de su introducción, prosiguió:

“Consideradas tal como aparecen en el análisis, todos estaremos de acuerdo en que se oponen a la marcha del mismo (nuevas señas de acuerdo de las partes). La diferencia radica en que vosotras reivindicáis un nivel previo y superior (fundante os agrada decir) tanto de la existencia y de la historia como del análisis de vuestro interlocutor, en tanto que éste quiera consideraros no solamente como su desgracia sino también como un intento de enfrentarla, basándose en que tanto él como vosotras sólo tenéis una existencia recíproca”.

Ambas partes hicieron vivos gestos de querer decir algo. El venerable anciano hizo una señal benevolente autorizando primero a las  damas a intervenir.

“Es muy justo eso que has dicho (comenzó Reactiva) y es ahí donde sostenemos que él se equivoca, pues aunque admita rectamente que no podemos más que resistirnos a las andaduras de su análisis, no alcanza su entendimiento a reconocer que nosotras no entramos dentro de lo que los maestros Sigmundo Freud y Santiago Lacan denominaron defensas. Defenderse es algo que le compete, (¡pobre infeliz!) a eso que llama ser fiel a su corazón y a su estómago, en pocas palabras a su miserable e infortunado yo, mientras que nosotras somos su verdadero problema, la fuente y al mismo tiempo la maldición de su vida”.

Cuando fue su turno, de esta guisa hablo nuestro comensal:

“¡Ay de mí, si hubiera de consideraros la fuente de mi histórica vida! ¡Más os complace a vosotras ser su maldición y para justificaros invocáis ser también su fuente! Confieso que hay aquí un punto que mi escuálido entendimiento no alcanza, pero dentro de mí siento que no sólo sois mi desdicha sino también mis intentos de redención, o al menos de supervivencia. No ignoro que he de enfrentaros, pero también es cierto, mal que os pese, que no puedo consideraros sin más…. f-fundantes (vaya con la palabreja)… yo siento (con perdón)… que sois al mismo tiempo… y dicho con todo respeto mis aliadas. Tú que te precias de ser mi eterna piedra me concedes el don de reconocerme perdido en la noche en que contigo tropiezo y tú me recuerdas de quien soy hijo y contra quien dirigí mis odios, que ahora juzgo desatinados, pero que en su momento fueron caros a mi corazón”.

Se hizo nuevamente el silencio. Todas las miradas se dirigieron ansiosas al anciano. Este hundió su rostro entre las manos, permaneció en esta posición durante algún tiempo, luego suspiró y hablo:

“Me temo que no podré satisfacer de igual manera a todas las partes, y no por falta de diplomacia sino porque la índole misma de la cuestión así lo exige. No sólo en vuestra naturaleza (dirigiéndose a nuestras heroínas) sino también en la tuya (a nuestro héroe) está el que no podáis ver el asunto más que de un sólo lado, siendo que el mismo no sólo no tiene un solo lado sino que en realidad no tiene ninguno, deduciéndose la presencia de los lados exclusivamente del hecho de existir la relación entre ellos. Esa es la gran enseñanza de la dialéctica, base de todos los maestros que citáis, y que merecen todo el respeto con que a ellos apeláis. Freud mismo llamó a eso el conflicto, elevando este término de los humildes niveles psicológicos en los que estaba confinado a su verdadero lugar. Así como vosotras queréis consideraros el origen de la vida y de los males de este buen hombre, tú quieres pensar que ellas son parte de ti mismo, que de alguna manera tú mismo las has construido, para padecerlas es verdad pero al servicio de evitarte males aún peores. Cuando dices que tu yo es pequeño y escuálido eres tan hipócrita como ellas cuando te conceden que tu destino es inevitable. La verdad estuviera tal vez en pensar que tanto ellas como tú sois eco de las múltiples dimensiones de la palabra, que sois hijos de la palabra encarnada, o de la carne apalabrada, como queráis llamar a esta dualidad generadora de fuerzas contrincantes”.

No pudiéndose contener, intervino jubilosamente nuestro héroe:

“Ya lo decía yo, y ahora veo incluso más claramente la justeza de mi posición. La palabra, ese enigma al que nadie ha podido atribuir aún origen alguno es nuestra acreedora, tanto mía como de estas buenas aunque pretenciosas señoras…”

“No corras tanto (le interrumpió en anciano) lo que dices es tan sólo la mitad más interesante para ti. Tan cierto como que son las palabras las que otorgan existencia a las cosas, abriendo a la multiplicidad la unidad indivisa de la Cosa también es cierto que entre las substancias sujetas a potencial existencia humana y por tanto discursiva existe la misma carne, y en ella ese misterio que sólo conoceremos (esto te lo reconozco) por sus inscripciones vivientemente póstumas. Pero así como la carne no se humanizaría sin la palabra, ésta necesita de la carne para insuflándole la vida vivir ella misma, y ambas por sí solas no son, consistiendo el misterio mayor en como hayan podido juntarse. Podría seguir desarrollando las posibilidades de esta cuestión, y explayarme sobre cómo en la substancia nerviosa se pudieran haber llegado a separar no sólo las cosas de las palabras sino las ideas de los sonidos (separación esta última que es la base de la consciencia de ser consciente) pero vosotros tenéis un problema más acuciante”.

“Exacto, y te agradezco que lo notes (dijo nuestro comensal). Pido disculpas por reiterarnos pero estas dignas señoras pretenden que yo les debo mi existencia, en cambio yo insisto en que son parte, incluso muy interesada, en la misma. Para abreviar, ellas sólo quieren ser resistencias inderrotables a mi psicoanálisis, en cambio yo creo que ya eran mis aliadas (aunque no puedan reconocerlo) cuando comenzó mi enfermedad”.

“Me pides que tercie atribuyendo la razón a alguna de las partes, comprendo tu expectación pero es algo que no puedo hacer en la medida que lo pides. También yo pido perdón por repetir lo único que de todos modos puedo deciros: Tanto tus  pensamientos  como sus impulsos son las dos caras de la misma moneda, y esta es la dialéctica entre carne y palabra, siendo el pensamiento si quieres una tierra de nadie reclamada por ambos bandos. Nadie aquí puede reclamar prioridad alguna. Mediante palabras, aunque de un tipo tan oscuro y difícil de intuir que cuesta concebirlas… así es como ellas se inscriben en tu carne, la que adquiere de este modo su humanidad. Cuanto más variadamente miremos esta cuestión más se borra la diferencia y más se identifican en su contradicción íntima las resistencias en el análisis y las defensas contra la enfermedad de vivir. La fuerza pulsional sin representaciones es la muerte, o mejor dicho es la no-vida. Pero las palabras no viven si no son portadoras de la muerte, que es la no-vida humanizada, es decir la obligación de ser mortal para poder vivir”.

“Vemos que esto adquiere un sesgo contrario a nuestros intereses, entendemos lo que dices, pero una inercia furiosa se apodera de nosotras” (Dijeron Compulsa y Reactiva, la primera meciéndose rítmicamente en su silla y la segunda clavándose las uñas en los brazos hasta salir la sangre).

“Es comprensible (intentó apaciguarlas el anciano). A vosotras os cabe la labor más dura. Este caballero puede apelar a sus vísceras y a su entendimiento y de esta manera su repertorio es más diverso. Vosotras en cambio sois la primera línea de la subjetividad toda, no sólo de ese aspirante a mariscal de las defensas al que llamamos yo”.

“Nadie puede entender lo que sufrimos (gimieron con intenso dolor). Todos creen que nos complacemos en hacer sufrir y nadie se percata de que somos nosotras las que cargamos con la mayor parte del dolor y que sólo cuando ya no lo soportamos lo dirigimos al yo”.

“Me parece que ahora estamos llegando a la verdadera cuestión (afirmó el anciano, cuyo rostro misteriosamente parecía haberse ido rejuveneciendo al punto que sin perder ni una arruga ni tampoco la mirada de sabio resplandecía como el de un niño pequeño). Vosotras infligís dolor como parte de una mejor economía del sufrimiento”.

Asintieron ambas, sin poder proferir sonido. Curiosamente parecían aliviadas de un enorme peso, como satisfechas de ser vencidas con honor. El que parecía ahora aterrado de las consecuencias de lo que temía fuera su triunfo era su contrincante, olvidado ya de su cordero.

Se hizo un larguísimo silencio. Dirigiéndose a ambas partes, el anciano niño concluyó:

“Si aceptarais una sugerencia yo os diría que intentarais aliviaros de esta cuestión y la dejarais en las manos de quien debe resolverla: la práctica psicoanalítica, y en especial la imaginación de los psicoanalistas que habrá de llevarlos a decidir si mejor resistencias o defensas. Aquellos que tiendan a consideraros sólo como resistencias, rehusándoos el nivel defensivo de inscripciones ya pulsionales os harán el flaco servicio de teneros demasiado respeto. Cobijándose demasiado rápido detrás de impermeabilidades del inconsciente, de los límites de la analizabilidad y otras pomposidades  por el estilo tenderán a someterse y resignarse ante la enormidad de los poderes que os atribuirán, en su pedestalización mitificante os sentiréis endiosadas y…”

“Muchas gracias pero rehusamos (lágrimas irónicas por parte de Reactiva y algunas sacudidas en el balanceo de Compulsa). Por nuestra parte preferiremos siempre que se nos tenga menos respeto y que los analistas, a nuestro pesar lo confesamos, se atrevan a imaginar maneras de ganarse nuestro favor desafiándonos”.

“No creáis que es tan fácil (replicó resignadamente el arrugadísimo niño). El análisis es muy difícil empresa, de resultados inciertos y límites difusos y mucho valor y entereza son necesarios para que el analista pueda aceptar que lo que hace el analizante, por patético o autodestructivo que sea es lo mejor que puede hacer. Pero si puede aceptarlo aceptará también la responsabilidad de pensarse a sí mismo como fuente de toda resistencia y de esta manera tal vez pueda liberar al paciente de la necesidad de resistirse, ayudándolo en cambio a inteligir mejor en sus defensas ante el precio de la vida. Técnicamente correcto y empáticamente bueno sería aquel proceso analítico en que todo obstáculo pudiera atribuirse al analista, fuera por su impericia, su ceguera, su sordera, su amor a la teoría o por aferrarse a su  ideal psicoanalítico, tan mortífero como cualquier otro. Un analista que ante cualquier obstáculo dudara ante todo de sí mismo y buscara gozoso y sin prejuicios nuevas maneras de pensar y operar, a pesar vuestro os convertiría en sus mejores aliadas”.

Callaron todos muy conmovidos, tal vez imaginando si sería posible la existencia de tal analista. El posadero aprovechó la oportunidad e hizo señas a la maritornes, quien dispuso con presteza todos los aprestos para la cena.

Con alguna ligera corrección que no altera nada substancial, ésta fue  mi comunicación en un debate sobre homosexualidad y psicoanálisis, que tuvo lugar hace algunos años en la sede de la Asociación Catalana de Psicoterapia  Psicoanalítica de Barcelona.

A lo largo de su historia el psicoanálisis, o mejor dicho los psicoanalistas,  expresan  alguna ambivalencia respecto de la homosexualidad. No era el caso de Sigmund Freud, quien hizo siempre muy patente su posición. En una carta del 9 de abril de 1935, respondiendo a una señora  americana preocupada por las tendencias de su hijo,  el inventor del  psicoanálisis le escribía “La homosexualidad no es  evidentemente una ventaja pero  no es nada de lo que se tenga que avergonzar, no es un vicio ni tampoco  podríamos calificarla de enfermedad, nosotros la consideramos como una variante de la función sexual, provocada por una detención del desarrollo sexual. Muchos individuos altamente respetables, desde los  tiempos antiguos a los modernos han sido homosexuales y entre ellos  encontramos grandes hombres (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc.) Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen, y también es una crueldad. Si usted no me cree, lea los libros de Havelock Ellis”.

Es decir que para Freud, si los homosexuales eran algo en todo caso eran algo así como inmaduros, enunciado que si nos ubicamos en la época en que fue dicho era todo un progreso.

Esta posición era coherente con su premisa sobre la condición bisexual del ser humano. Recordemos que para Freud la definición sexual era un proceso complejo en el que además de los caracteres anatómicos  participaban la identificación sexual predominante y la elección de objeto. El sexo era un misterio mucho más que anatómico (esa es la razón por la que desde la  Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, Pekín 1995 se pretende, en mi opinión muy equivocadamente hablar de “género”).  Para Freud el sexo se trataba de un conjunto de tres elementos (la anatomía, la identificación y la elección de objeto) del que se desprendían varios subconjuntos de combinaciones posibles. Por ejemplo, una fijación infantil a la madre, acompañada  de una decepción del padre en el caso de la joven homosexual y una búsqueda  de jóvenes discípulos  para amar  tal como idealmente la madre lo habría querido a él, en el caso de Leonardo da Vinci. Para Freud intentar transformar un homosexual plenamente desarrollado en un heterosexual era una empresa tan inútil como la operación inversa de querer transformar un heterosexual  en homosexual y  pretender explicar  cómo alguien había llegado a ser homosexual era tan complicado como la operación contraria de explicar cómo se había definido heterosexual.

El tema ya había sido objeto de luchas internas entre los primer psicoanalistas. Encontramos en  Roudinesco y Plon  el relato de aquel mes de diciembre de 1921 en que dentro del comité secreto que dirigía la recientemente creada IPA se batieron berlineses contra vieneses  alrededor de la cuestión de si los homosexuales podían o no ser analistas. Los vieneses, representados por Ferenczi, Rank y Freud perdieron la partida frente a los berlineses, liderados por Karl Abraham y con el espaldarazo de Ernest Jones, quien sostenía que “a los ojos del mundo la homosexualidad es un crimen repugnante y si fuera cometido por uno de nuestros miembros nos traería un grave descrédito”.

De esta manera, promovida por Jones, quien traía sobre sus espaldas una acusación por abuso sexual en el Canadá, y contra la opinión de  Freud se extendió la exclusión de los homosexuales de la legitimidad para acceder a psicoanalista.

¿Quién tenía razón? ¿Y qué  significa  tener razón en este caso?

Anna Freud   jugó un papel predominante. Para ella la sospecha de homosexualidad era la peor de todas y estremece imaginar cómo habrá sufrido los comentarios del milieu psicoanalítico  sobre su amistad con Dorothy Burlingham.  En l956  invitó a la periodista Nancy Procter-Gregg a no citar en un artículo en The Observer aquella carta de su padre del 1935 basándose en primer lugar en que “(…) ahora podemos curar muchos más homosexuales de lo que creíamos  posible antes.  La otra razón es que los lectores podrían ver en ella -la carta de Freud- la confirmación de que todo lo que el  psicoanálisis puede hacer es convencer a los pacientes de que  sus defectos o inmoralidades no son graves y que habrían de aceptarlos con alegría”

Patología, defectos, inmoralidades… y la selección de analistas. La cuestión estuvo planteada desde siempre. ¿Pueden los homosexuales ser analistas? ¿Y si no, porqué no? ¿Por inmorales o  por enfermos? ¿Se derivaba de su elección de objeto sexual alguna influencia negativa sobre sus capacidades mentales que los excluyera  de la posibilidad de practicar el psicoanálisis?

Empecemos por la cuestión moral. Está claro que  inmoralidad descarta moralmente  para la práctica de cualquier profesión en la cual la dicha inmoralidad ocupe la escena  y se apodere de la práctica profesional. Las conductas inmorales que están tipificadas como delitos (la mala práctica, el abuso, la prevaricación) cuando son descubiertas sufren las debidas consecuencias y suelen ser condenadas y castigadas.

Ahora bien, ¿un  homosexual no tiene más salida, sólo por el hecho de serlo y compelido por su propia inercia que incurrir en alguna incorrección? ¿Y cuál  podría ser esta en el  caso de practicar el  psicoanálisis?

Sensibilidad científica o artística no es incompatible con homosexualidad. Abundan los ejemplos. Capacidad de empatía por el drama humano tampoco. O sea que para excluir de la práctica del psicoanálisis al homosexual hay que definir muy específicamente aquella inmoralidad en la que dada su elección de objeto no tendría más remedio que  incurrir.

Lo inmoral en psicoanálisis es disfrutar del paciente. Errores  podemos cometer todos,  pero aquello  que trasciende el error y para lo que se supone que nos hemos analizado es para no hacer del paciente el objeto de nuestras tendencias, sean sádicas, masoquistas, voyeuristas, exhibicionistas y por el estilo, para no vampirizar sus emociones, para no aprovecharnos de sus angustias o inhibiciones para sentirnos mejores que ellos, etc.  Más bien al contrario, la posición de analista nos coloca como objeto de sus tendencias parciales, para que ensaye  (y fracase gracias a nuestras intervenciones)  el disfrutar de este cuerpo hablante que ofrecemos a sus transferencias. Quizás es por eso que  el funcionamiento mental neurótico  parece ser  el que mejor capacita  para ser analista, porque  como neuróticos  tenemos  tanto miedo a ser perversos que cuando nos equivocamos nos angustiamos y corremos a buscar la supervisión o la corrección de los colegas.

Quiero decir algo que es obvio: cualquiera puede cometer una inmoralidad, pero aquel mejor dotado para  la autoobservación  será el que pueda aprender para la próxima ocasión. Y hablando en general, es decir sin tener en cuenta las variantes individuales, de todos los diagnósticos que conocemos el de neurótico es el mejor candidato para la autocrítica cordial.

Y así hemos pasado de lo moral a lo diagnóstico, cosa nada extraña en psicoanálisis, aquel invento freudiano que hizo de la dimensión de lo moral el corazón mismo del sufrimiento psíquico. Hablar de enfermedad para nosotros es hablar de sufrimiento y este es un buen momento para recordar que para el  psicoanálisis no hay ninguna otra enfermedad que el síntoma,  me refiero a aquel  sufrimiento cargado de misterio y de autointerpretaciones insatisfactorias,  el diagnóstico que nos trae el mismo paciente, el mejor que él se  puede hacer y sin el cual mal podemos analizar nada.

He aquí  una pista, bien freudiana por cierto. Si alguien sufre por el hecho de ser homosexual, si  hace un síntoma de su elección de objeto,  entonces y sólo entonces hay algo a analizar. Si sufre autocríticamente, (que en esto consiste hacer un síntoma) entonces se tratará de un neurótico o eventualmente de un psicótico. Al contrario, si no sufre, entonces será o una persona sana o un perverso, que puede llegar a ser un delincuente o merecer cualquier categoría psiquiátrica que le corresponda sin ser un enfermo en sentido propiamente psicoanalítico.

Repasemos ahora las preguntas.  ¿Los homosexuales no podrían ser analistas por homosexuales o por perversos? Más precisamente, ¿la homosexualidad es una perversión? Ya podréis suponer que mi respuesta es que no necesariamente.

El funcionamiento perverso, que pretende desconocer la diferencia de los sexos y los deseos  del prójimo  está basado en la renegación  de la castración,  acción mental que genera una  disociación en el psiquismo. Mal podría un analista perverso guiar su paciente  al reconocimiento de los límites de su subjetividad, a la aceptación de la castración simbólica, la que nos permite tanto considerarnos solamente como personajes  únicos entre personajes también únicos como necesitar  ser fieles a nuestras promesas más allá del poder de transgredirlas.   No reconociendo (renegando)  la reproducción bisexuada se desconoce el destino mortal del ser humano, se potencia la ilusión  megalomaníaca  y el otro queda reducido a papel de objeto  víctima de las manipulaciones (intrusivas y violentas o provocadoras de violencia) de este creyente en la omnipotencia de la sexualidad (y en el fondo un adorador radical de su madre) que es el perverso.

Los argumentos en contra de la homosexualidad sólo pueden ser morales o clínicos. El psicoanálisis es la terapia de la humildad creadora, de la asunción de nuestros límites  como la garantía de la potencia, sea sexual, reproductora, artística, científica y humana en general. Del reconocimiento del otro en cuanto que otro y de la administración de la agresividad vital para que no degenere en violencia perversa.

La existencia de sólo un homosexual capaz de hacer esto ya deja  fuera de juego  el argumento que los descalifica como psicoanalistas. Y mirado desde el otro extremo, hay heterosexuales que ni aún queriéndolo mucho disponen de la capacidad analítica,  por lo  que tenemos que concluir que dicha  capacidad  no radica en la elección del objeto sexual.

Porque la homosexualidad en principio sólo es esto: una elección de objeto.   La tesis freudiana permanece vigente. De las tres columnas que construyen la definición sexual, operando  sobre el principio de la  condición bisexual del ser humano, las elecciones de objeto se tienen que conjugar con la anatomía y con la trama identificatoria, matriz de la subjetividad. Que  haya homosexuales perversos no autoriza a concluir que todos lo son,  también hay heterosexuales perversos.

El cuerpo de la madre, presente o ausente, y que contiene todas las riquezas del mundo es el enigma original ante el cual todo niño llega al mundo. Para no perder la madre cada niño tendrá que resolverlo  como pueda, algunos se identificarán a ella en su condición de mujer fálica que nada desea porque ya lo tiene todo, otros se identificarán a los signos que orientan su deseo, otros fluctuarán perplejos ante la confusión insoluble  de sus  deseos.

Anatomía, identificación y elección de objeto son los tres elementos del conjunto responsable de encontrar la solución en el vértigo de la bisexualidad. La solución heterosexual  ha sido premiada por la especie, interesada en su conservación. No es la única sin embargo  y por más identificada que esté la solución encontrada con lo hétero la bisexualidad como condición originaria  no desaparece y continúa realizando su trabajo en los laberintos de la mente y esta  empresa  puede ser alegre y creativa  o dolorosa y sintomática.

El verdadero duelo  que tienen que hacer los seres humanos ante el enigma de esta  sexualidad tan poco natural que es la humana es el duelo  por la bisexualidad, más concretamente por la diferencia de los sexos. No le corresponde al  psicoanálisis juzgar sobre la mayor o menor corrección de las soluciones encontradas, sí en todo caso ayudar a resolver aquellas que permanezcan lastradas por el sufrimiento sintomático.

Artículo publicado originalmente en el Full Informatiu del COPC, nº 175, Diciembre 2004-Enero 2005.

I

Uno de los hechos que más dan que  hablar en la actualidad es la inacabable lucha entre los virus y los programas antivirus. No pasa mucho tiempo sin que  surja  la noticia de un nuevo virus que contamina un montón de ordenadores en todo el mundo. Poco después alguien encuentra el programa adecuado para prevenirlo y hasta la próxima. No hace falta aclarar  que entre uno y otro siempre el virus va un poco adelante, esta precedencia es inherente a la lógica misma de su relación. Se hace difícil pensar en el diseño de un programa que reprima la aparición de un virus todavía no existente y cada vez que un hacker diseña un nuevo virus lo hace justamente conociendo muy bien las capacidades de los antivirus existentes.

Esta querella con vocación de eternidad es uno de esos asuntos que a fuerza de parecer  tan naturales se convierten (como en una novela de Dickens, o de Auster) en proveedores de metáforas. El ordenador es  claramente uno  de estos eventos ya naturalizados y electriza pensar el que hubiera podido hacer en Freud con la “metáfora del ordenador”, él que tanto de zumo sacó del hoy tan humilde y olvidado bloque maravilloso. Imaginémoslo, sólo para entretenernos. La pequeña y bidimensional pantalla como nuestra exigua conciencia (7 más o menos 2, recordamos a George Miller), la memoria RAM como la conciencia posible, ¿y el disco duro…? Y entre todos ellos el sistema operativo  equivalente de los mecanismos inconscientes del yo, o quizás también la instancia del preconsciente, de la cual poco antes de morir Freud dijo que bien podría servir de articulador entre sus dos tópicas.

Son justamente los virus los que parecen romper la potencia expresiva de esta analogía, dado que son exteriores al ordenador, o quizás no la rompan desde el momento que actúan dentro de la mente  alterando las órdenes de los programas… En fin, demasiado complicado. Llegados aquí en lugar de hablar de virus tendríamos que hablar de bombas lógicas que se activan al conectarse dos mensajes diferentes como en las dos escenas del trauma, o quizás todavía mejor haríamos dejando de lado esta excursión por el mundo de la computación y dedicarnos a lo que queríamos tratar,  que es la eclosión de las psicoterapias.

II

El siglo XX ha sido también el siglo de las psicoterapies. Ha sido el siglo de tantas cosas que para simplificar digamos que lo ha sido de la radio, la televisión y en sus finales también del inicio de internet. Y de este modo entramos ya plenamente en nuestra materia de hoy, es decir en la relación entre los métodos psicoterapéuticos  y su difusión mediática.

III

Demos un paso atrás. Hagámonos la siguiente pregunta: ¿Cómo se explica que cada vez haya cada vez más psicoterapias? Ya debemos ir por los varios centenares, persiguiendo todas los mismo. A grandes rasgos, no hay ninguna que no quiera resolver conflictos, superar miedos y sentimientos de inferioridad, completar los duelos  pendientes, encontrar la paz con uno mismo, desarrollar capacidades inhibidas, promover el crecimiento mental y  percibir   los mensajes del cuerpo  antes de que aparezcan como enfermedad orgánica. Cada una plantea sus prioridades y vías específicas, claro  está, pero  incluso las que no se quieren reconocer como terapias, por ejemplo el psicoanálisis y la programación neurolingüística, la primera porque se considera otra cosa y la segunda porque sólo dice  consistir en la articulación pragmática de los factores intrínsecos a varias otras, todas encontrarían a grandes rasgos sus objetivos en la lista anterior.

Si todas  quieren lo mismo, ¿cómo es que lo quieren por tantos caminos? Quizás sea en el nivel del tratamiento del dolor psíquico donde más se evidencia la singularidad radical del ser humano, por lo que extremando este argumento habrían tantas  terapias como personas pidieran ayuda ¿O es que sencillamente cada una ilumina un ángulo diferente de la relación entre síntomas y tratamientos y todas en el fondo constituyen un paso adelante en el progreso del conocimiento, progreso tan legítimo como necesario como difícil de prever?

Es  posible. Pero exploremos primero una variable algo más modesta. Hay un fenómeno que se repite. Todas las innovaciones terapéuticas importantes (que yo conozca) han empezando haciendo milagros. El  psicoanálisis en su inicio con el estudio de las fantasías propias de la investigación sexual infantil y el complejo de Edipo, la sistémica con la fascinación por los juegos paradójicos y los dobles vínculos, la programación neurolingüística con las curas rápidas, a veces sólo cambiando la modalidad de inscripción sensorial del síntoma. Las cognitivas con la ruptura de creencias, el conductismo, extinguiendo representaciones traumáticas a golpes de desensitització. Y recordemos la época californiana de laboratorios vivenciales, gritos primarios y compañía. En la actualidad la terapia de la EMDR está viviendo su nacimiento mágico.  Después… pasa el tiempo, sus métodos son conocidos, se extienden, aparece algún otro… se acaba el encanto.

Caben varias hipótesis. Podríamos pensar que a medida que el cliente está más informado ya se espera o imagina lo que el terapeuta le ofrecerá, esta expectativa misma saca efectividad a la intervención. Del mismo modo que los virus generan sus propias resistencias a los antibióticos alguna vez administrados los mecanismos de defensa se adaptarían a las terapias desarrollando también un tipo de inmunidad.  Existe también algo así como una dignidad social. Desde que no hay ninguna novedad en padecer de un complejo de Edipo quién quiere sufrir de uno. Salvo que sea el diagnóstico de moda, como era hasta hace unos años “ser” heroinómano, después lo fue el  “tener” una depresión y ahora  “haber”  sufrido un trauma. No salimos vaya, del nivel de la moda, de la novedad.

IV

Hemos llegado a la hipótesis de que una vez que el paciente conoce la teoría y métodos de una terapia este mismo conocimiento desactiva total o parcialmente su eficacia. ¿Será posible? Tiene toda la apariencia de ser una exageración, y como mínimo se me acuden a la mente dos excepciones: la de los terapeutas mismos en terapia y la de cuando el proceso del tratamiento llega a extremos tan microscópicos y singulares a la hora de apresar la vivencia del paciente que tanto el terapeuta como el paciente se desentienden de cómo han llegado hasta allí.

Respecto de la primera. Hace unos años, cuando por influencias lacanianas estaba de moda hablar de la verdadera formación del analista, del dogmatismo de las instituciones cerradas, de la falsa distinción entre el análisis terapéutico y la didáctica porque finalmente todo psicoanálisis era didáctico y el llamado didáctico ni era didáctico ni era análisis dado su vinculación a la carrera como candidato a psicoanalista… En fin, en aquella época yo solía argumentar ante amigos lacanianos que si alguien quería ser psicoanalista haría bien en  analizarse con otro que profesara una teoría diferente de la propia (lacaniano con kleiniano o mejor todavía con alguien de la psicología del yo) para ser coherente y evitar los riesgos del juego de espejos transferencial y de la obscenidad  institucional. No tengo noticias de haber convencido nunca a nadie. Los candidatos en general primero se enamoran de algún maestro o teoría y entonces se quieren tratar sólo con alguien de los mismos colores, a los que consideran evidentemente superiores a todos los otros. La incoherencia por supuesto es un peligro en el que normalmente caen los otros.

Volvamos. Otra explicación de nuestra hipótesis sobre la carencia de eficacia por pérdida de novedad podría radicarse  ya no en el paciente sino en los profesionales mismos. Después de haber disfrutado un periodo inicial de entusiasmo descubridor y de éxitos clínicos llegaríamos a este estado de soberbia en el que es inevitable cometer errores. A fuerza de frustraciones perderíamos la confianza en el que había sido nuestro primer amor y le atribuiríamos una culpa inversamente proporcional a las esperanzas que hubiéramos depositado. Así pues escepticismo,  más fracasos y al final acabaríamos dándonos la razón, en un clásico ejemplo de profecía autosatisfecha.

Llegados aquí ya no sabemos cómo continuar, si queremos mantener nuestra metáfora de los virus y los antivirus nos vemos abocados a considerar que son justamente estos últimos los responsables de la patología. A la inversa que con las computadoras parece que hacen falta mejores virus terapéuticos para sorprender las defensas que se han vuelto patogénicas. Y estos nuevos virus vendrían a ser las nuevas terapias.

V

Siempre se ha dicho que las patologías cambian con los tiempos, dando como ejemplo príncipes la sustitución de la típica virginidad histérica victoriana por la compulsiva militancia sexual de la histérica de la segunda mitad del siglo XX. Esta es una idea heurísticamente muy potente, que nos lanza a la busca permanente de las nuevas patologías, sean del Yo, del narcisismo, de las fronteras, etc. Ahora, si el agente patogénico es la defensa, ¿no haríamos mejor en hablar de una evolución de las defensas, empeñadas  siempre en encontrar la mejor solución para  el sujeto en el momento del sufrimiento y la angustia?

El progreso de la sociedad, que por mucho que todavía nos falte   generalmente  lo hace en libertades y denuncias de las desigualdades, no puede no tener incidencia en este cambio de las patologías o  si se quiere en la evolución de las defensas. Cuando las mujeres no tenían el acceso al trabajo y al divorcio que han tenido después mal podían sus mentes defenderse de sus conflictos edípicos y de la sumisión al macho de otro modo que no fuera refugiándose en la inhibición o en el uso seductor de su sexualidad. Las patologías del narcisismo, es decir de las fronteras y los límites del yo necesitaban para estallar un contexto tan exigente de los rendimientos y la competencia individual como confuso en sus reglas. Este contexto se corresponde con la época actual, en la que tan entusiastamente se habla de la crisis de valores y el declive de la imagen paterna. Lo  que parece que continúa igual es el desconocimiento recíproco o el engaño entre sus personajes interiores como la gran estrategia defensiva de la mente.  Dicho todo esto en  palabras fieles a nuestra analogía de los virus se trata de  nuevos programas antivirus para ignorar (combatir) los nuevos virus.

VI

Habíamos dejado esbozada la segunda excepción a nuestra exageración anterior. Cuando paciente y terapeuta logran reconstruir  tan microscópicamente la vivencia dolorosa y su resolución sintomática que no les importa mucho (salvo a beneficio de la ciencia)  cómo lo han hecho.  De hecho tenemos aquí el ideal de toda terapia de las llamadas evocadoras:  recuperar el misterio en su origen autoconstructor, reavivar, elaborar y encontrar un nuevo sentido de  aquel momento de la vida en que la defensa fue instantáneamente útil al servicio de evitar el sufrimiento emocional y mantener la congruencia psíquica. Que hayan tantas maneras posibles de hacerlo, por la razón que sea (incluida la hipotética influencia mediática) es profesionalmente apasionante y expresa la vitalidad del arte psicoterapéutico. Mantenernos alertas a la incidencia de los cambios sociales en nuestra práctica o a los descubrimientos en la ciencia psicológica es el reto que estamos viviendo los psicólogos clínicos hoy. A pesar de que acabaremos tropezando con nuestras limitaciones, postergar y aliviar aquel momento puede depender de que no olvidemos que nosotros mismos y nuestras preferencias teóricas y técnicas podemos estar en su origen de toda resistencia.

¿Cómo…? ¿Será posible? Ahora resultará que la creatividad terapéutica es la del virus. ¡Vaya! Seguramente esto tiene que ser otra exageración…

Conferencia dada en Logos Clínica Psicoanalítica el 31 de Mayo del 2000. Agradezco a todos los que participaron en el debate, muchas de cuyas aportaciones me han servido para corregir este texto. Texto publicado en Intercambios, papeles de psicoanálisis nº 5, Noviembre 2000

¿Qué hacemos los analistas cuando no hacemos análisis? ¿Numerosas entrevistas preliminares? ¿Psicoterapia analítica? ¿Empleamos otros métodos?  ¿O es que mientras escuchemos analíticamente estamos siempre analizando?
Los analistas de niños suelen emplear técnicas lúdicas y expresivas muy variadas.  Ante el paciente adulto  o los analistas nos encogemos o  la definición de psicoanálisis  se vuelve más  restringida.
O todo es análisis o existen otros métodos con su propia validez o todos los diferentes métodos pueden ser reducidos finalmente al psicoanálisis. O no pueden ser reducidos pero como el  psicoanálisis es el mejor más vale un poco de análisis que mucho de cualquier otro método. ¿O toda comparación es un error porque el análisis es otra cosa?

I

Una mujer de 45 años viene a su sesión de análisis muy nerviosa, doblada de dolor por “una piedra en el estómago”. Le pido una descripción de la piedra, tamaño, textura, peso, color, que escuche si emite algún sonido, etc. Comenzamos a cambiar cada cualidad, color, peso, etc. Finalmente la piedra es transformada en aire y sale por la respiración. Muy aliviada comienza a asociar.

Una mujer de 46 años. Concurre a la primera entrevista, muy deprimida, baja laboral, no responde a la medicación. “Mi mente trabaja por lo negativo”. El próximo sábado será la fiesta de bodas oro padres ¿cómo ir así? Ejercicio de los colores. Del rojo, que ella asocia con angustia al azul cielo, que asocia con paz, todo esto siguiendo el ritmo del corazón. Vuelve a la semana siguiente, en la fiesta se divirtió bastante, sin exagerar pero pudo estar, cada vez que se sentía nerviosa evocaba el cielo azul y se calmaba.

Un chico de 23 años. Primera entrevista.  Se come la cabeza, sufre de ideas obsesivas en las que sus padres se divorcian, miembros de su familia sufren desgracias, o él mismo se ve atrapado en situaciones de encierro. No puede durar en los trabajos debido a su claustrofobia. Le induzco un trance ligero y le pido que se ponga a comerse la cabeza a propósito y con la máxima intensidad posible. Lo hace varias veces, en sesión y en casa. Resultado: deja de comerse la cabeza y podemos explorar en detalle conflictos con la familia, cómo su síntoma es una venganza contra el padre, etc. Además comienza a soñar y en sus sueños reaparecen los argumentos de sus obsesiones, se demuestra cómo su síntoma es una venganza contra su padre y una manera de controlar a sus padres para impedirles pelearse y por tanto divorciarse.

Mujer  de 35 años. Lleva varios años en análisis.  Impulso irresistible a suicidarse. Escucha una voz en sesión que le dice “acabarás haciéndolo”. Es la voz de un niño como de 10 años. Recuerda sueño a los 6/7 en el que tenía pito, se lo quiere acariciar y justo entonces la despierta su madre. Alivio al despertar constatando que no lo tiene. Vuelve a aparecer voz del niño, pido permiso para hablar con él a través de la paciente. El niño se ríe de ella, quiere que se muera “para que se corte el hilo entre ambos”, le pregunto que más quiere, “que  sea mujer”, le pregunto cómo se llama y no responde.
Sesión siguiente. Ella  intuye que ese niño se llama Luis. Se lo preguntamos y dice que sí. Acepta hablar conmigo, le gusta jugar y se queja de no poder crecer si ella no crece. La madre de ella los ató juntos cuando niños y cree que si ella muere él podrá seguir libre. Le pido una tregua y que acepte mi ayuda, para ver si podemos ayudarla a crecer. Firmamos los tres  una tregua, ella firma por él con su permiso y yo le pido que no la abandone pero sin exigirle que se mate mientras dure la tregua. La paciente interrumpe temblando, ¿y si  yo  quiero empastillarme?

Una mujer  de 30 años. Lleva dos años de análisis. Habla de sus innumerables dietas inacabadas. Ahora sigue un método de un alimento cada día. Encallada en plátanos, le  producen asco, esa textura, puaj…  Ejercicio: imaginar  plátanos, ahora ponles un color, ¿de qué color son? ¡Amarillos!  ¡Este color le da un asco…! Ok. Ahora cámbiales el color. Rojo, este color sí que le gusta. Vale, ahora imagínate el sabor de plátanos rojos. Imagina que los come, no le producen ningún efecto. Puede continuar  la dieta. Interrogada un año después no se acordaba nada de todo esto, y había perdido 19 kilos.

Una chica de 24 años. Primera entrevista.  Bulimia y vómitos desde hace 12 años. Hace dos días la llevaron a urgencias por vomitar sangre. Al final de la primera entrevista le indico que ya ha practicado suficientemente el no y que ahora le dé una oportunidad al sí. Autopermiso, esta palabra la conmueve. Comer lo que quiera cuando quiera. Sorprendida pero accede. Vuelve a la semana, ha comido bastante, ahora  acepta las verduras que le hace la madre,  pero ya no le interesa vomitar, incluso cuando lo intenta le parece extraño, ya no es como antes. Produce infinidad de asociaciones sobre el contexto de su síntoma, historia de su familia, etc. Continúa prescripción del sí y vuelve extrañada, ha sentido “ansiedad sin hambre”.

II

Hace unos años, un colega me decía que no siempre podía hacer psicoanálisis. Le pregunté qué hacía entonces en esos casos y me contestó “voy haciendo… entrevistas… esperando que aparezca la suposición de saber o algún significante especial y se instale alguna transferencia”.  Yo me quedé con la impresión de que cuando no hacía análisis lo que hacía era esperar a poder hacerlo.

A mí esto me llamó la atención, pero no me costó entenderlo. Yo mismo había intentado pensar así alguna vez así, pero sin éxito,  porque mirando a  alrededor veía terapeutas de otras inspiraciones que también funcionaban  y leyendo literatura clínica encontraba que todos los métodos presentaban casos de tratamientos y curas esplendorosas.  Había intentado creer que era mejor algo de psicoanálisis que mucho de cualquier otra  terapia, pero esta afirmación me parecía muy poco demostrada y  más una esperanza que un hecho.

La segunda cuestión, derivada de la anterior, es que yo quería saber qué estaba haciendo efectivamente, no qué estaba esperando poder hacer. Ya me había pasado algunas veces que habiendo pensado una estrategia para un paciente difícil después la había encontrado catalogada en algún libro de terapia no psicoanalítica, generalmente sistémica.

La última cuestión que se me apareció fue la aterradora idea de que incluso el análisis pudiera ser eventualmente perjudicial. Vale que pudiera no ser lo más indicado, ¡pero que estuviera contraindicado!  En esa época, además de participar de un ideal monoteísta del psicoanálisis yo  tenía una idea que ahora considero equivocada sobre lo que significa la neutralidad analítica.

Tardé varios años en pensar que la neutralidad freudiana se refería a mantener la equidistancia  entre los polos del conflicto psíquico. Al principio yo la había entendido como una indiferencia necesaria ante el sufrimiento del paciente. Con el tiempo descubrí que a veces, queriendo mantener una distancia tan exageradamente prudente al final me identificaba aún peor, de tan lejos más cerca.  Esta posición negativa y radicalmente fóbica me ha llevado a lo largo de los años a repetir  situaciones traumáticas ya demasiado conocidas por algunos pacientes, por supuesto aquellos ya entrenados por su historia a postrarse masoquistamente a los pies de algún personaje tanto más idolatrado cuanto más despreciados se sintieran por él.  Otros,  por suerte para ellos me abandonaron. Revisando historiales antiguos ahora respeto el valor de algunos pacientes que dejaron el tratamiento, así como me duele haber estado emocionalmente tan lejos de otros. Como ya he dicho ni se me podía ocurrir que el psicoanálisis pudiera estar contraindicado y deseaba convencerme de que un poco de psicoanálisis, aunque al paciente lo dejara insatisfecho era mejor que cualquier otra cosa.  Hace un tiempo encontré una frase de Colette Soler en la que dice que “el analista dispone del poder sobre el curso de la cura hasta el punto de poder impedirla”. Ahora esto me parece evidente, pero antes no.

En la actualidad las cosas se me han complicado por ambos extremos. De un lado mi definición de dispositivo, setting o encuadre es mucho más flexible que antes, incluso la definición de psicoanálisis se me ha vuelto más inclusiva,  pero del otro también pienso que hay casos para los cuales existen enfoques mucho más apropiados. Los ejemplos más numerosos que recuerdo se refieren a la inclusión de familiares del paciente. Ya no pienso tan cuadradamente que si una mujer tiene problemas  con el marido y me sugiere venir con éste a la consulta se trata de la histérica descripta por  Israel  que pretende traer a su marido obsesivo para exhibírmelo triunfalmente. Y aunque piense que tal vez se trate de esta histérica puede ser que también acepte que lo traiga si éste quiere venir. Es posible que así resolvamos más fácilmente el conflicto  entre ellos.

Además ahora tampoco temo tanto que  se desnaturalice el dispositivo si se incluyen en él algunas técnicas como las que yo aprendí de la sistémica, la  programación neurolingüística y la hipnosis. Ahora acepto que hay variantes del análisis, cosa que aprendí justamente leyendo  historia del psicoanálisis,  por lo que recomiendo a quien lo ponga en duda que se lea una buena historia comparada de nuestra práctica clínica, (Sandler, o Thomä y Kächele, o Etchegoyen,  por ejemplo). Quien lo haga se llevará más de una sorpresa ante la creatividad de muchos de nuestros antecesores, y no sólo los más famosos.

Pero también hay razones prácticas. Supongamos que un paciente sufre de persistentes dolores de cabeza. Se le puede enseñar un sencillo ejercicio de inducción al trance en el que mediante su imaginación modula este dolor hasta lograr el alivio. Este es un ejercicio que también puede practicar solo, cada vez que le duela la cabeza. Como es lógico, desde este punto se abren al menos dos caminos:

a)    Que lo practique y  desarrolle su  experiencia con el dolor o,
b)    Que no practique el ejercicio, y prefiera quedarse con el dolor de cabeza.

Lo que quiero decir es que ambos caminos son ventajosos para la continuación de su análisis.  El primero porque la transformación  de un dolor crónico opaco en una modulación del mismo nos permitirá tanto al paciente como a mí relacionarlo mejor con circunstancias de su presente y de su historia, además de que el paciente pase de ser víctima de su dolor a adquirir algún control del mismo. En el segundo caso, si el paciente prefiere el dolor al alivio habremos encontrado un atajo a la resistencia y ambos tendremos mejores posibilidades de explorar y descifrar para qué necesita su dolor de cabeza, ya no sólo sus beneficios secundarios sino también el beneficio primario del síntoma, es decir las identificaciones que lo traman y los deseos que lo motorizan.

III

Una vez asumido que la neutralidad se refiere al conflicto y que un síntoma,  o un comportamiento bizarro han constituido  la mejor solución que la mente del paciente había encontrado en su contexto, cambió también por supuesto mi concepción de conflicto psíquico. La pugna ya no era entre un deseo y un antideseo sino entre dos deseos, aunque al segundo le llamásemos defensa. Aquella primerísima afirmación freudiana de que el agente patógeno siempre es la defensa cobraba un nuevo sentido.  Ahora ninguno era patógeno.  De una concepción involuntariamente maniquea entre un deseo inaceptable y una reacción inaceptante pasé a contemplar el conflicto entre dos deseos, ambos positivos  desde sus premisas para el sujeto, representantes de  personajes (“partes” como se dice), ambos ciudadanos de pleno derecho de esa “pluralidad de sujetos” que es la definición nietzscheana del alma y que en todo caso competían por hacer valer sus intenciones al servicio del sujeto colectivo que los alberga.

IV

Tres veces  he vivido la emoción del  descubrimiento (sin descubrir yo nada) con toda la magia que ello  comporta. La primera fue el psicoanálisis y la segunda la terapia sistémica. Tuve la suerte de entrar en un equipo en el que pasamos años tratando familias de toxicómanos, con espejo unidireccional y supervisándonos salvajemente unos a otros. Nos rompíamos la cabeza  para inventar prescripciones del síntoma e instrucciones paradójicas. Desde entonces éstas han quedado incorporadas a mi práctica, hablar en paradójico es algo que me sale naturalmente, tanto en individual como en familiar.  A partir de que comencé a practicar sistémica me muevo cómodo entre individual y familiar, pasando de uno a otro enfoque cuando me parece conveniente. Cuando descubrí la  programación neurolingüística y con ella  la hipnosis ericksoniana, que fue mi tercer hallazgo, comencé a hacer prescripciones en trance y a buscar nuevos ejercicios para resolver situaciones conflictivas, partiendo del principio (estoy convencido que evidente para cualquier psicoanalista)  de que un síntoma se ha de resolver en un estado mental diferente de aquel en el que fue construido. Volveré sobre este punto del estado mental.

V

Llegados aquí surge la pregunta que tantas veces me ha formulado amistosamente algún colega. ¿Qué es esto? ¿Un plato con guarnición, como un entrecot con  patatas y pimientos? ¿O por el contrario se asemeja más bien a una ensalada  descompensada en sus ingredientes y ningún aliño?

Peor que las gastronómicas son las metáforas andariegas, ya me han dicho que a la larga habré de optar, que no se pueden transitar varios caminos al mismo tiempo y que en todo caso ni pretenda aspirar al  título de psicoanálisis porque estos experimentos pasan por alto la original  ruptura epistémica operada por Freud en la historia del pensamiento.

Si intento imaginar una distribución espacial me sale algo así:

Psicoanálisis como cuerpo principal. Sistémica familiar en un flanco. En el otro flanco  sistémica individual.  Dentro del psicoanálisis, ejercicios de hipnosis ericksoniana y de programación neurolingüística.

Repito la pregunta.  Qué es esto ¿psicoanálisis más sistémica más PNL e hipnosis más cognitiva más lo que haga falta, el entrecot con guarnición?  O ¿todo lo demás, sistémica, etc. se integra dentro del psicoanálisis, que sigue siendo el conjunto  inclusivo? ¿O todo esto está viciado de nulidad porque estos elementos no se pueden sumar?

Respuesta. No lo sé exactamente y no siento ninguna urgencia en saberlo.  Alguna vez alguien y como disculpándose me ha sugerido el calificativo de eclecticismo. En realidad no me ofende en lo más mínimo. Habiendo algo así como quinientos métodos psicoterapéuticos en el  mundo (siendo tal vez el psicoanálisis de los más  antiguos) ya me gustaría poder ser ecléctico y practicarlos a todos con neutralidad freudiana, todos ellos tendrán alguna vez algo bueno que ofrecer. Pero esto es demasiado para mí y también tengo mis preferencias, por eso me he centrado sólo en tres, de los que poseo experiencia personal. También volveré sobre el tema de las terapias, pero mientras tanto aquí van  algunas reflexiones sobre la inclusión de técnicas sistémicas o ericksonianas en sesión y su relación con el dispositivo analítico.

a)    Una definición deliberadamente general del psicoanálisis como método debe incluir la pareja asociación libre-atención flotante, la transferencia y la interpretación.  Como  cualquier método  terapéutico también debe incluir una previsión de los resultados esperados y una teoría sobre cómo se obtienen estos, es decir una teoría sobre el cambio psíquico, en especial el cambio inconsciente.

b)    Cuando yo propongo algún ejercicio en la sesión siempre lo hago al hilo de las asociaciones del paciente, al estilo de la paciente que viene con  una sensación de piedra en el estómago y yo entonces le sugiero que juguemos con su peso, textura, color y sonido,  para después transformarla en un gas y expulsar el malestar vía la respiración. Este ejercicio no interrumpe la capacidad de asociar sino que la reabre, la rescata de la situación de bloqueo. Esta paciente, lo mismo  que aquella que vino a sesión con un intenso dolor de cabeza no podía hablar debido a su dolor. También estoy respetando sus asociaciones cuando aprovecho ocurrencias muy visuales de un paciente para sugerirle que desarrolle la película, la pase a color o imagine varios finales. Se trata en todo caso de aprovechar lo que ya está ocurriendo en la experiencia del paciente  para que ésta se despliegue aún más.

c)    Tampoco la atención flotante tiene porque verse restringida. La conciencia, pese a las limitaciones que todo el mundo le reconoce puede aún funcionar en varios planos, o círculos de atención stanislavskianos.  Diseñar rápidamente un ejercicio a la medida de la experiencia presente del paciente o elegir uno de un catálogo no tiene porqué interrumpir la escucha interior del analista. Al contrario, tener preconscientemente catalogados (como ya tenemos nuestras teorías) los mapas sensoriales  de las representaciones verbales nos lleva a escuchar mejor, es como saber música, sólo nos hace mejores oyente, oyentes más creativos. Pero hay otra  razón, intuida ya seguramente por muchos de ustedes. Lacan tenía razón al decir que en análisis el hipnotizado es el analista. Flotar atentamente aceptando con igual buena disposición  todo estímulo que se nos presente ya es un estado de trance. Incluso existen  ejercicios que consisten en eso mismo, en aceptar budistamente todas las ideas, sensaciones e imágenes, basados en el principio de que resistirse a los estímulos internos penosos impide su modificación, siendo su aceptación el comienzo del cambio.

d)    Llegamos a la pieza central de la cuestión, la  transferencia.
A mi entender el peor riesgo en que se puede incurrir es la
idealización crónica del analista. Como dice Etchegoyen,    es un mal asunto para el análisis la disociación entre unos padres horribles en la infancia y un analista maravilloso en el presente.  Esta idealización  tiene consecuencias  que además de contrarias a la ética del análisis son también muy desagradables de llevar y malsanas para nuestra  salud laboral. Aclaro esto por si alguien pudiera sospechar que introduciendo estas técnicas  pudiera emanar del analista alguna aureola luminosa mensajera de algún poder especial. La práctica indica todo lo contrario. A diferencia de muchas interpretaciones oraculares proferidas por un analista instalado en objeto que no piensa, un ejercicio de trance es algo que funciona o no funciona y en todo caso tanto  paciente como  analista lo perciben en acción con toda claridad. Como el paciente rápidamente se percata de que la hipnosis no es sino autohipnosis el analista pierde aureola en vez de ganarla. Se cae del ideal y se transmuta en objeto pero en un objeto extraño, puramente instrumental al servicio de la imaginación creadora (preconsciente) del paciente.  Además con la hipnosis  se puede trabajar sin que el terapeuta sepa el contenido argumental del conflicto, con lo que el paciente mantiene el control de la dimensión confesional de la asociación  libre, lo que redunda en beneficio de todos, porque en principio cuanto más poder conserve el paciente tanto mejor para su tratamiento.

e)     Para hablar de la interpretación dentro del contexto de esta Conferencia un capítulo que no puede faltar es el  referido a la sugestión.  Me parece que hay mucho  enredo con el tema de la sugestión,  enredo que seguramente interesa tanto a los que dicen practicarla como a  los que la aborrecen poseídos por un santo horror. La sugestión es el argumento clásico de todos los críticos del psicoanálisis,  cuya comandancia en jefe ha asumido en los últimos años Adolf Grünbaum y a la que se hace responsable de la supuesta invalidez epistémica del psicoanálisis.

Sugestionar no es sugerir ni dar consejos ni persuadir mediante una buena idea. Una verdadera sugestión es inconsciente, el sugestionado ni se daría cuenta de que lo ha sido. Y esto parece facilísimo de hacer para los detractores de la sugestión, pero les aconsejo que lo intenten antes de hablar para  ver si es tan sencillo, por lo menos mediante esta hipnosis. No es lo mismo llenarse la boca con frases sobre la fascinación del ideal y la nula distancia entre el ideal y el objeto  que intentar y conseguir efectivamente hipnotizar a alguien, comenzando porque a nadie se lo hipnotiza si no se deja y a nadie se le hace hacer algo que no quiera. No es tan fácil hacer que alguien haga algo si este algo no lo  tenía ya en su mente, y aunque todos podamos sorprendernos de los impulsos que tenemos en la mente éstos no se sueltan así como así.  Para ser eficaz un ejercicio de trance deberá respetar muchas condiciones. Deberá ser coherente con la cosmovisión del paciente, con su mapa del mundo, con sus valores y  deberá serle formulada en su propio lenguaje, utilizando sus metáforas idiosincrásicas. Sobretodo deberá  respetar sin forzar más que ligeramente sus conflictos inconscientes y sus contradicciones conscientes.  Con lo que este ejercicio y  sobretodo la conclusión que del mismo extraiga para sí el paciente resulta algo muy parecido a ofrecer una buena idea que  por una vez no acabe en la papelera. Y es de justicia agregar que la instrucción hipnótica no toma partido, sólo apunta a reconciliar deseos o proyectos, incluso a veces provoca un verdadero conflicto allí donde había dos deseos flotando en paralelo en dos niveles mentales distintos.

Ahora, esto mismo podríamos decirlo de cualquier buena intervención del analista. ¿En qué se diferencia entonces un ejercicio correctamente realizado de una interpretación bien hecha?

A  primera vista se diferencian en que la interpretación no quiere que el paciente haga nada,  según la clásica definición de  interpretación como la descripción objetiva verídica y oportuna de la realidad psíquica inconsciente y que no aspira a que el paciente haga algo específico salvo tomar nota de ella.  Se supone en  cambio que siempre se hipnotiza para algo. Pero esta respuesta exige también algunas aclaraciones.

1)    Los ejercicios de hipnosis más sencillos, los de trance sin contenido sólo aspiran al trance mismo, es decir que el paciente explore diversos estados posibles de su mente, establezca espontáneamente nuevas conexiones, etc.
2)    Cuando el ejercicio persigue un objetivo éste suele ser el alivio de un dolor, o  la mejor toma de consciencia o reconciliación de los polos de un conflicto,  o el duelo por la pérdida de alguien, incluyendo el balance de la relación y la realización de tareas pendientes (Hablar con el muerto, aclarar acusaciones recíprocas, etc.) También puede pretender  hacer hablar un  órgano psicosomáticamente afectado o a un trastorno funcional. O también  puede buscarse aflojar el maniqueísmo simplificador de un conflicto con otro. Y todos estos puntos siempre que sean no sólo sintomáticos sino también aceptables  para el paciente, árbitro final de sus males.  ¿Acaso estas metas no pueden ser también compartidas con interpretaciones?

3)    Además la definición mencionada de interpretación no es la única, también hay otras.  Pero las exigencias de hablar el lenguaje del paciente y cuestionar su cosmovisión desde dentro  serán respetadas igualmente tanto por aquel  analista que busque la descripción del estado mental inconsciente, como por otro que busque aproximar otro significado u otro significante como por el que intervenga  ubicado en semblante de objeto ante el paciente para que éste descifre las coordenadas simbólicas de sus deseos.

f)    Llegamos entonces al insight, el cambio inconsciente y la elaboración, pero como para este tema me gustaría realizar una incursión por la psicología cognitiva,  lo que me exige tonalidades mucho más abstractas que las empleadas hasta ahora prefiero dejar estos desarrollos para otro momento.

VI

He querido dejar para el final el tema de las tareas para el paciente, que quizás sea el punto que más atenta contra la tradición psicoanalítica.

No debe haber terapeuta que no se haya enfrentado a la pregunta ¿pero qué hago? Al principio, impulsado por el principio de nunca decirle al paciente lo que debía hacer yo me encogía interiormente de hombros. Así fue como por su propio bien frustré  a muchos pacientes, algunos se fueron y con alguno más listo que yo entré en un larguísimo y sutil pulso en el que sin darme cuenta incluso acabé dándole alguna instrucción.  Lo más instructivo de todo es que a veces yo no encontraba una razón convincente para no ofrecer una sugerencia. Eso coincidía con el ocaso de mi etapa de furor todotransferencialista.

Cambié de táctica y comencé experimentalmente a hacer alguna que otra orientación. A veces fue bien aprovechada, otras me hicieron caso para que saliera mal y acusarme de ello, en fin, hubo de todo.

Finalmente, y en eso estoy ahora, como cada vez se me demuestra más que el paciente que pregunta ya tiene una idea sobre qué le conviene  hacer, si alguien me lo pregunta puedo adoptar una de las siguientes dos jugadas:

a)    Preguntarle: ¿Entre qué y qué y qué y qué? Y
b)    Sugerirle 10 o más alternativas, algunas muy sencillas, otras extremadamente sofisticadas y algunas decididamente absurdas (todo menos el número, siempre elevado  depende del caso claro está).

Las respuestas que he encontrado son. A la primera  jugada el paciente se explaya sobre las opciones que ya estaba barajando. A la segunda puede ocurrir que tome un poco de cada una de las mías, que no coja ninguna y sin decidir nada de momento después haga algo de esto con toda naturalidad como si no le hubiera costado nada decidirlo o que me continúe presionando. En este último caso yo las repaso todas desglosando pros y contras de todas las que le había expuesto hasta que el paciente se convence de que al menos a mí no se me ocurre ninguna jugada puro pros y  sin contras.

Pero la historia sigue porque yo no suelto mi presa. A mí me gusta que mis pacientes sean originales y   no  que me pregunten qué hacer, así que una vez que lo han hecho jugaremos hasta el final. Si llegamos a elegir algún camino a seguir habrá que seguirlo.  Este camino queda apuntado como tarea a experimentar entre sesiones.

VII

Ya estará claro para todos que ni siquiera he intentado responder a la pregunta de qué hacemos los analistas cuando no hacemos análisis. Me he limitado a decir más o menos escuetamente qué es lo que se me ha ocurrido hacer a mí.
La principal cuestión pendiente se refiere a la definición del psicoanálisis. Una definición de mínimos siempre será aquella del dispositivo: asociación libre, atención flotante y neutralidad y a partir de aquí comenzaríamos a ver cuanto podemos agregar sin desnaturalizar al psicoanálisis. A mi entender mientras se mantenga la neutralidad ante el conflicto psíquico se puede agregar mucha cosa. Mientras se mantenga la idea de que ambos polos del conflicto son igualmente importantes y como decía Freud que ya es bastante útil favorecer el encuentro entre el oso y la ballena porque ya sabrán ellos como gestionar sus diferencias cuando no puedan evitarse no veo inconveniente alguno ni con ejercicios dentro ni con tareas fuera de la sesión.

La escucha analítica desplegada en la transferencia pide un inconsciente cuyos deseos padecen del conflicto moral y cuyas pulsiones buscan y encuentran objetos para disimular su acéfala condición original. La pulsión es antes recorrido que objeto y cualquier técnica que no pretenda aleccionar al paciente sobre el objeto y sí en cambio aclarar el recorrido es compatible con el psicoanálisis. No es tan uniforme tampoco la definición de la operación analítica, para la IPA en general consiste en la interpretación, para el mundo lacaniano un analista lo es en su acto. A mi entender es fantástico que tengamos opciones.

Alguien podría decir que estoy complicando innecesariamente las cosas, que cuando no hacemos psicoanálisis hacemos psicoterapia psicoanalítica y ya está.  Que si yo quiero incluir otras técnicas muy bien, pero que los analistas ya tenemos esta pregunta bien contestada.  Esta es la opción más extendida en toda la órbita  de la IPA. Para mi gusto esta opción es tan  precisa como lo sea la precisión con que se  estipulen  las diferencias entre psicoanálisis y psicoterapia analítica.  Es una cuestión de definiciones y a mí me resulta difícil trazar la línea demarcatoria. Porque si las diferencias se reducen sólo a cuantas sesiones a la semana y con quien no es un criterio nada científico. Ya Sandler  ironizaba sobre la posibilidad de que Kernberg hubiera tenido que bautizar su método como psicoterapia expresiva porque el establishment neoyorquino no hubiera aceptado llamar psicoanálisis a algo de menos de cuatro sesiones por semana.

Si psicoanálisis y terapia analítica fueran cosas diferentes claro que sí,  tomo el caso de las terapias que conozco, del tipo  Malan o Davanloo, pero estamos en las mismas. Si la problemática de un paciente ya tiene bastante con una terapia psicoanalítica breve para qué hacer psicoanálisis, pero también al revés para qué llamar “breve” a un tratamiento que en todo lo demás es tan similar a alguna de las concepciones del psicoanálisis, que son varias insisto, aunque los que defienden la variante breve necesiten creer que sólo hay uno, el suyo por supuesto, que es el verdadero. En realidad breve sólo significa estipular previamente un número de sesiones y habría que ver si esta opción conlleva tanta diferencia respecto de la indeterminación del psicoanálisis. ¿O psicoanálisis es sinónimo de largo o de indefinido? Quizás  sí, o quizás no, pero esta cuestión debe resolverse por medios científicos, cosa que dudo que es lo que se haga. De lo contrario estamos igual que cuando Eissler proponía su ideal del standard model technique, cuyo paciente ideal era el neurótico de transferencia pero de quien el mismo reconocía que jamás paciente alguno había sido psicoanalizado  según cánones tan ideales. ¿No estábamos de acuerdo que el caso por caso debía predominar sobre el modelo del tratamiento ideal?

Respecto de la sistémica y la hipnosis ericksoniana, que son las alternativas que he presentado hoy debo aclarar que su relación con el psicoanálisis es diferente.  Psicoanálisis y Sistémica son dos árboles distintos, y aunque sus ramas puedan relacionarse por contigüidad dando lugar a que una enredadera imaginativa pueda entretejer una figura elegante no dejan de ser dos árboles distintos.

Otra cosa es con la hipnosis. Freud inventó el psicoanálisis contra una hipnosis moralizante,  represora y empeñada en prohibir el síntoma. Pasó el tiempo y la hipnosis clínica  fue refundada por Milton Erickson desde una posición tan éticamente respetuosa con el conflicto psíquico  como la posición freudiana. Son otras maneras de hacer que el oso se encuentre con la ballena, de provocar el conflicto en condiciones de que se pueda resolver,  mediante la confianza en la capacidad del inconsciente para encontrar otras soluciones mejores que la sintomática.  En algún otro trabajo he dicho que si el padre del psicoanálisis es la razón ilustrada su madre es la bruja hipnótica y ya es hora de que el hijo se reconcilie con su madre, ésta ya le ha dado el ejemplo de saber recapacitar.

Otra cuestión se refiere a los objetivos. Suele afirmarse que las técnicas psicoterapéuticas apuntan sólo a la remoción del síntoma y en cambio el psicoanálisis pretende un cambio estructural tan profundo que lo haga innecesario. Afirmar esto es desmerecer el concepto de síntoma, como si más o menos cualquier síntoma pudiera expresar una estructura. El síntoma revela la manera en que una estructura resuelve un conflicto, expresa el cómo lo puede resolver, lo que a mi juicio es igual o incluso más importante que el qué del conflicto. Es verdad que un ejercicio puede hacer desaparecer un síntoma y que al poco tiempo aparezca otro, pero estas son etapas de un proceso que supongo pueden darse en todas las terapias y configuran seguramente una valiosa oportunidad para la elaboración psíquica.

Había dejado pendiente otro comentario más sobre las  psicoterapias. Una investigación realizada por Lambert en 1986 cuantificando el peso de los factores comunes y específicos de las mismas arrojó un 40% de tendencias espontáneas a la remisión, un 15% de efecto placebo, un 30% de factores comunes a todas las terapias y solo un 15% a la especificidad de cada método psicoterapéutico. Esta investigación será todo lo criticable que ustedes quieran pero sus resultados no dejan de ser sugerentes ¿verdad? De ser ciertos resultaría que tanta disputa de escuela sólo pretende repartirse ese 15% final, dejando por cierto el campo abierto a interpretar el 30% de factores comunes como cada uno quiera. Curioso.

Muchos han afirmado, la última Roudinesco en su último libro que  el psicoanálisis no busca la curación sino la transformación subjetiva (cambio estructural en versión IPA).  Búsquese lo que se busque, transformación o remoción sintomática siempre estamos hablando de métodos para cambiar un estado de cosas. Entonces, lo primero es pedirle al método que funcione, y que sepa cómo lo hace, y que si no funciona nos brinde datos de cómo no ha funcionado.  Saber que algo funciona o no es disponer de una secuencia lógica correcta, es decir que excluya cualquier interpretación más que ella misma. Ningún método terapéutico cumple totalmente esta exigencia, todos los casos permiten varias interpretaciones. Los analistas tenemos teorías muy sofisticadas pero no siempre sabemos con fiabilidad las causas del cambio en nuestros pacientes.  Bueno, de aquí yo deduzco para mí que mientras no sea capaz de algo así no debo ningún respeto especial a ninguna teoría, aunque me guste mucho (que yo también tengo mi corazoncito) e intuitivamente me parezca muy correcta.  De aquí que prefiera las controversias entre los ejemplos y sus  definiciones antes que la guerra de los principios.

VIII

Antes de terminar quisiera expresar cual es el inconveniente, cual es el riesgo en el que yo he incurrido desde que comencé a incluir estos ejercicios en los tratamientos. Lo llamaré furor docente  que en realidad es una versión atenuada del ya conocido furor curandis. Al principio fui víctima ineludible de ese furor docente. Si yo sabía cómo se podía solucionar un dolor, una cefalea,  o un atroz sentimiento de pérdida, que estaban  bloqueando la asociación y que con un ejercicio que se enseñaba en un cuarto de hora tal vez pudiera aliviarse  y reabrir el curso  asociativo… Después aprendí otra vez a contener mi impaciencia y  transformarla  en una mejor afinación del oído para los motivos (psicoanalíticamente muy entendibles) de aquel paciente que necesitaba conservar ese malestar, pero durante un tiempo confieso que me comporté como un novato con pretensiones de arreglalotodo, como ni siquiera lo había hecho cuando comencé como analista, por lo que le agradezco mi rescate al viejo psicoanálisis de siempre.

Sin más, muchas gracias.

Artículo publicado originalmente en el Full Informatiu del COPC, nº 169, mayo de 2004

Hay expresiones que cambian la historia de nuestra profesión. “Inconsciente”, “complejo de Edipo”, “doble vínculo”, “indefensión aprendida”, “homeostasis familiar” o “burn-out” para no poner más que unos pocos ejemplos y pidiendo perdón a tantos otros. Cambian la historia de las ideas, suele decirse, basándose quizás en la ilusión de que las ideas son entelequias que flotan en el cosmos. Sin embargo, es mucho más. Cuando nace una verdadera idea, ya ha cambiado o está a punto de cambiar una determinada práctica social, que a su vez provoca más cambios en un determinado contexto (un “discurso” vaya, ya puestos…).

La palabra “autoestima”, por ejemplo, surgida hace ya unos años se ha ido extendiendo dejando su huella como una marca de origen de muchas expresiones alusivas a estados de ánimo hasta convertirse en moneda de cambio. Tener la autoestima “baja” o “alta” o “veo que no tienes ningún problema de autoestima” son enunciados que se han convertido en una “seña de identidad”. ¡Feliz expresión esta última también! Todos la utilizamos, sin  sentir ya ninguna obligación de haber leído la novela de Juan Goytisolo.

Aunque todas las expresiones habrán sido la obra de alguien, no todas conservan el copyright que las hace inconfundibles. Recordemos el “Pienso, luego soy”, “Dios ha muerto” o, viniendo más a nuestro campo el mismo “Complejo de Edipo. Estas evocan de manera automática su creador. Otras, como la mencionada “autoestima” no evocan el autor sino que circulan como un elemento natural de nuestro folklore profesional y social.  Las hay que aún conservan aún el glamour del autor, aunque parece que lo acabarán perdiendo, como aquella de la “Inteligencia emocional”, de la que me gustaría saber cuántos lectores  tienen automáticamente presente el nombre del autor del libro que lleva por título esta afortunada conjunción de palabras.

También ayuda mucho evidentemente que la expresión de que se trate  proponga una solución  para el problema al que se refiere,  solución que puede ser muy concreta o tan abstrusa e ideal que deja al  lector con la impresión de que si pudiera hacer lo que le sugieren no le pasaría eso de lo que se queja. Una riada de literatura de autoayuda se nutre del manantial inaugurado por la idea de autoestima (para continuar con nuestro ejemplo), ofreciendo toda una serie de consejos y métodos para el auto amor con ese estilo tan típicamente edulcorado que mezcla datos de todo tipo, desde el Tao hasta la mecánica cuántica.

El estrés postraumático es una expresión que reúne todas las características como para marcar una época. Tiene una larga prehistoria bajo el nombre de neurosis traumática, que incluye todos los debates sobre el trauma y su valor etiológico que comenzaron con Freud y que aún no han terminado. 

Como etiqueta acuñada (Trastorno por estrés postraumático, TEPT) es bastante reciente, aparece hacia los 80 en el DSM-III en el capítulo de los trastornos de ansiedad, aunque posteriormente ha habido dudas sobre esta clasificación, dado que también se le podría incluir bajo el de depresión mayor o también el de disociación. Finalmente, ha disparado una proliferación de métodos para tratarlo, basados en los avances en la psicología general y las neurociencias.

Al sufrir un TEPT se entiende que la persona ha experimentado, presenciado, imaginado o sentido hablar de uno o más acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de otro y ha reaccionado con temor, desesperanza y horror intensos, sentimientos negativos que quedan bloqueados dentro de su memoria emocional, almacenadas en el sistema límbico. Las escenas traumáticas pueden provenir tanto de catástrofes naturales como provocadas por actos de terrorismo, de haber participado en situaciones de violencia, como veteranos de guerra o de haber sufrido violencia física y sexual, como mujeres o niños maltratados y abusados. 

El evento traumático es revivido posteriormente mediante:

- Recuerdos y pensamientos intrusivos.
- Imágenes y sensaciones que le provocan un fuerte malestar.
- Sueños recurrentes y pesadillas.
- A menudo la persona experimenta la sensación muy real de que esto le está pasando      ahora mismo, le acuden sensaciones  ilusiones,  alucinaciones y episodios disociativos de flashback.
- Malestar psicológico intenso ante  estímulos externos o internos que simbolizan algún aspecto del evento traumático,
- Ataques de miedo repentinos a los que no encuentra explicación.

Para defenderse de estas vivencias terroríficas, el sujeto puede desarrollar algunas de las siguientes conductas:

- Evitar pensamientos, sentimientos, conversaciones, actividades o esfuerzos que le    recuerden el evento traumático.
- Perder la memoria sobre algún aspecto importante de la escena traumática
- Reducir su interés en actividades significativas. Se desvincula, se aísla y restringe su vida afectiva y su capacidad de amar.
- Ver el futuro cerrado y sin esperanza
 
Además puede tener dificultades para conciliar el sueño, irritabilidad, dificultades de concentración y mantener una actitud hipervigilante  y de control, como respuestas desmesuradas de susto.

La persona que sufre un TEPT se presenta evidenciando un estado general de entumecimiento y anestesia afectivas. Ante ella sentimos que de alguna manera no está con nosotros, aunque no pierda detalle de los gestos del profesional. Puede desarrollar un comportamiento misterioso, como si guardara un secreto y se mantiene a una distancia temerosa del contacto con el entrevistador. Hablarle positivamente la puede herir, como si toda esperanza le representara un peligro. También puede explicar experiencias terribles como si estuviera leyendo la lista de la compra, con esa fría naturalidad que es la marca de la disociación. Si empieza a abrirse nos dirá que la acosan recuerdos dolorosos, que le acuden en estados como de ensoñación diurna o en forma de pesadillas y que en general fluctúa entre un estado de desinterés por las cosas y otro de irritabilidad y de máxima alerta, todo le afecta sin poder concentrarse en nada definido. Seguramente expresará que siente vergüenza y culpa por cosas que le han pasado o que está convencida de que sólo a una persona tan débil, poco valiosa o indigna de estimación como ella puede haberle pasado algo así.

Extraída a grandes rasgos del DSM-IV, esta descripción es la misma de siempre. Hablando de sus primeras pacientes histéricas, Freud podría haber suscrito punto por punto esta descripción. Incluso podría decir que se la han copiado. La bella indiferencia y los ataques de temblor, las convulsiones y las parálisis que veía en  su consulta y que le llevaron a lo que quizás sea su primer gran aforismo, que los histéricos sufrían de reminiscencias, hacen patente la misma lógica clínica que sostiene el diagnóstico del Trastorno por estrés postraumático.

Para tratar estos estados defensivos tan espectaculares Freud inventó el psicoanálisis. Con la eclosión de la psicoterapia que tuvo lugar durante el siglo XX otros métodos adquirieron relevancia. Desde hace menos de veinte años los profesionales disponemos también del conocido abreviadamente como EMDR, que es la sigla de “Eye Movement Desensitization Reprocessing”, descubierto por Francine Shapiro. 

Así como el diván se convirtió en el icono del invento freudiano, los ojos que van de un lado a otro siguiendo el bolígrafo en la mano del terapeuta seguramente se convertirán en el  símbolo de la terapia de reprocesamiento desensibilizante mediante el movimiento de los ojos.

El EMDR combina al servicio de un procedimiento muy fácil de describir y muy delicado de aplicar correctamente la teoría del conflicto freudiana,  la del cambio de creencias cognitivo y la de la reducción de la ansiedad conductista. Como el psicoanálisis, pone el inconsciente a trabajar para construir integraciones del conflicto menos gravosas que el síntoma. Como la cognitiva, modifica las creencias negativas sobre uno mismo. Como el conductismo, reduce la perturbación emocional en presencia de la escena traumática. Y cuando funciona,  que no todo funciona siempre, lo hace de manera muy rápida, el paciente cambia en pocas sesiones. Desbloqueo y limpieza emocional, catarsis y elaboración. Además, se puede aplicar en el contexto de otras terapias, dado que sus protocolos son muy sencillos. De hecho, el arte consiste en no equivocarse de cliente a la hora de administrarlo. Otro métodos, aplicados cuando no tocaba sólo harán perder tiempo, dinero y esperanza, o serán tan lentos que el paciente tendrá tiempo para alejarse. El EMDR es tan potente que incorrectamente aplicado puede llegar a hacer daño.

Como siempre ocurre, apenas  aparece una nueva terapia, al principio parece que sirva para todo. De tratamiento de elección para los traumas de gran calibre, el EMDR extiende su influencia benéfica en el tratamiento del dolor, de la ansiedad, los problemas del apego, los trastornos de la alimentación, de las toxicomanías, de las fobias, de inhibiciones en general, etc. El tiempo pondrá las cosas en su lugar, tal como ya ha ocurrido con todos los booms psicoterapéuticos. Todavía es demasiado pronto para poner límites a su eficacia, mientras tanto la investigación está muy viva. 

Lacan se quedaría de piedra ante esta manera de abrir lo real.

Desde Freud los tiempos han cambiado mucho, y según se mire no tanto, quizás es que hemos dado un giro completo, como si estuviéramos la noche antes del día en que Freud inventó el psicoanálisis. La noche en que abandonó su teoría traumática para considerar que las fantasías sexuales infantiles constituían un  terreno más fértil para las neurosis que los abusos provenientes de padres, tíos, hermanos o tatas,  a los que en realidad no negaba tanto como se le ha imputado injustamente después. 

Hoy todo quiere ser trauma, tanto que a veces se olvida que trauma no es algo que me pasó o me hicieron, sino la reacción de mi mente a lo que me pasó o me hicieron. La defensa acaba siendo el agente patógeno y es el bloqueo de las representaciones dolorosas lo que las convierte en traumáticas, condenándolas a resurgir como reminiscencias aterradoras.

Este romanticismo sin sujeto al que llamamos posmodernidad quiere que todos seamos ante todo víctimas. Si se nos acepta como víctimas ya asumiremos después alguna escasa responsabilidad. 

Afortunadamente los métodos terapéuticos no suelen caer en esta trampa. Respetar la agenda emocional del cliente, fieles al principio del primum non nuocere  para ayudarle a encontrar el mínimo de paz interior que le permita seguir viviendo autoreconciliadamente  exige  compromiso de su parte y prudencia profesional de la nuestra. Aquel dolor enigmático, ese misterio doloroso que llamamos síntoma sigue constituyendo nuestra mejor brújula, y esto vale también, y muy especialmente, para la terapia del EMDR.